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Cazando a la caza

El chico, de unos diez años más o menos, iba por la vereda con su honda atenta y preparada y el ojo avizor mirando la copa de todos y de cada uno de los árboles. En un momento hizo fuerza para que la goma se tensara, apuntó hacia arriba con rapidez y seguridad y disparó. Debería haber acertado y el pájaro debiera haber caído, total y absolutamente muerto, sobre la vereda.

Pero no. En ese momento pasaba por allí una personalidad importante del arte dramático local y regional, graduada en la literatura y, además, defensora constante de los perros sin hogar y de la armonía con la naturaleza; esta importante personalidad, decíamos, le salvó la vida al pájaro ya que el niño, sorprendido en el momento de disparar su gomera, perdió la atención en el tiro y erró. El pájaro debe estar todavía volando después del peligro inesperado que le tocó experimentar.

Pero la mujer que lo salvó no terminó allí su gestión: encaró al chico, le explicó que ese pajarito no le había causado ningún perjuicio a él que justificase su agresión y le preguntó si le gustaría que seres mucho más grandes que él lo persiguieran a piedrazos.

El chico se puso serio, fue una señal de que lo habían apartado de la idea de que tirarle a un pájaro no tiene nada de reprochable y contestó, elocuentemente, “no”. La persona, artista importante del teatro, aprovechó para decirle que por esa razón, él no debía atacar a los pequeños seres volantes que desarrollan su vida en paz y sin ocuparse de las cosas de los –a veces no tanto- humanos.

Lector: ¿le parece que son demasiadas líneas del artículo para un hecho tan cotidiano y simple?

Es cierto que es una pequeña historia. Pequeña por los pocos años del chico, por el escaso tamaño del pájaro y por la insignificante proporción respecto de toda la vida de la naturaleza, pero los niños llegan a tener el tamaño y la edad de los hombres y entonces las historias tienen, como las alas, otra envergadura y la idea de falta de respeto a la vida animal pasa a ser exactamente la misma. O peor, porque ya entran en juego el interés económico y la vanidad de exhibir orgullosamente cabezas y pieles de cadáveres.

¿Qué sienten el chico de la pequeña historia (que no es tan intrascendente) y el adulto hecho al comprobar que el animal ha muerto? Vamos a ver todas las posibilidades.

¿Placer? No, es muy cruel admitir que matar proporcione placer, no la vamos a tener en cuenta.

¿Diversión? Nunca es divertida la muerte, no vamos a adjudicárselo tampoco al adulto ejecutor.

¿Entretenimiento? Tampoco.

¿Deporte? No, porque no hay igualdad de posibilidades de “triunfo”. Al animal, -además, indefenso- no se le avisa que se le va a disparar.

¿Satisfacción? Es posible. La idea de cazar incluye necesariamente la muerte del animal; cumplir el objetivo (matar) produce, por lo tanto, una lógica satisfacción. Se advierte claramente cuando se suben a las redes sociales fotografías donde ellos posan, posados y sonrientes sobre un animal muerto.

Es común que se intenten excusas y justificativos para matar animales, como decir que hay superabundancia de una especie, o (peor aún) que se críen animales para ser cazados.

No es lo mismo que cazar para sobrevivir cuando el medio es inhóspito y sin supermercados a la vista.

El hombre, autodenominado rey de la Creación, mata al que llama “rey de la selva” con todas las comodidades y garantías.

No es un triunfo para ser destacado: en un lamentable modo de entender lo que significa “ser” humano, el rey de la Creación se ha convertido en un asesino serial.


Autor: Redacción

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