Por Orlando Pérez Manassero
Rafaela, domingo 6 de junio de 1926:
Estimado amigo Fulgencio Cresponi.
Colonia Monte Perdido. Pcia. de Santa Fe.
Espero se encuentre usted bien de salud así como lo estaba yo hasta esta mañana. Tal como le había prometido paso a contarle sobre la primera competencia de automóviles de quinientas millas que se disputó hoy aquí, en nuestra ciudad de Rafaela. Amigo Fulgencio, si hubiese podido usted llegar a esta desde su lejano pueblito habría sufrido una terrible desilusión por lo que no pudo ser. Y lo mismo les sucedió a los, dicen, casi 40.000 espectadores que aquí estuvieron y que ahora estarán tan resfriados como yo.
Le cuento; muy temprano marché por el callejón Roca mirando como el cielo encapotado presagiaba lluvias. Mientras caminaba por las vías del “tranway”, ya cerca de la impresionante pasarela que cruza sobre la pista, pude ver cómo iban llegando los participantes en sus máquinas de competición, entre ellos Blanco, Bucci, Karstulovic y Riganti.
El tren que vino desde Buenos Aires ya se encontraba estacionado con los cronometradores oficiales del Automóvil Club y también con muchos aficionados visitantes asomados a sus ventanillas. Conté 29 participantes alineados a los que, a la hora 7 en punto, se les dio la orden de partida. El primero en salir fue Ignacio Scarafía con un Hudson dispuesto a rodar 21 veces por el circuito de casi 38 kilómetros más una fracción de 8.495 metros para completar los 804 kilómetros y 672 metros que son exactamente, por si no lo sabía, las 500 millas reglamentarias.
Después siguieron los demás cada treinta segundos controlados desde el tren por los fiscalizadores oficiales y también por cronometristas impuestos por el Club Atlético de esta ciudad ubicados estos sobre la pasarela. El primero en pasar cumpliendo la vuelta inicial fue Esteban Ballestretti con el rojo Castano motor de avión SPA de 16 litros, seguido de cerca por Domingo Bucci con el Hudson al que apodarían “el Bestium”, motor de 6 cilindros y 4.8 litros de cilindrada, preparado por el mismo piloto aquí cerca, en Morteros.
Imagínese Fulgencio que nuestra confusión fue mayúscula ya que no sabíamos quién punteaba pues, al haber largado separados por 30 segundos, la primera posición la lograba quien había conseguido el menor tiempo en dar la vuelta. Pero esos datos solo los conocían los fiscalizadores y quizás estaba ganando quien pasaba segundo o décimo.
El cielo se puso más plomizo y algunas gotas comenzaron a caer durante la pasada número tres anunciando lo que vendría; es que cuando iban a cumplir la cuarta vuelta se desató una torrencial lluvia sobre el circuito. Hubiese visto usted amigo Fulgencio el desbande de los que estaban controlando sobre la pasarela, del público en general y la sorpresa de los pilotos que venían zigzagueando por el barro y veían agitarse ante ellos no la bandera roja decretando la suspensión momentánea de la competición sino la bandera a cuadros decretando el fin de la carrera misma.
Mientras la gente buscaba reparo en los automóviles, en las volantas y muchos bajo los ya no tan frondosos paraísos, dentro del vagón ferrocarrilero planilleros y cronometristas oficiales se enfrentaban a sus colegas rafaelinos. Del caos de números de ambas partes, en medio de acaloradas discusiones y cada vez más malestar entre las partes, concluyeron que les debían dar una respuesta a los pilotos y por supuesto también al público que había pagado una entrada.
Es así, don Fulgencio, que mientras arreciaba la lluvia pude ingresar al vagón y escuchar la lectura de una especie de acta que decretaba ganador a Domingo Bucci en un tiempo de 2 horas,15 minutos y 23 segundos en los que consiguió correr poco más de tres vueltas equivalentes a una distancia de alrededor de 152 kilómetros, es decir apenas unas 94 millas de las 500 pactadas.
Entre el vocerío, discusiones que iban y acusaciones que venían, no escuché el promedio del ganador pero debe haber sido muy bajo por el tiempo transitado en el barro. Así pasaron estas primeras 500 Millas Argentinas que fueron apenas 94. Aquí estoy amigo Fulgencio, ya en mi casa escribiéndole entre estornudo y estornudo luego de la mojada mañana que pasé y de la que bien se libró usted.
Al fin Domingo Bucci se retiró portando un bonito (y pesado) trofeo artístico de origen francés y la promesa de ambos bandos fiscalizadores de hacer correr las benditas 500 millas completas en breve, si es que zanjan sus diferencias. Si así sucediera lo espero (siempre que ese día no vea usted nubarrones tapando el cielo) para disfrutar de nuestra afición por los coches de carrera. Sin más lo saludo a usted y a su familia, afectuosamente su amigo Bartolo Ferraro.