Basta, basta,
basta. La desidia, la corrupción, la avaricia, la ignorancia, y la
falta de amor a la gente y al país, nos han conducido a esta
realidad que hoy apesta. Y que sigue existiendo aunque apaguemos el
televisor, festejemos las fiestas con regalos y comidas abundantes, o
nos vayamos de vacaciones para relajarnos un poco. Mueren jóvenes en
nuestras calles, en los recitales, en las fiestas electrónicas, por
el paco u otra droga, por el delito, por la bala perdida del perdido
delincuente. Por el conductor borracho, por el hambre, la falta de
saneamiento ambiental, por tóxicos en el medio ambiente o fábricas
en mal estado. Mueren ancianos con jubilaciones de hambre y una
salud no respetada.
En un país, donde la abundancia permitió
llamarnos hace años “el granero del mundo”, nos hemos convertido
en un país donde aquella abundancia es hoy la de las lágrimas de
los familiares quebrados de dolor por pérdidas de seres queridos.
Basta, basta, basta. Envidiemos sanamente a los países
sudamericanos con bajo índice de pobreza, con buenos niveles de
salud y educación. Copiemos su accionar, veamos porqué triunfan.
Abandonemos la soberbia y sepamos comprender que esta barbarie debe
terminar porque solo así se podrá comenzar a construir.
Cada uno de
nosotros, comenzando por el Presidente de la República, debemos
tener la grandeza de observar qué podemos hacer para mejorar nuestra
Argentina. Porque todos nosotros, todos, así como están las cosas,
estamos amenazados de muerte. Basta, basta, basta.