Sr. Director:
Leyendo su diario días atrás, me llamó la atención un titular acerca del interés del Gobierno Municipal por promover la utilización de energías renovables. La lectura del artículo me decepcionó un poco al ver que se trataba de calefones solares. No quiero con esto generar una crítica o un malestar. Todo lo contrario, considero que por algo se debe comenzar. Pero también me pregunto, ¿con los recursos humanos y tecnológicos que tiene Rafaela, ¿por qué no se puede ser pionera en el mundo en la utilización del mayor recurso de energía renovable, limpio y permanente del que disponemos en todo el planeta? Rafaela podría producir toda la energía que necesita y más si así lo desease, sin emitir dióxido de carbono al aire ni comprometer el futuro de sus generaciones con la producción de residuos radioactivos.
Este sueño lo tuvieron primero, por supuesto, los escritores de ciencia ficción.
Ya en 1941 el escritor, científico y periodista Isaac Asimov, en su famosa trilogía de las Fundaciones, en un breve párrafo, se refería a la forma en la que se proveía de toda la energía necesaria del planeta Trantor, capital del Imperio Galáctico.
Más contemporáneo, el escritor francés René Barjabel, además de regalarnos obras maravillosas como “Los caminos a Katmandú” o “La noche de los tiempos”, escribió una de las series de “Carta Abierta” que quienes contamos con más de 50 recordamos como una de nuestras lecturas.
Esa publicación que recién conocí hace pocos meses, gracias a la riqueza literaria que atesora nuestra biblioteca “Mariano Moreno” de Humberto Primo, que ya lleva como 40 años desde su aparición, me trastocó y me lleva a pensar ¿Por qué no se hace? ¿ Qué intereses poderosos nos mueven a privarnos de algo que sería sumamente beneficioso? Seguramente las limitaciones no son de recursos o de posibilidades científicas, sí, se deberían desarrollar las tecnologías apropiadas.
Vayamos al grano: el planeta tierra comenzó hace 4500 millones de años como una bola incandescente girando alrededor de una novel estrella a la que llamamos Sol. Paulatinamente, la interacción del calor superficial con el frío del vacío espacial circundante (unos 200° bajo cero) fueron generando una cáscara a la que llamamos Corteza Terrestre. Los gases constituyeron su atmósfera retenida por la gravedad generada por la masa del planeta.
Paulatinamente y por una serie de circunstancias que podríamos decir “fortuitas” se fueron desarrollando acciones aún no dilucidadas pero que terminaron en la generación de la vida. Y sobre esa cáscara -la corteza terrestre- se ha desarrollado todo lo que conocemos como nuestra historia, se generaron océanos montañas, llanuras, selvas,… seres humanos. La Tierra tiene un diámetro de aproximadamente 12.500 km y su corteza, esa tierra a la que nos asentamos como si fuera lo más firme de nuestra existencia, tiene un espesor de entre 80 y 130 km en su espesor máximo. De hecho, en ciertas regiones es mucho más delgada como Islandia o Hawai, por su abundante actividad volcánica. Por debajo de esa escasa piel bulle una caldera de magma líquida cuya temperatura va desde miles a millones de grados en su núcleo donde las condiciones de calor y presión hacen aún inimaginable el estado físico de esa materia. Si quisiéramos traducirlo a una imagen cotidiana sería como una naranja incandescente rodeada por una piel de espesor menor a la cáscara de un huevo.
Eso determina que a medida que profundizamos desde la superficie a la profundidad de la corteza obtengamos un aumento de tres grados de temperatura cada 100 metros que cavemos.
Esto se llama energía geotérmica y la disponemos todos de manera ilimitada, renovable, limpia y permanente debajo de nuestros pies. La industria petrolera ha desarrollado novedosas y maravillosas tecnologías de perforación con brocas que pueden llegar hasta 1,5 metros de diámetros y para el aprovechamiento de esta energía renovable deberíamos llegar hasta aproximadamente 10000 metros de profundidad (la máxima profundidad que se obtuvo en Rusia fueron 12000) ¿Por qué los 10000 metros? Porque teóricamente sería la profundidad necesaria para calentar agua hasta lo que se llama temperatura crítica, es decir, unos 370 grados aproximadamente, temperatura ideal para obtener la máxima energía del vapor de agua. Imagino que la tecnología simplificada del sistema sería un tubo en U donde se bombearía agua a temperatura ambiente, y volvería por el otro extremo sobrecalentada para mover una turbina, condensarse y volver a usarse en un sistema cerrado como cualquier central térmica, pero sin el consumo de combustibles ni de materiales radioactivos, sin límite en el tiempo por falta de combustible o riesgo de un accidente como el de Chernovil o Fukushima recientemente y, fundamentalmente, sin contaminación.
Por supuesto que lo que expreso parece simple y la práctica mostraría sus dificultades pero ese desafío bien merece el esfuerzo de intentarlo. Está en juego el futuro de nuestros hijos para que no vivan en el hacinamiento de los pobres o la opulencia de los ricos. La energía es la determinante de nuestra calidad de vida, de la equidad y si se obtiene en forma ilimitada, y barata redundará en un bienestar general. Rafaela, ¿estás preparada para aceptar un desafío de esta índole?
Eduardo Carignano
DNI 11535148