Por Marcelo Rico
Una mujer no se desnuda ante una cámara; se desnuda, a veces, ante todos los juicios que aprendió a obedecer.
La puerta y la habitación oscura
Alumbrar lo que no se muestra fue, durante años, una forma de nombrar mi trabajo con mujeres no entrenadas para ser miradas, cuerpos fuera del canon profesional, luces posibles, cicatrices, pudores y presencias que no siempre entraban enteras en el espejo cotidiano. Yo no buscaba ni busco fabricar una belleza nueva, sino encontrar el punto exacto en que una persona podía reconocerse sin castigarse.
Primero se alumbra lo oculto. Después se desnuda el juicio
Con el tiempo entendí que esa era apenas la puerta. La habitación oscura estaba más adentro. La fotografía de desnudo no empieza cuando una mujer se quita la ropa. Empieza antes, en una zona más íntima, más atrevida y menos visible: cuando decide suspender por un instante el juicio aprendido sobre su propio cuerpo.
Para mí, la sesión también empezaba antes. Cuando comencé a hacer desnudos, dibujaba en una hoja las líneas y la geometría que quería construir con el cuerpo. Llegaba con las ideas claras. No quería que una mujer quedara desnuda frente a un tipo que titubeaba, que se rascaba la cabeza o que miraba sin saber qué hacer o improvisaba porque la escena lo había desordenado y expresa el famoso hagamos algo distinto, sinónimo de no tener una puta idea de que hacer. El plan podía cambiar, claro; cada cuerpo obligaba a corregirlo. Pero yo sabía qué luz poner, qué forma buscar y qué indicación dar. Esa seguridad era parte del oficio y, también, una forma de cuidado. A veces imaginaba formas, pero el cuerpo no se apegaba al plan, me paso en varias sesiones, quedar exhausto intentado una composición y no llegar. Pero el plan b me permitía dejar ir a la mujer con una fotografía suya excelente.
No me interesa hablar de “modelos”. La palabra queda chica, casi berreta. Modelo suena a objeto disponible, a cuerpo puesto ahí para que otro lo use, lo ordene o lo consuma. Yo prefiero otra palabra: presencia. Una mujer frente a una cámara no es necesariamente una modelo. A veces es una presencia que decide aparecer.
Pero aparecer no significa siempre lo mismo. Algunas mujeres llegan a una sesión para reconciliarse con algo de sí mismas. Otras llegan para desafiar una edad, una cicatriz, una culpa, una mirada que las condenó durante años. Y otras llegan sabiendo perfectamente el poder que traen en el cuerpo. No todas vienen heridas. No todas vienen a curarse. Algunas vienen a plantarse.
El cuerpo como archivo
El cuerpo de una mujer casi nunca le pertenece del todo. Antes de que ella lo habite en paz, ya fue opinado, deseado, corregido, castigado, comparado, clasificado y vendido. El cuerpo femenino es un archivo. Guarda marcas visibles y marcas que no aparecen en la piel: mandatos, miedo, deseo, religión, mercado, familia, violencia simbólica, culpa.
Por eso el desnudo no es solamente un problema estético. También es político, erótico y moral: el cuerpo ha sido administrado por otros, el deseo lo atraviesa, aunque algunos finjan pureza, y cada época decide qué cuerpo puede mostrarse y cuál debe esconderse como si fuera un error.
Hay mujeres que llegan a una sesión con una pregunta torpe y tremenda: “¿Así está bien?”. Esa pregunta nunca habla solamente de la pose. Habla de una vida entera pidiendo autorización. ¿Está bien mi cuerpo? ¿Está bien mi edad? ¿Está bien que me guste gustar? ¿Está bien querer verme? ¿Está bien no esconderme?
El error sería reducir ese cuerpo a una sola lectura. El cuerpo femenino fue demasiado opinado por todos como para que uno venga, cámara en mano, a simplificarlo otra vez.
No todas vienen a curarse
Durante años vi mujeres mayores posar como quien disputa un lugar. Mujeres de cincuenta o sesenta frente a mujeres de veinte, no necesariamente para imitarlas, sino para decir: yo también estoy acá. Tal vez la carne ya no tiene la misma dureza. Tal vez el tiempo dejó sus marcas. Pero el gesto de ponerse frente a la cámara podía ser una forma de orgullo, una manera de no aceptar el borramiento.
No todas llegaban a curarse. Algunas sabían perfectamente el poder que llevaban en el cuerpo.
También vi mujeres que sabían exactamente lo que producían. En desfiles, castings o camarines, con decenas de mujeres semidesnudas o desnudas cambiándose, cada una podía tomarse su tiempo ante la mirada del fotógrafo. Sabían que esa mirada iba a construir después su imagen, su traje, su aparición final. Eso no anulaba la vulnerabilidad, pero cambiaba por completo la escena.
La desnudez puede volver vulnerable a una mujer y, al mismo tiempo, darle el centro de la escena. En algunas sesiones hay seducción, poder, juego. No es lo mismo ser mirada como objeto que saber que se está concentrando la mirada. Ahí también hay mando.
La mujer que posa no siempre está pidiendo ser deseada. Puede querer que la vean sin reducirla, comprobar que su cuerpo todavía dice algo que no sea culpa, o mirarse desde afuera sin ese verdugo interno que lleva años hablándole al oído.
El hombre detrás de la cámara
Hay un problema inevitable: soy hombre y fotografío mujeres. Eso tiene carga. Tiene historia. Tiene sospecha. Tiene poder. Tiene deseo. No sirve disfrazarse de monje tibetano con mi Rollei, mi Contax o mi Nikon colgada al cuello, porque nadie con dos neuronas y una biografía decente se lo cree.
El problema no es que un hombre mire. El problema es qué hace con esa mirada.
La mirada consume o revela. A veces avanza; otras sabe contenerse. Puede aprovechar una vulnerabilidad o custodiarla. Una sesión puede convertirse en un abuso elegante o en un lugar donde la mujer no tenga que pedir perdón por aparecer.
Yo no inventé la belleza de las mujeres que fotografié. Lo que hice fue ordenar luz, forma, distancia y silencio para que esa belleza dejara de pedir disculpas. No era salvar a nadie. Era hacer mi trabajo y no estorbar lo que ya estaba ahí.
La ética no consiste en negar el deseo. Negarlo sería una estupidez mediocre. Empieza cuando el deseo deja de mandar sobre la mirada. Ahí comienza el oficio: no usar la cámara para consumir lo que se tiene enfrente.
La condena de haber visto demasiada belleza
Después de casi treinta años de ver mujeres desnudas, es difícil asombrarse por los cuerpos. No lo digo con orgullo; es una deformación de la mirada. El oficio educa, pero también condiciona. Cuando la belleza se vuelve paisaje cotidiano, puede convertirse en una condena.
El tiempo no solo modifica los cuerpos; también desnuda la pobreza de algunas miradas. Incluso la propia.
Uno aprende a ver luces, torsiones, caderas, líneas, músculos, durezas, caídas, edades. Aprende a reconocer cuándo un cuerpo sostiene una pose y cuándo una pose está mintiendo. Aprende incluso a corregir sin tocar, a tensar un músculo, a pedir una respiración, a esperar un segundo en que la forma aparece. Pero también corre un riesgo: dejar de mirar personas y empezar a comparar cuerpos.
A los sesenta años, la intimidad trae otra incomodidad. El tiempo llega al cuerpo de las mujeres y también al cuerpo de uno, aunque el ego masculino haga esfuerzos ridículos por mirar para otro lado. Haber vivido rodeado de tanta belleza puede volver difícil aceptar la vejez de la carne en una cama. Esa frase es una mierda, pero tiene que estar. No como condena contra la mujer que envejece, sino como autopsia moral de mi propia mirada.
La fotografía de desnudo me dio el privilegio de ver belleza durante décadas. También me dejó el veneno de la comparación. Si no lo admito, el ensayo se vuelve sermón. Prefiero tratar de entender qué hace la belleza con quien la mira demasiado.
Cuando mirar ya no alcanza
Con los años aprendí a separar el oficio del deseo. En una sesión de desnudo hay tensiones, ambigüedades, vanidad, seducción, nervios, poder. La mujer que se desnuda no queda necesariamente indefensa; a veces sabe perfectamente que concentra la mirada y juega con eso. La desnudez puede ser vulnerabilidad, pero también un arma.
Por eso no es fácil estar frente a una mujer desnuda. El inexperto se desordena. El cuerpo desnudo lo saca de eje. Mira partes, pierde la luz, olvida la composición, responde cualquier cosa, se vuelve torpe. Cree que está frente a una oportunidad cuando en realidad está frente a una responsabilidad.
Yo intento no empezar por las partes. Primero busco la forma general: volumen, estructura, líneas de fuerza, espalda, cadera, cuello, manos, respiración, sombra. Miro a los ojos mientras estudio la forma del cuerpo. Después aparecen los fragmentos. No estoy ahí para contemplar; estoy para componer. Pero antes la mujer tiene que confiar en mí y saber que no voy a improvisar con su desnudez.
En ese punto el cuerpo entra en la composición: forma, luz, peso, gesto. No es una radiografía erótica ni un inventario de piel. Es fotografía, cuando todavía hay oficio detrás de la palabra arte.
La Habana: aprender a ver luz
En talleres internacionales de desnudo, como los que me tocó dictar en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, vi con claridad el problema. En grupos de sesenta o setenta alumnos, la mayoría elegía desnudo para el trabajo práctico final. No era casualidad. El desnudo atrae porque promete intensidad, porque parece más importante, porque pone al fotógrafo frente a algo que todavía no sabe controlar.
Como profesor suelo exigir el límite. Busco que el alumno se encuentre con su cuello de botella. Por eso, en aquella sesión de desnudo, elegí a una mujer de piel negra muy profunda, no marrón ni dorada: negra como una noche cerrada. Ahí armé la trampa. Félix el director de la cátedra me miró y me dijo, Shico, tu sí que eres jodido… y se tuvo que reir.
La cámara no inventa un cuerpo. A veces le devuelve a alguien el derecho de reconocerse sin odio.
Tenía más de un metro ochenta y un cuerpo hermosísimo. Las luces estaban puestas como quien intenta iluminar la nada. Los alumnos eran de distintas partes del mundo: alemanes, ingleses, suizos, españoles, mexicanos, guatemaltecos, entre otros. Muchos no sabían dirigirla. La modelo preguntaba: “¿Cómo me pongo?”. Y ellos respondían: “Quedate así”. No porque esa fuera una decisión estética, sino porque no sabían qué hacer.
La desnudez no desordena solamente a quien posa; desordena, sobre todo, a quien no sabe mirar. El alumno veía piel. El fotógrafo tenía que aprender a ver luz y, además, medirla. Enseñar desnudo consiste en eso: sostener la mirada sin caer en consumo, torpeza o excitación. La cámara no corrige la pobreza interior de nadie.
Cuando una mujer confía en lo que uno hace y en lo que uno ve, acepta construir conmigo una imagen. Esa confianza permite trabajar con mujeres que nunca posaron, no solamente con cuerpos entrenados para el oficio. Y entonces ocurre algo que todavía me conmueve: algunas, después de ver las fotos, escriben llorando porque no pueden creer que ese cuerpo sea el suyo.
Backstage: confianza, competencia y zonas turbias
En desfiles, castings y producciones, el cuerpo circula de otra manera. He estado en lugares donde decenas de mujeres se cambiaban, semidesnudas o desnudas. Cada una sabía quién iba a retratar el look terminado y se tomaba su tiempo ante la cámara. Esa imagen podía abrir una puerta, o cerrarla.
La cámara puede ser herramienta de aparición o moneda de abuso.
Ahí se mezclan el placer, el orgullo profesional, la confianza y también la competencia. Una modelo se permite ser mirada de determinada manera porque conoce la conducta del fotógrafo, su reputación, cómo trabaja. La confianza se gana con años de trabajo y con límites claros.
Pero el oficio también tiene zonas oscuras. Hay fotógrafos que cambian trabajo por sexo. Hay mujeres que necesitan imágenes, books, castings o posibilidades laborales y terminan negociando con lo único que el mercado les hizo creer que siempre podían ofrecer. Hay de todo en este oficio, como hay de todo en cualquier lugar donde se cruzan deseo, necesidad, poder y vanidad.
Cuando alguien llega por necesidad, el límite lo tiene que poner quien posee la ventaja. No importa solamente lo que la otra persona acepta; importa lo que uno se niega a cobrarle.
La sospecha inevitable
Durante años escuché la misma pregunta, formulada con diferentes disfraces: si me había acostado con todas las mujeres que fotografié. La pregunta venía en reuniones, en bromas de amigos, incluso en vínculos íntimos. A veces parecía curiosidad. A veces picardía. Pero siempre traía debajo la misma sospecha: nadie parecía creer que un hombre pudiera estar frente a una mujer hermosa y desnuda sin convertir esa escena en oportunidad sexual.
Ninguna respuesta alcanza cuando la pregunta nace de lo que el otro cree que haría en tu lugar.
La duda no nacía de mi historia. Nacía de la imaginación ajena. No preguntaban qué había hecho yo; preguntaban desde lo que ellos habrían hecho en mi lugar.
Para quien nunca aprendió a ver luz, una mujer desnuda sigue siendo una cama posible. Por eso cuesta tanto explicar el oficio. Después de décadas, el cuerpo no deja de ser cuerpo, pero uno aprende a verlo también como forma, sombra, peso, respiración, tensión y composición. Ya no es únicamente tentación.
El sexo no es una moneda
Una vez, durante el proceso de Icásticas, una mujer viajó cerca de cincuenta kilómetros para posar en pleno día. Se estaba cambiando en mi dormitorio, porque el estudio era también departamento. Tardaba en salir. La llamé. Me dijo: “pasá, estoy lista”. Cuando entré, estaba desnuda sobre mi cama. Me propuso tener sexo primero y hacer las fotos después.
No me repugna el deseo. Me repugna su reducción a comercio sin misterio.
Le dije que no. No con desprecio ni moralina, sino porque esa no era la naturaleza del encuentro. Me halagaba, sí, pero la cámara no debía entrar en la cama. Habíamos acordado una imagen, no un intercambio.
Para mí el sexo nunca fue una moneda. Si hubiera pensado el oficio de esa manera, habría tenido una vida sexual contable, numerosa y bastante miserable. Pero una fotografía no se paga con un cuerpo, y un cuerpo no se cobra con una foto. No demonizo el deseo. Desconfío del comercio disfrazado de deseo.
Vivimos una época que consume todo, también el sexo. El cuerpo pasa rápido de presencia a moneda. Lo obsceno no es la desnudez, sino ese intercambio vacío en el que ya no queda encuentro, solamente cotización. Los cuerpos pueden desearse; el problema empieza cuando se administran como divisa.
El poder pequeño
El problema no pertenece solamente a la fotografía. Pertenece al poder, a cualquier poder. Un auto, una cámara, un cargo político, un puesto de jefe, una promesa laboral o una ventaja económica pueden usarse para conquistar, someter o cobrar. El objeto cambia; la miseria es la misma.
El poder pequeño suele buscar cuerpos para sentirse grande.
El mediocre usa lo que tiene, un cargo, una cámara, un auto, una promesa, un escritorio, para intentar poseer lo que no puede conquistar con su propia estatura humana. Lo he visto, sobre todo, en la política y en los espacios jerárquicos: gente que aprovecha la necesidad ajena para cobrarse obediencia, favores o sexo.
El deseo no es lo miserable. Lo miserable es usar la necesidad de alguien como escalera. Ahí el cuerpo deja de ser encuentro y se vuelve tributo. La escena repugna no por el sexo, sino por la pobreza moral de quien necesita una ventaja para sentirse deseado.
Hoy el sexo no parece ser el problema. Sexo hay. Desnudos hay. Exposición hay. Celulares hay. Cuerpos que circulan como moneda rápida hay. Lo difícil es encontrar algo que no termine ahí; algo que atraviese el sexo y lo supere: presencia, verdad, misterio, encuentro.
Tengo más finales que comienzos
Siempre digo que tengo más finales que comienzos. En el inicio de un encuentro hay histeria, franeleo, deseo, pequeñas mentiras, ventas recíprocas, expectativas. Dos cuerpos se tantean como si estuvieran negociando una verdad que todavía no existe. Pero no todo deseo merece convertirse en exposición.
Tal vez no buscábamos una persona; buscábamos una interrupción.
Me pasó estar frente a mujeres que al principio me atraían y después ya no. Podría haber seguido por inercia, por vanidad masculina, por esa obligación idiota de “cumplir” porque ya se llegó hasta ahí. Muchas veces lo hice. Pero eso es una situación de mierda. El cuerpo puede seguir, pero algo ya se fue antes. Y cuando algo ya se fue, quedarse también es una mentira.
A veces irse es la única forma honesta de no convertir el sexo en trámite. No todo cuerpo ofrecido obliga a una respuesta. Soldado que huye sirve para otra guerra, pero sobre todo sirve para no traicionarse en esta.
También aprendí que la intensidad no siempre anuncia profundidad. Hay encuentros que llegan cargados de mensajes, insinuaciones, espera, fantasía. Después explotan, arden unos días y no dejan nada. Tal vez valieron como combustión. Tal vez sirvieron para vivir distraídos. Pero hay encuentros que arden tanto que no iluminan nada.
No profanar la realidad
También hay una ética de la imagen. A mí me interesa la fotografía directa. Cuanta menos intervención haya, más real me parece. Sé que toda fotografía interviene: el encuadre interviene, la luz interviene, la pose interviene, la selección del instante interviene. Pero una cosa es intervenir para revelar y otra muy distinta es intervenir para falsear.
No corregir el cuerpo con mentira digital, sino encontrar en la pose la verdad que todavía podía sostener.
Hay formas contemporáneas que algunos llaman fotografía pictórica: negativos viejos digitalizados, imágenes híbridas, collages, un mejunje de elementos antiguos trabajados con Photoshop. Tengo amigos que lo hacen con una maestría admirable. Raúl Villalba, por ejemplo, es un maestro en ese lenguaje y ha ganado premios en todo el mundo. Realmente lo admiro. Lo invité en su momento a exponer en Sunchales y Rafaela, fue genial, hasta nos auto retratamos. Pero no es mi búsqueda.
Mi territorio está más cerca de Cartier-Bresson: el instante, la composición, la presencia, la realidad no tergiversada. No me interesa armar una escena como quien fabrica una verdad con pedazos de mentira. Me interesa que el cuerpo, la luz y la pose puedan responder por sí mismos. Y eso lo hago con mis películas también.
En el desnudo, eso exige oficio. Si una mujer tiene un cuerpo maduro, marcado o fuera del canon, no busco inventarle una juventud digital. Busco comprender cómo trabaja el músculo, cómo se tensa una pierna, cómo se fortalece una cadera, cómo la espalda puede sostener una línea, cómo la respiración cambia la forma. El retoque debe ser mínimo porque la verdad debe quedar tangible.
Icásticas: el altar de la mujer libre de culpa
Icásticas no fue el centro de todo esto, pero sí una prueba concreta. Cerca de veinte mujeres se plantaron desnudas frente a una sociedad machista, pueblerina y vigilante. Hubo jóvenes de veinte años y mujeres de sesenta; amas de casa, profesionales, abogadas, arquitectas, médicas y empresarias. Mujeres de mundos y edades distintos, cada una con su forma de estar.
En Icásticas, el desnudo no fue una pose: fue una desobediencia. No posaron contra la ropa. Posaron contra el miedo.
Icásticas fue un altar laico para la mujer libre de culpa, pero no un pedestal ni una vidriera erótica. Allí el cuerpo dejaba de comparecer como acusado. Cada mujer ocupaba el centro con su edad, su deseo, su orientación y su historia. La desnudez no la convertía en objeto: mostraba una decisión.
El balcón de mi departamento, en pleno centro de Sunchales, se convirtió por un rato en una frontera. Algunas fotos fueron de madrugada. Otras, a pleno día. Hubo mujeres lesbianas posando y besándose en el balcón, sin pedirle permiso al qué dirán. Eso no era exhibicionismo barato. Era una forma de presencia.
A muchas mujeres no les importaba solamente mostrarse. Les importaba decir: “acá estoy”. Esa frase, dicha con el cuerpo, puede ser más política y subversiva que cualquier discurso. Porque en una sociedad que educa a la mujer para vigilarse, corregirse, esconderse o pedir disculpas por su deseo, aparecer desnuda puede ser una forma de no obedecer.
Sería demasiado decir que yo les di voz: ya la tenían. Mi tarea fue no quitársela. La cámara le dio forma y el balcón la hizo pública. No hablé por mujeres mudas; fotografié a mujeres que habían decidido hablar con el cuerpo.
Algunos leyeron mi trabajo como cosificación. No voy a defenderme con una declaración de inocencia; una obra no absuelve a su autor. Pero se puede mirar qué relación hubo entre la cámara y quien posaba. En Icásticas las mujeres no fueron una materia dócil puesta al servicio de mi deseo. Eligieron exponerse y usaron la desnudez como lenguaje. Yo no les concedí libertad. Traté de no estar por debajo de la libertad que ya habían decidido ejercer.
Por eso Icásticas no debe funcionar como coartada moral ni como centro de todo el ensayo. Es una prueba: un balcón, una cámara, una ciudad mirando —o creyendo que miraba— y mujeres que no pidieron permiso. El cuerpo estaba expuesto. Lo que quedó desnudo fue el mecanismo social de la culpa.
El permiso y el límite
La desnudez no empieza en la piel y tampoco termina ahí. Empieza en el permiso, el miedo, la conciencia de ser mirada, el poder de mostrarse y la decisión de no esconderse. También empieza del otro lado de la cámara, en lo que el fotógrafo decide hacer con el cuerpo que tiene enfrente.
No todas las mujeres llegan a la cámara para curarse, ni todos los hombres llegan a una mujer para consumirla. Entre ambos extremos hay deseo, oficio, poder, confianza, sospecha y límite. Ahí ocurre casi todo.
El fotógrafo no concede ese permiso ni es dueño de ninguna absolución. Puede, en el mejor de los casos, no estorbar: cuidar la distancia, encontrar una luz justa, dirigir una pose verdadera y no traicionar la confianza que recibió.
Alumbrar lo que no se muestra no alcanza; también hay que evitar profanar lo que se muestra. Una imagen quizá no cambie una vida, pero a veces cambia la manera en que alguien soporta verse. Y también deja al descubierto la mirada de quien sostuvo la cámara.