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La Nada y Dios, Dios y la Nada. Parte I El hombre ante la muerte

Reflexiones ante algo que a todos nos llega.
Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

Tenía entre siete y nueve años cuando me acostaba en la cama y trataba de imaginar qué había después de Dios. Solo se me aparecía en mi mente un manto inmenso de oscuridad en el que yo trataba de bucear. Y me preguntaba infinitas veces: si Dios creó al mundo, al universo, ¿quién creó a Dios, o qué había detrás de Dios?

Tal vez ése fue mi primer error: poner a Dios en el centro, como si el problema fuera solamente saber si existe o no existe. Como si todo pudiera resolverse con una respuesta rápida: sí, no, tal vez, misterio.

Pero quizá la pregunta más concreta sea otra: ¿por qué necesitamos creer?

¿Por qué el ser humano necesita imaginar que después de la muerte hay una continuidad? Un cielo, un infierno, una reencarnación, una energía que vuelve, una luz, un tribunal, una madre esperando, un padre perdonando, un Dios acomodando las injusticias que la vida dejó abiertas.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la hipótesis a secas de que uno se muere y se termina todo?

Una médica con la que salí algunos años decía eso, con la frialdad limpia de quien ha visto demasiados cuerpos apagarse: te morís y te morís. Chau. No hay más nada.

Lo decía sin ceremonia, sin velas, sin poesía, sin consuelo metafísico. Como quien apaga una luz y no espera que la habitación siga iluminada por respeto a nuestras ilusiones. El corazón se detiene. El cerebro deja de emitir. La boca que hablaba queda muda. Una vida entera se interrumpe. Y punto. No hay más nada. La vi a mi madre apagarse, su última respiración, su mano enfriándose lentamente en mi mano, y nada, al cabo de un rato nada.

Pero hay otros dolores donde la promesa de volver no consuela. Hay personas que no imaginan la muerte como puerta, sino como apagón. No quieren reencarnar, no quieren otra vuelta, no quieren otra lección cósmica. Quieren que el ruido termine. Y eso obliga a mirar la creencia desde otro lugar: no todos sueñan con continuar; algunos apenas desean descansar, porque a veces el alma, si existe, solo pide silencio. Pero en su gran mayoría, el ser humano no soporta bien ese punto. No soporta el “chau”. No soporta que una vida entera —los amores, los hijos, las pérdidas, las traiciones, los cuerpos, las camas, las humillaciones, los domingos, los hospitales, los besos que no volvieron— pueda terminar en una interrupción biológica. Nos parece demasiado poco. Demasiado seco. Demasiado injusto. El vacío nos parece una grosería.

 

II. Creer como forma de no soltar

Entonces inventamos la continuidad. No siempre porque sepamos algo. A veces porque no soportamos no saber. A veces porque el miedo necesita una arquitectura. A veces porque el amor no acepta que aquello que amó desaparezca del todo. Creer es, muchas veces, una forma elegante de no soltar. Una rebelión contra la nada. Esa famosa nada increpada por tantos filósofos. Una escupida humana contra la biología.

La creencia nace generalmente del miedo, pero también del amor. Creemos porque no queremos que desaparezca del todo aquello que amamos. Creemos porque necesitamos que la muerte no tenga la última palabra. Pero también hay otra cara: donde hay miedo a la muerte, aparece alguien vendiendo consuelo. Religiones, gurúes, sacerdotes, doctrinas, promesas, salvaciones. La muerte es el gran mercado simbólico de la humanidad. Todos compramos algo ahí, aunque sea una frase. Sería demasiado fácil burlarse del creyente. El creyente no siempre es un ingenuo. A veces es alguien que perdió demasiado y necesita que el mundo no sea solamente una carnicería con flores. Y el ateo tampoco queda limpio. A veces no cree en Dios, pero cree en la ciencia como dogma, en el dinero, en el cuerpo, en la fama, en la ideología, en la razón, en el poder o en la imagen de sí mismo.

Quizá todos creemos. La diferencia está en qué altar usamos para arrodillarnos.

 

III. Gilgamesh: la muerte como espejo

Cuando empecé a estudiar filosofía, me enamoré de los antiguos. Es más: en una clase le dije al profesor que todo nacía de las mismas preguntas, y casi me rajó de la clase. Recuerdo muy bien su rostro, ojos abiertos, como si hubiera visto al mismísimo demonio, su mano derecha negando, y su voz diciendo, nooooooo. Él no entendió. O tal vez entendió demasiado tarde, en fin, es un atributo de muchos educadores no abrirse al debate. Pero antes de Parménides, antes de que la filosofía griega clavara su cuchillo sobre el ser y la nada, ya había una escena más antigua, más humana, más desnuda: Gilgamesh mirando la muerte de Enkidu.

El rey poderoso, el héroe, el constructor de murallas, el hombre que parecía estar por encima de los demás, ve morir a su amigo. Y en esa muerte descubre algo que ningún palacio podía ocultarle: él también era finito. La muerte del otro le revela su propia muerte. Ahí nace una de las primeras grandes preguntas de la humanidad. No en una academia. No en un templo ordenado. No en un sistema filosófico. Nace frente al cuerpo amado que ya no responde.

Gilgamesh no pregunta por la muerte como concepto. Ve los gusanos salir por su nariz. La huele. La toca. Ve que Enkidu, su semejante, su compañero, su doble salvaje, cae en aquello que ningún rey puede sobornar. Y entonces entiende: si Enkidu muere, yo también voy a morir.

Ésa es la fatalidad. La muerte deja de ser destino de los otros y se convierte en espejo.

Desde ahí sale a buscar la inmortalidad. No por sabiduría, sino por espanto. No porque haya entendido el misterio, sino porque no soporta que el misterio termine en podredumbre. Por eso Gilgamesh debe aparecer antes que Parménides en este ensayo. Porque Parménides pensará que el ser es y que el no-ser no es. Pero Gilgamesh, siglos antes, ya había sentido el golpe: algo que era, alguien que hablaba, alguien que amaba, alguien que caminaba a su lado, de pronto ya no estaba. Y esa ausencia abrió una herida que todavía no cerramos.

Tal vez toda religión, toda filosofía y todo arte nazcan ahí: en el instante en que un hombre mira morir a otro y entiende que la muerte no es una teoría, sino una cita personal.

 

IV. Parménides: el ser contra la nada

Antes de preguntar qué hay después de Dios, quizá habría que hacer una pregunta más antigua y seca: ¿qué significa que algo sea?

Varios siglos después de Gilgamesh, y antes del cristianismo, del catecismo y del Dios occidental sentado al fondo de nuestra imaginación, hubo hombres mirando el mundo sin manual único, sin sistema cerrado, sin respuesta prefabricada para la tormenta. Miraban el fuego, el agua, la tierra, el cielo, el nacimiento, la muerte. Y se preguntaban. Tenían algo más incómodo que una respuesta: tenían asombro. Y el asombro, cuando no se vuelve obediencia, se vuelve pensamiento.

Ahí aparecen los antiguos. Los primeros filósofos. Los presocráticos. Tipos que se pararon frente al mundo como quien se para frente a un animal desconocido y dijeron: esto tiene que tener una raíz, un principio, una ley secreta, una música escondida.

Parménides vio el ser. Y lo dijo como quien clava una estaca en el pecho de la realidad: el ser es; el no-ser no es. Parece una frase simple, casi una obviedad. Pero no lo es. Es una granada enterrada bajo toda la historia del pensamiento. Si el ser es, la nada no puede ser pensada. Porque pensar la nada ya sería darle algún tipo de ser. Nombrarla ya sería arrastrarla al territorio de lo existente. Entonces, ¿qué hacemos con la muerte? ¿Qué hacemos con esa palabra negra que parece señalar la desaparición absoluta?

Si Parménides tiene razón, quizá nada desaparece del todo. Quizá lo que llamamos morir no es caer en la nada, sino cambiar de modo dentro del ser. El cuerpo se descompone, sí. La conciencia se apaga, quizás. La voz deja de emitir. Pero la materia vuelve a la materia. El calor se dispersa. La carne entra en otra economía del mundo.

Nada se pierde en un agujero metafísico. Todo sigue siendo. Pero el problema humano no es la materia. El problema humano es el yo.

 

V. El problema no son los átomos: es el yo

No nos preocupa demasiado que nuestros átomos sigan girando en la tierra. Nos preocupa no estar ahí para decir “yo”. Nos preocupa que se apague esa pequeña dictadura íntima que llamamos conciencia. Nos preocupa que el universo continúe sin pedirnos permiso.

Ahí empieza la necesidad de creer.

Porque una cosa es aceptar que la materia continúa. Otra cosa es aceptar que Marcelo, Juan, Pedro, María, el hijo, la madre, el amante, el enemigo, el cuerpo deseado, el cuerpo perdido, no continúen como conciencia reconocible.

El ser puede seguir. Pero el yo tal vez no. Y ése es el escándalo.

Por eso tal vez inventamos el alma. No solamente para explicar la vida. También para salvar el yo. Para que algo de nosotros no sea tragado por la boca muda del tiempo. Porque si nos dijeran “tranquilo, tus moléculas seguirán existiendo”, nadie se consuela demasiado. Ningún hijo llora menos porque le expliquen que su padre se transformó en carbono, calcio y fósforo. Ninguna mujer abraza una urna pensando: “bueno, al menos la materia conserva su dignidad ontológica”. Los que estudiamos física sabemos que la energía no se pierde, se transforma. Aunque esta ley de termodinámica la conocen hasta los nenes de primer grado, ¿o no?

La filosofía puede entenderlo. El dolor no. El dolor necesita otra cosa: regreso, presencia, señal, memoria, promesa.

Entonces aparece Dios como respuesta al desgarramiento. Dios como continuidad garantizada. Dios como escribano de las pérdidas. Dios como alguien que no deja que el mundo sea solamente una maquinaria de nacimientos y descomposiciones.

 

VI. Heráclito: somos río, no estatua

Heráclito habría desconfiado de esa necesidad de congelar la existencia. Para él, todo fluye. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Ni el río es el mismo. Ni uno es el mismo.

Ahí la muerte no aparece como corte, sino como parte del movimiento. La vida no sería una estatua que un día se rompe, sino una corriente que nunca estuvo quieta. Morimos mientras vivimos. Cambiamos de piel, de ideas, de amores, de enemigos, de cuerpos, de máscaras. El niño muere en el adolescente. El adolescente muere en el hombre. El hombre muere en el viejo. El viejo muere antes de morir. Entonces, ¿cuál de todos esos yoes queremos salvar?

¿El de los veinte años? ¿El de los excesos? ¿El del padre? ¿El del amante? ¿El del artista? ¿El del enfermo? ¿El del que creyó? ¿El del que dejó de creer?

La promesa religiosa muchas veces imagina una continuidad limpia, como si hubiera un “yo verdadero” esperando intacto detrás de toda la mugre del tiempo. Pero Heráclito nos escupe otra cosa: no hay quietud. No hay identidad inmóvil. Somos incendio, no monumento.

Y, sin embargo, necesitamos creer que algo permanece. Ahí Parménides y Heráclito se pelean dentro de nosotros. Uno dice: el ser permanece. El otro dice: todo cambia. Y nosotros, pobres animales metafísicos, queremos las dos cosas al mismo tiempo. Queremos cambiar, pero no desaparecer. Queremos vivir muchas vidas, pero seguir siendo el mismo que las cuenta. Queremos que el tiempo pase, pero que no nos destruya. Queremos el río y queremos la piedra.

 

VI bis. Heidegger: no somos dueños del río

Muchos siglos después, Heidegger volvería a mirar hacia esos antiguos como quien sospecha que la filosofía moderna, entre tanta clasificación, sistema y academia, se olvidó de la pregunta esencial. No le interesaba Heráclito como frase de manual —“todo fluye”—, sino como alguien que todavía pensaba el ser antes de que el ser se convirtiera en concepto seco, objeto de estudio o cadáver universitario.

Para Heidegger, el ser no está simplemente ahí, quieto, disponible, esperando que alguien lo defina. El ser acontece. Se muestra y se oculta. Aparece y se retira. No es una estatua puesta en una plaza metafísica. Es apertura, intemperie, desnudo. En ese punto, Heráclito vuelve a respirar: no hay mundo inmóvil, no hay hombre fijo, no hay verdad que se deje atrapar sin perder algo en el intento. Si Heráclito nos dice que somos río y no estatua, Heidegger podría agregar que ni siquiera somos dueños de ese río. Estamos arrojados en él. Venimos a un mundo que no elegimos, hablamos una lengua que nos precede, heredamos muertos, dioses, miedos, palabras, culpas, promesas. Y en medio de esa corriente intentamos entender qué significa ser. Por eso la muerte, en Heidegger, no es solamente un hecho biológico al final del camino. Es una estructura de la existencia. El hombre no muere solo cuando se apaga el cuerpo: vive sabiendo que va hacia su muerte. Es un ser-para-la-muerte. Y ese saber puede hundirlo en la distracción, en la masa, en la obediencia, en el ruido, o puede despertarlo brutalmente.

Ahí volvemos a nuestra pregunta. Si somos seres arrojados al mundo y caminando hacia la muerte, ¿qué hacemos con esta vida antes de que se cierre? ¿La vivimos despiertos o la anestesiamos con creencias heredadas? ¿Pensamos el ser o repetimos doctrinas para no mirar el vacío? Porque tal vez la verdadera tragedia no sea morir, sino haber vivido sin preguntarnos nunca qué significaba estar vivos.

 

VII. Anaximandro, Empédocles y Demócrito: misterio, amor, odio, átomos

Anaximandro imaginó el ápeiron: lo indefinido, lo ilimitado, aquello de donde todo nace y adonde todo vuelve. No un Dios con barba. No un juez. No un padre. No un policía celestial. Sino un fondo indeterminado, una especie de matriz oscura de donde emergen las cosas y hacia donde regresan.

Eso también toca nuestra pregunta. Porque quizá el problema no sea si hay cielo o infierno, sino si soportamos venir de algo que no nos conoce y volver a algo que no nos espera. Venir del misterio. Volver al misterio. Sin aplausos. Sin explicación personalizada. Sin recepción familiar en una nube.

Ahí el humano se desespera. Porque quiere que el universo tenga rostro. Quiere que alguien lo haya pensado. Quiere que su dolor no sea un accidente. Quiere que su madre muerta esté en algún lugar. Quiere que el hijo perdido no haya sido devorado por un absurdo químico. Quiere que el amor tenga domicilio después del cuerpo.

No queremos universo. Queremos casa. No queremos eternidad abstracta. Queremos reencuentro. No queremos ápeiron. Queremos abrazo.

Empédocles, en cambio, pensó el mundo movido por fuerzas de amor y odio: unión y separación, atracción y ruptura. La vida humana también parece hecha de esas dos fuerzas. Amamos para unir lo que el tiempo separa. Odiamos para separarnos de aquello que nos amenaza. Construimos familias, obras, libros, templos, fotografías, hijos, recuerdos, como si pudiéramos levantar pequeñas murallas contra la disolución. Entonces creemos. Creemos para que el amor no sea solamente una combustión pasajera. Creemos porque necesitamos que haya algo más fuerte que la separación.

"Y si el amor y el odio no bastan para sostener el andamiaje, vienen los atomistas a desarmar el teatro: todo son átomos y vacío." Demócrito y Leucipo, con una mirada casi despiadada: todo son átomos y vacío. Átomos moviéndose, combinándose, separándose, sin finalidad moral, sin premio, sin castigo, sin gran teatro espiritual. Si uno lleva esa mirada hasta el extremo, la muerte no es tragedia cósmica. Es reorganización material. El cuerpo se desarma. La conciencia, si depende del cuerpo, se extingue. No hay drama universal. Hay proceso.

Pero el hombre no es un átomo pensando átomos con tranquilidad. El hombre es un animal que sabe que va a morir. Ésa es su condena y su grandeza.

 

VIII. El más allá como consuelo

El más allá aparece entonces como defensa contra el escándalo de la desaparición. La reencarnación como segunda oportunidad. El cielo como reparación. El infierno como justicia aplazada. El alma como resistencia contra la carne que se pudre.

Tal vez Dios sea el nombre que le dimos a esa necesidad de permanencia. Tal vez Dios sea la forma humana de decir: “no quiero que todo se disuelva”. Pero quizá la pregunta no sea si todo eso es verdad. Quizá la pregunta sea: ¿qué hacemos con esta vida si no hay garantía de otra?

Porque si no hay más allá, este mundo pesa demasiado. Si no hay recompensa futura, cada cobardía queda acá. Si no hay castigo divino, la justicia depende de nosotros. Si no hay reencarnación, esta vida no es ensayo general: es función única.

Y entonces vivir se vuelve insoportablemente serio. No solemne. Serio. Serio como un cuerpo amado. Serio como un hijo. Serio como una injusticia. Serio como una palabra dicha tarde.

 

IX. La reencarnación como deuda y coartada

También hay otra forma de creer que merece ser interrogada: la creencia como deuda.

No solamente creer que después de la muerte nos espera una luz, un padre, una madre, un reencuentro, una justicia final o una reencarnación amable. También creer que esta vida es una especie de cuota impaga de vidas anteriores, una condena heredada, un trámite espiritual donde venimos a pagar errores que no recordamos, culpas que no cometimos o miserias que alguien, en algún lugar intangible, decidió cargarnos encima. Ahí la creencia deja de ser consuelo y empieza a parecerse a una contabilidad metafísica.

Uno ya no vive: paga.

Paga por sus ancestros. Paga por karmas familiares. Paga por errores de otra vida. Paga por pecados de sangre. Paga por una genealogía que no eligió. O miserias que alguien decidió cargarnos encima. Incluso el catolicismo nos hace nacer debiendo: pagamos por el pecado original antes de aprender a hablar. “. Y entonces aparece una trampa peligrosa: justificar la propia miseria en nombre de una deuda invisible.

“Me pasa esto porque mis antepasados hicieron aquello.” “Estoy así porque arrastro una carga familiar.” “No puedo avanzar porque mi árbol genealógico está torcido.” “Vengo a sanar lo que otros rompieron.”

Puede haber algo interesante en mirar la historia familiar. Nadie nace en el vacío. Uno viene de un linaje, de una casa, de una pobreza, de una violencia, de una cultura, de una herida. Eso es real. Eso pesa. Eso condiciona.

Pero una cosa es reconocer de dónde venimos. Y otra muy distinta es usar a los muertos como excusa para no tomar el toro por las astas de la propia vida. Ahí empieza el acto cobarde.

Porque muchas veces esos ancestros a los que hoy se les cargan todas las culpas fueron tipos y mujeres que se rompieron el trasero para llegar hasta donde llegaron. Gente que no tenía terapia, ni gurúes, ni retiros espirituales, ni frases impresas en tazas de desayuno. Tenían hambre, hijos, tierra, laburo, guerra, enfermedad, intemperie. Hicieron lo que pudieron con lo que tenían.

Y nosotros, hijos tardíos del confort y la queja ilustrada, a veces usamos sus sombras para explicar nuestra cobardía, mientras usamos su herencia monetaria.

Es cómodo decir: “cargo con una deuda ancestral”. Es más incómodo decir: “no estoy haciendo lo que tengo que hacer”. Es cómodo decir: “mi karma me bloquea”. Es más incómodo decir: “tengo miedo”. Es cómodo decir: “mis antepasados me condicionan”. Es más incómodo decir: “me acostumbré a vivir de excusas”. La espiritualidad, cuando no se piensa, puede convertirse en una oficina elegante —y a la vez miserable— de evasión personal. Una gestoría del fracaso. Una burocracia del alma.

Ahí el más allá ya no es solo promesa. Es coartada. Es justificación. Es el lugar invisible donde depositamos aquello que no queremos resolver en la tierra.

 

X. El negocio de la muerte: Egipto, Grecia y el peaje del alma

Y esto no es nuevo. El negocio de la muerte viene de lejos.

Los antiguos ya sabían que el miedo al más allá organizaba ritos, objetos, pagos, jerarquías y ceremonias. En Grecia, el muerto podía ser enterrado con una moneda: el óbolo para Caronte, el barquero que debía cruzar al alma hacia el mundo de los muertos. Hasta para morir había que pagar pasaje. Ni el Hades se salvaba de la ventanilla.

La imagen es tremenda: un cuerpo muerto, una moneda, un cruce, un barquero, un peaje entre este mundo y el otro. Como si el alma también necesitara efectivo. Si el mito hubiera sobrevivido en una oficina moderna, seguramente alguien habría intentado pagarle a Caronte con débito.

En Egipto, la muerte fue una arquitectura descomunal. Tumbas, papiros, fórmulas, objetos, alimentos, amuletos, máscaras, cuerpos preservados, órganos guardados, escrituras para guiar al difunto por el territorio peligroso del más allá. No era solamente fe. Era sistema. Era técnica. Era rito. Era economía. Era poder organizado alrededor de la promesa de continuidad.

La muerte siempre generó industria.

Antes fueron sarcófagos, sacerdotes, escribas, monedas, papiros, templos, ofrendas.

Hoy pueden ser iglesias, gurúes, cursos de sanación, constelaciones mal entendidas, promesas de abundancia, limpiezas energéticas, viajes astrales, regresiones, paquetes espirituales, retiros del alma con tarjeta en doce cuotas.

Cambian los decorados. El miedo sigue siendo el mismo. Y el mercado también. Porque donde el hombre teme desaparecer, alguien aparece para venderle una puerta. Donde el hombre no soporta la culpa, alguien le vende una explicación. Donde el hombre no quiere hacerse cargo, alguien le ofrece una causa anterior, invisible, remota, imposible de verificar.

“Esto no es tuyo”, le dicen. “Esto viene de antes.” “Esto lo cargás por tu linaje.” “Esto lo trajo tu alma.”

Y tal vez a veces algo de eso sirva como metáfora. Pero cuando la metáfora se vuelve destino, estamos perdidos.

Porque entonces nadie responde por nada. El asesino fue víctima de su árbol. El cobarde vino a sanar una vida pasada. El mediocre está pagando un karma. El miserable no eligió nada: fue elegido por una deuda cósmica.

Así el mundo se llena de inocentes metafísicos. Todos explicados. Todos condicionados. Todos endeudados. Nadie responsable por lo que hizo el cosmos con ellos.

Pero el consuelo, cuando se organiza, deja de ser refugio y empieza a parecerse al poder.

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