Dedicado al autor de “Sombras sobre vidrio esmerilado” Juan José Saer (R.I.P)
El gordo patea siete veces el pedal de arranque y la cara se le enrojece. En la última patada, el motor de la “Gilera” se enciende y despide un fuerte olor a combustible. Es de noche, hace frío y se hace tarde para cenar. Salimos velozmente. La motocicleta es vieja, ruidosa, pesada, de color negro con los guardabarros colorados. El conductor debe inclinarse para manejarla y como es baja, se percibe una desproporción en la figura de los tripulantes sobre el vehículo. En el asiento del acompañante no tengo de donde asirme. Debo llevar mis libros, mis apuntes y los del gordo. Aprieto las piernas contra el costado de la moto para sostenerme. Las luces de las vidrieras pasan a los costados en forma vertiginosa. En las esquinas desacelera y mientras miro el chaleco amarillo y peludo que tengo adelante, me imagino cómo aprieta el embrague con su mano izquierda y mueve el brazo derecho para hacer girar un par de veces su muñeca y accionar el acelerador en el manubrio, entonces oigo bramar el motor. Nos reflejamos en un vidrio que ondula nuestra imagen. Parecemos un dúo de hombrecitos montados en una langosta.
Hay dos días de la semana en que las clases finalizan tarde. La facultad está en el edificio adonde funcionaba hace muchos años el correo. Pasadas las diez de la noche, y si es invierno, disminuye el movimiento en las calles de Santa Fe. Son más de las diez, el comedor universitario ya está cerrado. Acompaño al gordo a cenar. No hablo durante el trayecto, por el ruido y el aire frío que me hace lagrimear. Además, ya sé cual será la respuesta, a la mayoría de mis comentarios. En esos días, es usual que vayamos a “Las Cuartetas” por una pizza y un poco de vino, pero hoy cambiamos y optamos por un restaurante en el centro.
Dejamos la motocicleta al lado del local para que los de adentro no vean en qué llegamos. No tomamos muchas precauciones, a quién se le va ocurrir robarla. El padre se la prestó porque no la usaba y para que no gastara en transporte en la ciudad.
Abro la puerta. Es un salón largo con manteles cuadriculados rojos y blancos. Sobre algunos de ellos hay platos sucios, restos de comida y manchas de vino tinto. Nos sentamos cerca de una mesa larga ocupada por muchos comensales. Algunos hablan animadamente. Hay un murmullo fuerte y monótono y olor a comida. De a poco se nos pasa el frío y la aceleración del trayecto. El gordo enciende un cigarrillo. Siempre sostiene que hay dos clases de fumadores: los que fuman Jockey Club como él y los otros y ambos gustos son irreconciliables. Nunca lo pude tentar con uno de otra marca, ni aun exhibiendo delante de su nariz una caja negra, lustrosa, escrita con letras doradas, de cigarrillos John Player Special. Nos aburrimos mucho en la última clase, la que dicta “El Inmortal” -así es como le dicen al rengo Solís porque nunca va a “estirar la pata”. El calor de adentro contrasta con la temperatura exterior. Los vidrios de los ventanales están como si el invierno los hubiese empañado espiándonos. Nos traen el menú y hacemos un análisis minucioso, plato por plato, precio por precio y nos asustamos. Le pregunto a mi compañero si prefiere lavar los platos o secarlos. Se ríe y se envuelve en una nube de humo que sube hasta el techo. El mozo se toma su tiempo para todo, pero no tenemos apuro. Durante la espera observamos a los de la mesa larga. Al lado de una señora grande de rostro formal y expresión afligida, hay un hombre joven que habla a los gritos con el resto. Gesticula, fuma y toma vino todo el tiempo, dándole la espalda a la mujer. Decimos que si sigue bebiendo a ese ritmo, a la madrugada va a quedar “lacio” de borracho. Ahora, mientras el gordo devora su milanesa que acompaña con papas y huevos fritos, pienso que antes oí la voz de aquel tipo. Sin embargo, estoy seguro de que nunca lo había visto en ningún lado. Oigo la palabra “libro” y mi memoria se aclara. Fue cuando escuchaba la radio de la Universidad Nacional del Litoral, antes del concierto de las 10, en el programa “Panorama Universitario”, creo que así se llama. Hacían el anuncio de la realización de una mesa redonda en la universidad, sobre la influencia de la literatura en la educación de la adolescencia. El hablaba del evento. Lo recuerdo bien, era el responsable del suplemento literario del diario “La Región”. De todas maneras a mí no se me ocurrió ir. No es mi fuerte la literatura, no obstante de haber aprovechado las clases del rengo para leer “El Proceso”. El periodista se vuelve varias veces hacia la mujer y le habla con suficiencia. Se ríe de ella y pontifica sobre todo. Por un instante me mira el pelo largo y rubio. También tenemos diferencias generacionales. Concluimos con Fernando, el gordo, que es fácil burlarse de las mujeres viejas, pero no lo es hacerlo de una linda y joven. Si la mina es linda y joven, dice el gordo, es más factible que ella se ría de tu cara de estúpido -en realidad dijo otra palabra- y sería raro que permaneciera a tu lado para que vos pudieras reírte de ella. Ese es su seco pragmatismo. Se mancha con huevo el chaleco amarillo y peludo, que parece confeccionado con el cuero -no voy a decir de qué parte- del mono. Los muchachos que viven con él aseguran que está hecho con ese material, para fastidiarlo. La primera vez que apareció en la moto y con el chaleco puesto, González, el perro, lo corrió ladrando una cuadra y media. Al perro, la imagen le habrá parecido comparable a la llegada de Hernán Cortés a Méjico.
Terminamos de cenar y pedimos la cuenta. No sé si las constantes afirmaciones del tipo aquel son una muestra de firmes convicciones o de arrogancia. Me gustaría refutar algunas de ellas. No se lo digo a mi amigo, porque sé lo que me va a contestar. Pagamos la factura de la consumición con exactitud matemática. El mozo demora en contar el dinero, lo recuenta y comprueba que no sobra nada. No pensamos dejarle propina. Creo que somos los últimos en irnos.
El grupo de gente de la mesa larga salió unos minutos antes y algunos de ellos se juntaron en la vereda y alargan la despedida. Es pleno invierno y afuera, la noche, es una verdadera noche de pleno invierno. La niebla invadió la ciudad y desdibuja a las casas, los edificios, los árboles y las siluetas de las personas que se alejan, se esfuman a poca distancia y parece que entran en otra dimensión. Las luces de las esquinas, con un halo, están como cubiertas por una pantalla de diminutas gotas que pasan incesantemente y se arremolinan. Al final, el tipo del suplemento literario no se emborrachó. Caminan delante de nosotros y un pequeño grupo acompaña a la vieja hasta una parada de taxis. Quizá no sea tan vieja, pero se la ve vencida. Fernando va a pie al lado mío y lleva la motocicleta rodando a la par. Pasamos junto al taxi al que sube la mujer. El arrogante se inclina hacia ella, al cerrar con fuerza la puerta y le dice: “La casualidad no existe, Adelina...”. El resto de la frase ya no la escuchamos. Intento decir que el tipo está loco, además de mentir y que habría que decírselo, pero sé cual será la respuesta de mi compañero: “¡Qué ganas de hinchar las pelotas!”.
Me voy caminando, no estoy tan lejos. El gordo y la moto desaparecen con estruendo al final de la cuadra y hacen vibrar al aire húmedo y frío de la noche de Santa Fe. Siento que me gusta andar a esta hora y en medio de la niebla. Me desplazo sin tiempo ni rumbo, de modo automático, aunque sé adonde voy. Mi cuerpo no existe, es mental, pero el frío me acaricia las mejillas. Las luces de los vehículos aparecen y desaparecen en la bruma. No sé quién pasa a mi lado, no sé si existo. La irrealidad me alucina. No tengo sueño. Voy componiendo una carta...
Correo de lectores
Del diario “La Región”
Al responsable del
Suplemento Literario
Señor Carlos Tomatis
Quiero expresar mi desacuerdo con una frase suya que he oído, donde asevera que “la casualidad no existe”. Esta afirmación nos llevaría a negar una propiedad fundamental e ineludible del mundo, como lo es el “principio de incertidumbre” del científico Werner Heinsenberg, cuyo enunciado es: “nunca se puede estar totalmente seguro acerca de la posición y la velocidad de una partícula; cuanto con más exactitud se conozca una de ellas, con menos precisión puede conocerse la otra”. Entonces, ¡no se pueden predecir los acontecimientos futuros con exactitud si ni siquiera se puede medir el estado presente del universo en forma precisa! Afirmar lo contrario sería ignorar la mecánica cuántica y hasta el comportamiento de los transistores, y estaríamos preguntándole todavía a San Agustín ¿qué hacía Dios antes de que creara el Universo? El observador interfiere sobre el objeto observado y al alterar su presente, modifica los hechos venideros.
Cap. R CI Nº 444666
* Segundo premio del concurso Gastón Gori 2011