Es un sábado de febrero... Salgo a caminar por la ciudad. Acabo de cumplir 60 años, casi me parece mentira... la vida, inexorablemente, se nos va... pero debemos aceptarlo y tratar de vivir intensamente el presente, pero también recordar con un poco de nostalgia nuestro pasado. Y esto te lo regalan un poco los años, los recuerdos, las pequeñas cosas ya vividas.
Por eso escribo, es un poco emocionarme con mis humildes anécdotas. Empezar a contar desde la página número 1 hasta la 60 del libro de la vida todos los acontecimientos, personajes y vivencias que han quedado grabados en mi corazón.
Hoy voy a recordar un local, un negocio, más precisamente una vieja librería, que guarda en mí recuerdos imborrables... Se llamaba Antonio Di Nobile. Estaba ubicada, como muchos recordarán, en la esquina de San Martín y Pueyrredón.
Jamás me olvido cuando aquella querida y recordada maestra de 5º grado de la Escuela Alberdi, la señora Nilda de Belletti, nos encargaba al comenzar las clases: “Chicos, para mañana deben traer un lápiz Nº 2, una caja de colores, goma y el clásico cuaderno ´Mi Arte´, de 100 hojas. Vayan aquí, a una cuadra, a la vuelta, a la librería ´Di Nobile´”. Y allí, indefectiblemente, todos los años, “firmes” con el pedido.
Llegó a constituirse, con Casa Colombo y Copetti, en una de las grandes librerías de la ciudad. Pero no solamente era librería, tenía de “todo”, desde artículos de marroquinería, pinturas para artistas, marcos para cuadros, hasta artículos deportivos vendían.
Durante mucho tiempo, nuestra ciudad, nuestra zona, nuestra gente de aquella época, recibió todas las atenciones que nos brindó aquel viejo negocio. ¿Cómo olvidarme, cuando mi padre me compró mi primer equipo de Boca o los botines para debutar en la 5ª de Almagro y aquellos primeros óleos, para soñar con el artista que no fue...? Y ya de adolescente, cuando con un poco de miedo y emoción le pregunté al empleado: -“Señor, ¿tiene el libro de Contabilidad, el de Pino y Piccoli, de 1er. año?” (uno de tapa verde, que el profesor me había encargado, para sus clases).
¡Cuántos recuerdos, otro pedazo de nuestra historia rafaelina! Con sus altas paredes, sus vitrinas y el inconfundible aroma de lápices y libros en su ambiente.
Y ya terminado el secundario, y en nuestros empleos, seguíamos ligados a esta librería: un cuaderno, una “birome”, alguna agenda y tantas cosas que nuestra sociedad consumía en aquella época.
Pero la ciudad se hizo grande y eso trae sus grandes ventajas, pero también sus desventajas.
Y la librería Di Nobile sufrió la llegada de nueva gente, nuevas ideas y también, por supuesto, nuevos competidores. Pero yo siempre pienso que todos somos un “poco” culpables, porque dejamos de ser “auténticos”, para transformarnos en una sociedad de conveniencia. Pero, lamentablemente, la vida es así y nos guste o no, debemos aceptarlo. Es inevitable...
Y por supuesto, al principio dejó de vender algunos rubros y la librería ya no era como antes, casi “agonizaba”, y hace unos años, un lunes a la mañana, no levantó más su gran puerta gris del frente... Había sucumbido ante los embates del progreso y así se cerró otro eslabón de nuestra historia ciudadana... tal vez, un templo de nuestra cultura que se nos fue.
Después, su local creo que fue vendido, y por él transitaron bares, confiterías, pizzerías y actualmente un popular negocio de venta de artículos diversos, pero nunca más fue librería... Casualmente al pasar, decidí entrar, tal vez para comprar algún regalo de cumpleaños olvidado, pero más empujado un poco por la nostalgia. Traspuse su gran puerta, y ya dentro, me emocioné; ¡era todo tan distinto...!
Pero me lo imaginé igual... y como tantas veces me ocurre, dejé correr los años y mi imaginación me llevó a aquellas épocas escolares. Me pareció ver aquellos largos y lustrosos mostradores a lo largo del local. Los vi a muchos de aquellos, a Don Zaffetti, que ya se nos fue, preparándonos el pedido, mientras nos regalaba aquellas gomas blancas y cuadradas, como “yapa”; al Santi Zacchelli, en el fondo, preparando los pedidos, para salir con el camión por los pueblos, a los muchachos del mostrador, al contador, ese señor “canoso” con la lapicera en la oreja, y hasta aquella chica “flaquita”, la cajera que, mientras nos cobraba, primorosamente nos envolvía la cartulina anaranjada para hacer el “friso” de alguna fiesta patria que se acercaba.
Casi me vi entrando con mis compañeros, sudorosos, con el guardapolvo manchado de tinta, pidiendo a gritos y todos juntos una pelota Nº 5 para el “picado” en el patio del Colegio, mientras, nerviosos contábamos las monedas.
¡Qué lindos recuerdos! ¿Qué les puedo decir? Casi escucho, a lo lejos y en el tiempo, aquella canción que el 21 de septiembre de 1951, con los muchachos de 6º grado, mientras íbamos entusiasmados a nuestro primer picnic, allá en el Balneario, cantábamos a coro, al pasar, “Estudiantes alcemos la bandera, que ilustraron los próceres de ayer... y echen a vuelo el nombre de estudiantes...” ¡Cómo pasó el tiempo hermano!, pensé casi en voz alta... Apenas escuché que una chica me decía: Señor, señor, ¿encontró lo que buscaba? Y yo sonriendo, como si volviera de un largo viaje, desde muy lejos, le contesté: Gracias querida, gracias, hoy encontré mucho más de lo que buscaba...
Escrito en agosto de 1998.