Voy a sentarme a la mesa, junto a un mate amargo con yerbas cordobesas con mezcla de hierbas de sus sierras.
A solas masticaré la bronca de un pancito casero que amasé por costumbre hace unos días.
Ahora hay silencio. Apagué el televisor para escucharlo.
Me daban miedo ciertas noticias, y no me servían de nada escucharlas.
Estaba alerta a mi quietud; a esa forma de estar tranquila, en otro estado, rodeada por mis cosas, sintiéndome especialmente adormecida, sin pensamientos recurrentes vagando por allí.
Sin idea de la hora aunque parecía ser medio día de un viernes otoñal…
La puerta de atrás estaba siempre abierta.
Yo sabía del peligro, estaba consciente de ello, pero no me asustó sentirlo llegar…
Esperaba que fuera rápido. Un corte certero. Un disparo cercano. No, maltratos, golpes, sarcasmos… ¿eran imprescindibles para acentuar la hombría? Por supuesto que no.
Todos sabían que era una vieja medio tonta que se mantenía de una pensión del gobierno. Con sus ropas maltrechas al igual que su vida.
No había dinero. Ni joyas. Ni siquiera la televisión le podría servir para algo.
Hacía tiempo que el valor de mis cosas se convirtió en hojas amarillentas de poemas que nunca pude publicar.
De cuentos magnetizados de melancolía que nadie quería escuchar.
El mate quedo servido en la mesa. El agua en la pava de aluminio se enfrió.
Cuánta bronca por tener que esperar.
La muerte viene cuando quiere aunque le dejemos la puerta abierta.
Aunque la invitemos a pasar.
Desangrándome en el piso, parecía un cuento de los míos, sin pensar, de esos que nombré antes. De esos que nadie quiere escuchar.
Los tajos eran profundos. Uno cruzaba el rostro y un ojo perdido en sangre no me dejaba ver.
Otro tajo se acercaba a los intestinos que desparramados entre piel y ombligo. Con mis, manos intentaba atrapar.
Nunca llegaría hasta el teléfono. Mi asesino cortó el cable de un tirón y con él formaba un lazo extraño sobre mi cuello.
Parecía una película en blanco y negro y sin sonido. El hombre ajustó pero el cable demasiado grueso no servía para tal ocasión.
Yo estuve tentada a decirle algo. No preguntaría por qué. Pero la voz me salió tremenda y entonces me callé.
Con el ojo bueno lo miré. Parecía jovencito, perdido en su profundo misterio; sin atinar a entenderlo me dejé caer.
Sentí el pie contra mis pobres y dolorientas costillas. Y la voz lejana que preguntaba, injuriaba, escupía, maldecía ¿dónde está la plata? ¡Vieja de mierda, contestá!
Yo supe que estaba equivocado, mal informado pero no era momento para aclararle nada. Lo dejé que golpeara como quisiera. De todas maneras me lo merecía o al menos siempre me la esperé.
Ahora me acordaba cuando era chica, cuando veíamos por la tele cómo los milicos atropellaban y metían palos a la gente. Decían que eran subversivos. Zurdos que iban contra el orden nacional.
Después irónicamente me vi vestida de novia en aquella parroquia de pueblo, casándome.
Qué payasada se pone una a pensar en esos momentos cuando la vida se te va escapando. No me acordé de los hijos que estaban lejos viviendo cada uno su vida y su tentación. Sus esperanzas o frustraciones. Sus olvidos. Sus recuerdos…
Tenía un poco de frío.
Sentí que buscaban. Rompían. Destrozaban lo poco que me quedaba.
Ahora me parecía que eran dos. Porque uno le gritaba al otro ¡bastardo! y el otro, me insultaba a mí.
Yo me quedé quietita, la ambulancia parecía ulular desde lejos o eran la policía y la ambulancia juntos…
Después me di cuenta que no.
Me estaba imaginando todo.
El sonido que escuchaba era el chiflido de la olla a presión…