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Al maestro Mario, con toda la memoria

Hace algunos días, un docente universitario me contaba que había interrogado a uno de sus estudiantes acerca del domicilio que ocupaba. El joven no dudó un instante en responder, claro e indubitable. Vivía en la calle 3 de Febrero. Pero su seguridad se esfumó cuando el catedrático le preguntó si sabía el motivo por el cual esa arteria se denominaba así. La respuesta (en realidad, la falta) dejó en claro tantas cosas que no vale la pena repetirla más que lo necesario: “No.”.
En reciente tenida gastronómica, un grupo de discípulos del gran Mario Verdú intentaba debatir acerca de la huella dejada por el personaje nacido en 1931 y fallecido en 1993 mientras se desempeñaba como diputado nacional.
Maestro normal, abogado, lector insaciable y docente de alma, corazón y vida, el citado marcó un rumbo en cada ámbito en que estuvo, desde sus inicios como educador en el monte del norte santafesino como en el Congreso donde se le terminó el mandato vital.
Ahora bien, ¿queda una marca?, ¿una huella?, se preguntaba uno de sus más notorios discípulos ante los reunidos, a lo que otro (de similares virtudes), sostenía que sí, que era una acción de tiempo que estaba firme y que se lo recordaba, aunque no dejaba de soslayar que hay un juez inapelable que se llama tiempo. Y que ese dispone de todo y de todos.
Quien esto escribe, caudillo de los menos lúcidos por decisión propia y ejercicio constante, sostiene que los pasos de los hombres y mujeres se pierden más allá de los cementos y los bronces.
Mario Verdú, cuyas cenizas están depositadas en el panteón familiar de los Peretti en el cementerio municipal (hay que recordar que la mamá de MV era hermana de Francisco Peretti y que Luis Alberto es quien tiene a su cargo el sitio), y un cenotafio propiciado por el Partido Demócrata Progresista lo evoca en el sector de los homenajes. De todos modos, el mejor de los recuerdos está vivo, palpita y vive en el alma de la familia Verdú: el Colegio 25 de Mayo.
Pero estas verdades, a las que adhiero, no me dejaron conforme. Y a la mañana siguiente me fui al sitio donde nace la calle que lo menciona. El cartel indicador expresa “Prof. Mario Verdú”, corre de norte a sur, y se ubica en un sector muy nuevo, en lo que fuera alguna vez el hipódromo de Rafaela. La vía corta al medio la vieja cancha de turf (pista, para los profanos) y convive con las ruinas de lo que fuera la gloriosa torre del comisariato y la tribuna.
Ambas construcciones parecen esperar el pico, al igual que el viejo comedor del cual sólo quedan algunas huellas de mosaicos. Si uno hace un esfuerzo hasta puede escuchar el bufar de los pingos o el grito de los burreros que, dicen, aún concurren al lugar en busca del milagro que ya nunca ocurrirá.
Antes, pasé por la calle “M. Verdú”, que evoca a don Modesto (padre de Mario), que nace en el barrio Belgrano y se extiende hasta el límite de la ciudad, en el llamado Paseo del este. Allí me encontré con la calle “Prof. Amílcar Torre”, alguien cuya modestia y humildad no le hubiese permitido consentir la evocación, pero bueno. Que los que ya se fueron, y encima buenos tipos, descansen en paz.
Con la bolsa llena de inquietudes cruce la ruta (antes 166, hoy 70) y me fui despacito hasta el inicio de la calle del master. Estaba seguro que allí encontraría la respuesta. Hice las fotos (maravilla de estos tiempos, aunque no me olvidé del querido Lidel Caccia, compañero de tantas aventuras ) y esperé. Pasó un señor en bicicleta. Otra señora caminando y yo firme. Duro como wing de metegol, firme como rulo de estatua.
Miraba el cartel, me acordaba de las enseñanzas de Mario, especialmente cuando el dicente soltaba la cadena, traje a la memoria tantos consejos y palabras, tantos libros, tantas historias y esa marca que no se borra. Y me preguntaba en voz alta si a Mario le hubiese gustado eso. Silencio. Sólo pájaros y las hojas precoces del otoño haciendo viento.
Después de un rato, ya no pasaba nadie. El mediodía del domingo se acercaba a esa hora donde el humo del asado ya es brasa ardiente e invitación a la mesa, y decidí partir. Lleno de gratitud el espíritu, cargado de energías y conforme con ese paseo lineal por la nube de los tiempos bellos.
Allí pasó. Sentí la voz, pero no había nadie. Juro que lo escuché: “M’hijo, hay que fijarse en las cosas que valen, que no siempre son las que consideremos importantes”.
¿Era una frase de él? No sé. Igual, el Maestro nos había regalado una nueva lección que voy a compartir con los amigos. Fue tan grande que no hay mármol ni bronce que lo pueda perpetuar.
Me olvidé preguntarle por el hipódromo. Será la próxima.
(N. de la R.: A 43 años de su formación, el Grupo Comodoro Py recuerda a su mentor). 

Autor: Edgardo Peretti

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