Notas de Opinión

Agulla, Maronna y aquella larga noche santafesina

Por Coni Cherep

Murió Ramiro Agulla. Nunca lo vi personalmente, pero fue parte de mi noche personal y profesional más larga. La noticia de su partida, coincide con el séptimo aniversario del comienzo de aquel proceso, y con el quinto de un breve tiempo compartido con Mauricio Maronna, que también se fue temprano, demasiado. Recordando aquellos días ( pero especialmente esas noches) volvieron imágenes de un tiempo demasiado duro, del que no guardo rencores. Pero mucha memoria.

No sé cual fue el día en que todo se desmoronó, pero así lo recuerdo: Una información caliente me llega a las manos, en pleno proceso electoral santafesino. La información, el audio de un narco pidiendo auxilio, comprometía seriamente a uno de los candidatos a la gobernación de la provincia. La decisión de hacerlo público, primero me costó perder un trabajo en una radio. Después, la salida de un programa de TV. Finalmente, el tránsito por una soledad profesional muy profunda. Pero de la que resurgen imágenes y recuerdos divertidos y entrañables.

En aquellas noches, que siempre recuerdo como una sola y eterna noche, Mauricio Maronna y yo nos hicimos algo así como amigos. Coincidimos en un viaje a Buenos Aires, nos divertimos en Puerto Madero. Nos reconocimos en gustos musicales y literarios. El estaba terminando su libro, muy entusiasmado. Y durante las noches de aquel confuso 2021 de postpandemia y marginalidad política, compartimos nuestro desprecio por las políticas de Marcelo Saín y Omar Perotti, hablando (literalmente) varias horas por teléfono, durante las madrugadas.

La muerte de Ramiro Agulla me lo recuerda. En una de esas largas charlas, Mauricio me preguntó si lo conocía. Le dije lo obvio: sé quién es, pero no lo conozco. «Bueno, te quiere conocer». La historia era bastante simple: Agulla le había hecho la campaña a Omar Perotti. Aquella tan exitosa de «La Paz y el Orden». Pero no la había cobrado. O al menos no le habían cumplido con lo acordado en la campaña. Entonces yo, era una de los pocos que me animaba a hablar de Perotti, de Saín y de sus entuertos, sin ningún rodeo. También Maronna.

Y no sé si al rato, o al otro día, Agulla empezó a seguirme en Twitter. Y yo a él. Y una noche, Maronna invitó a un chat entre los tres, que terminó a carcajadas. Lo recuerdo como un respiro, en medio de una opresión general. Agulla contaba anécdotas muy graciosas sobre políticos, Maronna sabía sacárselas. Yo apenas escuchaba. En aquellos dos o tres «encuentros», Ramiro Agulla habló de sus excesos, de sus noches, del patetismo de muchos políticos aferrados a sus ideas y consejos. Ahora que lo pienso, los dos hablaban parecido. Tenían ese cinismo Diogeniano, que evidenciaba un brillo, que muchos confundían con soberbia . Ambos sabían reírse de los demás, porque primero se burlaban de si mismos.

El anecdotario sobre los protagonistas políticos santafesinos y cordobeses, fue el eje de aquellas pocas charlas. Es una pena que ya no esté ninguno de los dos y que se hayan llevado con ellos, el grueso de aquel desfile de incapaces detrás de cámaras.

Al final de 2021, todo se acabó. La noche se agudizó con la enorme pena de la muerte de Miguel Lifschitz, y le siguió la repentina e inoportuna partida de Mauricio Maronna. A los pocos días , Agulla tuvo un accidente bastante grave de auto. Y nunca más volvimos a hablarnos.

Aquellos recuerdos de Maronna y Agulla, me devolvieron a esos tiempos en los que estuvimos en la intemperie laboral. Me acuerdo del auto con policías de civiles vigilándome en la puerta del departamento que ocupaba y de los policias «amigos», que me iban avisando el «cambio de guardia». Me acuerdo de algunos colegas- que siempre saben acomodarse con los gobiernos de turno- bromeando con Marcelo Saín, al aire, en la radio, acusándonos de «Cocainómanos y financiados por los narcos», a Maronna y a mi.

Me acuerdo de las desmentidas a mis informaciones en todos los medios, sin la delicadeza de publicar lo que estaban desmintiendo. Me acuerdo del silencio cómplice del sindicato de prensa, que elegía hacer planes inmobiliarios con la gestión Perotti. Me acuerdo del romance con la «linea progre» del Ministro de Seguridad, y el festival de sobres que gerenciaba y que finalmente todos conocimos en la todavía infinita causa de «Espionaje».

Con humor, me acuerdo del propio Saín colaborando conmigo y confirmando en Radio Nacional, un domingo por la mañana, que «si, que Perotti ya se vacunó». Y de la furia del gobernador que al final, NUNCA ME DENUNCIÓ por mis afirmaciones sobre sus familiares y la presunta vacunación privilegiada. Eso si: se auto denunció y una fiscal- pariente de un dirigente del sindicato de Prensa- le cerró la causa, sin siquiera citarme a declarar.

Ya no quedan olores de aquellas noches. Con el tiempo, todo se fue acomodando. En algún momento pedí tregua con la soledad, le puse foco al trabajo en REC, y sin darme cuenta, terminé armando un espacio que me quitó las sensaciones de marginalidad.

Es probable que en aquellos días, y especialmente en esas largas noches, haya aprendido del oficio , de la política y de la vida, mucho más de lo que había aprendido hasta entonces.

Aquello me hizo perder el último fragmento de candidez. Desde entonces, no hay buenos y malos para mi. Miro a la política con la frialdad que merece. Me causan gracia los dirigentes que después de hacer lo imposible para evitar que algunos llegaran al poder, terminan rodeándolos como perros falderos, incondicionales.

Muchos creen que nos olvidamos. Pero no, sólo lo disimulamos.

Los pactos, los silencios, los indultos a los colegas que colaboraron con Sain, la indignidad de quienes fingen demencia y la inmoralidad de aquellos que se ofenden con las actuales políticas provinciales, pero se callaban con el sembraderío de muertos en Santa Fe y Rosario durante aquellos cuatro años, ya no me asombran.

No guardo ningún rencor, pero estas cosas – como la muerte de Agulla- me advierten que la memoria, sigue intacta. No sólo para pensar el pasado, sino para agitarlo en el futuro. Si hiciera falta.

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