Policiales

Policía rafaelino "recibía drogas en pago de coimas"

Crédito: INTERNET

En la cordobesa ciudad de San Francisco el miércoles 2 de septiembre comenzará la segunda audiencia del juicio al expolicía rafaelino Alejandro Lovera por lo ocurrido el 18 de agosto de 2017, jornada en la que perdió la vida Yuliana Chevailer.

Al respecto recientemente se publicó que la historia que culminó con la muerte de la joven no comenzó ese día, en la casa que compartía en San Francisco con Alejandro Lovera. Había empezado ocho meses antes, cuando Yuliana conoció a Lovera en circunstancias de extrema vulnerabilidad: acababa de denunciar un abuso sexual. El era mayor que ella y, además, integrante de la Policía de Santa Fe.

A comienzos de ese año Yuliana llegó a su casa y les contó a las mujeres de su familia que un hombre de Frontera había abusado sexualmente de ella. La denuncia por ese hecho, nueve años después, continúa sin una resolución. Yuliana fue entonces a la Comisaría 6ª de esa ciudad para denunciarlo. Allí vio por primera vez a quien, meses después, quedaría en el centro de la investigación por su muerte: Lovera fue asignado para acompañarla hasta un hospital de la provincia de Córdoba, donde debía realizarse los controles médicos de rigor después de una denuncia por abuso sexual.

Pero aquella primera intervención policial no terminó cuando Yuliana regresó a su casa. Según relató Teresita, su abuela, después de que el móvil policial la dejara nuevamente con su familia, Lovera volvió esa misma noche. Y volvió una vez, y otra, hasta llegar cinco veces a la vivienda, sin una explicación clara y con la intención de hablar nuevamente con Yuliana.

Yuliana conoció a Lovera en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida: acababa de denunciar un abuso sexual. El era un hombre mayor y, además, policía, encargado de asistirla en ese procedimiento. Esa desigualdad de edad, poder y posición institucional será un dato clave para entender la relación que comenzó aquella noche.

En apenas dos meses, la relación pasó de los regalos y los viajes a un vínculo atravesado por el control. Lovera vinculó el whatsapp de Yuliana a su computadora, controlaba los kilómetros de su moto, la seguía para saber adónde iba y, durante las discusiones, llegó a ponerse el arma en la cabeza y amenazar con matarse si ella lo dejaba, según relató su prima y mejor amiga.

Pablo, amigo de Yuliana, contó que Lovera fue una vez a la pensión donde él vivía. Llegó vestido de policía, armado y en un móvil, acompañado por Yuliana, y comenzaron a consumir drogas. Pablo salió a comprar cerveza y, cuando regresó, encontró a Lovera sujetándola del cuello sobre una cama mientras le reclamaba, en voz baja, por qué miraba tanto a su amigo. En otra oportunidad, ya en la casa que Yuliana compartía con Lovera, volvieron a discutir por celos y Pablo escuchó un golpe contra la pared. Yuliana estaba detrás de la puerta y Lovera no le permitió entrar.

Las drogas también quedaron incorporadas a la dinámica de la pareja. Según relató la prima de Yuliana, Lovera llegaba a la casa en patrullero y vestido de policía para consumir y mandaba a Yuliana a buscar drogas. Esas drogas, según el testimonio, eran entregadas como pago de las coimas que Lovera recibía en su actividad policial. Pablo también sostuvo que, a partir de ese vínculo, Yuliana comenzó a consumir cada vez más y a alejarse de su entorno.

Luis, el padre del hijo de Yuliana, contó que muchas veces no podía comunicarse con ella porque Lovera le quitaba el teléfono. Incluso llegó a comprarle otro celular para poder hablar directamente con ella y preguntarle por su hijo. Cuando tampoco pudo hacerlo por esa vía, terminó recurriendo a la abuela o a la tía de Yuliana para poder comunicarse con ellas y saber del niño.

En una ocasión Yuliana y su prima fueron hasta Freyre a buscar al hijo de ella. Al regresar, Lovera comenzó a discutir con Yuliana por los celos y, cuando ella intentaba salir, le dio una cachetada. La agresión terminó en una denuncia que, según relató la familia, el propio Lovera la llevó a levantar. Días después, fue trasladado a Esmeralda.

El traslado no significó el final del control. Según contó su prima, Lovera viajaba desde Esmeralda hasta San Francisco para comprobar que Yuliana estuviera allí y continuaba controlando sus movimientos. La abuela, además, relató que recibió amenazas de muerte y que Lovera llegó a decirle que no le pasaría nada porque tenía “agarrados de las bolas” a sus superiores. Para la familia, denunciarlo no significaba solamente enfrentarse a un hombre violento, sino también a alguien que hacía valer su condición de policía y sus vínculos dentro de la fuerza.

Tres días antes de su muerte, Luis, amigo de Yuliana, la encontró deprimida y muy asustada. Ella le contó que Lovera le había sacado nuevamente el celular y que utilizaba a amigos hackers para desbloquearlo y controlarla, como ya había hecho con otro teléfono. También le dijo que él la amenazaba para que no lo dejara. “No sabés lo que es”, le dijo. Yuliana tenía miedo de que Lovera la matara.

El juicio no está reconstruyendo solamente lo ocurrido el 18 de agosto hace 9 años. También permitió mirar hacia atrás y reconocer las señales que habían aparecido mucho antes: el control, el aislamiento, las amenazas, la violencia y el abuso de una posición de poder.

Fuente: Me lo dijo Pérez

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