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09/04/2012 - Suplemento La Palabra
El invitado

Camino del Inca, una experiencia única

Por Ana Laura Conde - Comunicadora social (Buenos Aires)
Testimonio
Aventura. Desafío. Curiosidad. Respeto. Adrenalina. Emoción. Entusiasmo… ¿Cómo describir lo que uno siente al caminar sobre el puente que cruza el río Urubamba, en Ollantaytambo, Perú, para iniciar el recorrido del Camino del Inca? ¿Cómo explicar los motivos que lo llevaron hasta ahí, dispuesto a caminar cuatro días por la montaña -mochila al hombro- hasta encontrarse con el majestuoso Machu Picchu?
Probablemente no haya una única respuesta. Cada una de las quinientas personas que cruzan ese puente a diario tendrá más de un incentivo para hacerlo, no tengo dudas. ¿Qué me llevó a mí? Una mezcla de cosas, pero -principalmente- el profundo interés por la cultura del pueblo Inca, que recorrió ese mismo sendero años atrás.
Cuando el guía dijo “comencemos”, un escalofrío me recorrió entera. ¿Podré? No soy deportista, hace años que no subo una montaña… Sin dudarlo, mi grupo se puso en movimiento, y yo con ellos. Nos esperaban cinco horas de subida leve en esa primera jornada, rodeados de bellísimos paisajes. Paramos algunas veces, tomamos agua, sacamos fotos y nos alentamos mutuamente. Casi sin darnos cuenta, llegamos al primer campamento. Cenamos y nos acostamos temprano, preparándonos para lo que vendría...
Al levantarnos a la mañana siguiente, todavía estaba oscuro. Las jornadas empiezan a las 5 AM durante el camino, para aprovechar al máximo las horas de luz. Después del desayuno ya había amanecido y nos acompañaba un inesperado sol, que luchaba por abrirse paso aún en esa temporada de lluvias. Nuevamente a caminar, esta vez con un desafío más grande: un trayecto bastante más largo, que incluía cinco kilómetros de subida por escalones de piedra, hasta alcanzar la cumbre de la montaña, a los 4200 metros de altura.
¡Qué difícil fue! El grupo se había ido separando, ya que cada uno caminaba a su ritmo. Estaba sola cuando llegué a la cima, físicamente agotada. Solo la montaña y yo. ¿Cómo explicar lo que sentí? Me resulta casi imposible ponerlo en palabras. Alegría, paz, emoción, miedo por lo que faltaba y un enorme agradecimiento a la Pacha… que no dejaba de maravillarme con todo lo que ofrecía a mi alrededor.
El tercer día también fue duro. Al esfuerzo físico de la jornada anterior se sumaban las noches de dormir en carpa, que iban dejando marcas en nuestro cuerpo. El sol perdió la batalla en esta oportunidad, y llovió todo el día… Tocaba bajar. Un alivio para las piernas en un primer momento, pero igualmente cansador a medida que pasaban las horas. Cansancio. Y sin embargo, una renovada alegría. ¡Cada vez estábamos más cerca! En este tercer día empezamos a encontrar ruinas incaicas. Pensar que por allí, por ese mismo suelo que ahora pisábamos nosotros, habían caminado los Incas, nos erizaba la piel…
Esa noche nos costó dormirnos. Llovía intensamente. Nos sabíamos a poquísimos kilómetros de nuestro destino y la emoción era grande. Teníamos que levantarnos más temprano que los otros días: 3:30 desayunamos, aún con lluvia. Comenzamos a caminar cuando todavía era de noche, con las linternas alumbrando el piso. El silencio era espeso. La montaña nos despedía, poderosa, soberbia.
Cuando recién amanecía, llegamos a la Puerta del Sol, el lugar por el que los Incas ingresaban a Machu Picchu. Desde allí -generalmente- se ve la construcción en su totalidad… Nosotros no tuvimos esa suerte: la niebla dominaba el lugar, haciendo imposible ver más allá del final de nuestros propios brazos. Y sin embargo, la emoción nos ganó. Nos abrazamos unos a otros, felices de vivir ese momento.
Desde allí, una hora más de bajada hasta entrar en la ciudadela. Poco a poco la niebla fue cediendo y, al acercarnos, el magnífico espectáculo de Machu Picchu empezó a hacerse visible ante nuestros ojos. Imponente. Bello. Enigmático. Estuvimos más de cinco horas recorriéndolo, sin que nuestros ojos se cansaran de esa maravilla.
¿Qué decirles a quienes tienen ganas de hacer este viaje? No mucho… solo que las jornadas son intensas durante todo el camino. El esfuerzo físico es enorme, por momentos agotador, y uno corre el riesgo de asustarse y pensar que no puede lograrlo. Pero hay algo mágico en esa montaña, algo que lo empuja a uno a seguir adelante, sabiendo que la recompensa será grande. Y lo es.

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