Por Hugo Borgna
"ay hombre de mi buena suerte – con olor de duraznos rondando por el cuello – hombre de buenaventura – ese tu olor se me pega como casquete de flores – hojita de menta – olor a luna encallada entre los dientes – olor a besos que se arrastra hacia el norte en llamas – olor a lumbre – olor a pasos cercanos a mi puerta - olor tan huérfano de caricias malhalladas – ay hombre de mi buena suerte – he extrañado ese olor tuyo – aún antes de saberlo así cercano” (Patricia Severin, “hombre de mi buena suerte”).
Hay quienes dicen que la poesía es “nada más” que una prosa acomodada en versos, saltos de alguna manera caprichosa, unos sobre otros. No es verdad.
En la poesía el énfasis está en diferentes lugares, tratando de llamar la atención. Esa palabra, importante en contenido, se hace oir, sola, sin el oleaje que produce la prosa en una idea expresiva. La poesía no se perfecciona mediante un orden horizontal preestablecido: reclama mediante la grafía separada la libertad absoluta.
“Cavas en mi carne – y metes un delirio de saliva – artillerías de fraguas mete. – Mi boca abismo de locura – como una granada – te estremece los dientes – y doblo en cuatro – tu ternura que va y viene – con vereditas de péndulo – Cuando la ausencia – se hace dura – tan dura como una cáscara – clava taladros – y puntas de lápices por mis lágrimas – Nuestro amor – no se aloja en Alcatraz – ni consume píldoras para la salud – ni expande ojitos de buitres – en el lugar de las alianzas – Y cavas – cavas en mi carne – y cuelgas un Caribe con vueltas de manzana – por mis respiros de fogata – Ay esposo – hombre más adentro de mi blusa – pon una inyección - de tapiales en las puertas - y asfixia las ventanas – con la risa a dúo de mi seno. – Y cava – cava en mi carne – por los siglos de los siglos – y con alevosía premeditada” (Adriana Díaz Crosta, “Cavas en mi carne”)
“Amor en mano y cien hombres volando “ es la obra en forma de libro que materializó (es una forma de decir) poesías en 108 páginas, en la que apoyaron su pertenencia al idioma tres autoras fundamentales de nuestra región geográfica. Adriana Dìaz Crosta (de la cual en la presentación dice que para tener una mejor lectura se debe jugar en línea recta y tomar la (mano única) del corazón. de Patricia Severín se detalla que “si le dicen que es una princesa, no le crean: solamente se parece. Por su parte, los datos personales de Graciela Geller son: de profesión mujer, luego escritora, luego también madre”
Que no puedo – que ellos mienten – que me han dejado finita la nostalgia – que los sonidos del amor están ausentes - No insistas – caerán (¡otra vez!) las lluvias quietas – miradas – palabras – sonrisas – y algún semen movedizo sacando lustre a mi savia – Después será el dolor de entre casa – Hiroshima y Nagasaki – no – Yo se qué si me permito – germinarán mis fuegos como topos subterráneos. Crecerá césped entre mis piernas. Y jugaré a estar contenida en el espejismo de un pecho. – No me digas que esta vez será distinto – soy yo quien te lo pide ahora - Te lo ruego – te lo ordeno – te lo exijo - ¡que te aquietes! – por favor, que te aquietes – cuerpo mío. (Graciela Geller, “Te he dicho que no”)
La fantasía y encuentros con la realidad de estas autoras están en Amor en mano y cien hombres volando. La palpitación vive y salta, juega a presentar su naturaleza su propia visión interior.La poesía, toda la sensación que se oculta para -luego de haberse decidido a exponer su cuerpo literario- aquí aguardan que un viento liberador agite sus páginas como alas.
Que una o más manos, dando el ejemplo, empiecen abriendo las jaulas.