Por Victoria Cardiel, Javier Romero
CIUDAD DEL VATICANO , 9 ( ACI PRENSA).- Las mujeres consagradas que han sufrido abusos se enfrentan a un vacío legal importante: el Derecho Canónico y las comisiones especializadas se centran principalmente en menores y adultos con discapacidad, dejándolas fuera de su ámbito de protección.
En la práctica, esto significa que si la víctima es adulta y con formación se asume que puede defenderse o que hubo consentimiento. Sin embargo, desde el Vaticano empiezan a verse algunos signos de cambio.
“No puede ser solamente una etiqueta de adulto vulnerable”, afirma Claudia Giampietro, canonista italiana que trabaja en la Pontificia Comisión para la Protección de Menores (PCPM).
“No son solamente esas situaciones, sino que tenemos que entender que hay situaciones de asimetrías, de poder, circunstancias, situaciones donde hay abuso y entonces son esas situaciones de vulnerabilidad en las que tenemos que profundizar”, explicó en declaraciones a EWTN Noticias el miércoles 1 de julio.
Una de las funciones de este organismo vaticano es colaborar con los distintos dicasterios de la Curia Romana, las conferencias y uniones de religiosos y religiosas, y los institutos de vida consagrada.
Esta cercanía les permite conocer de primera mano una realidad compleja: “Hay muchísimas circunstancias, situaciones y personas que pueden (afectar también) a religiosas, mayores de edad, no sólo las jóvenes, y entonces es necesario entender los contextos donde trabajan, donde desarrollan su ministerio dentro de las comunidades y también fuera”.
La situación en América Latina
El Vaticano contribuyó a romper el tabú sobre los abusos contra las religiosas al dedicar en enero de 2020 un amplio reportaje en Donne, Chiesa, Mondo, el suplemento mensual femenino de L’Osservatore Romano, a cuestiones como los abusos de poder, los abusos sexuales y las dificultades que enfrentan muchas monjas dentro y fuera de la vida consagrada.
En los años posteriores, se han multiplicado los estudios destinados a dimensionar un fenómeno tradicionalmente oculto. Entre ellos destaca la investigación publicada en 2022 en el libro Vulnerabilidad, abusos y cuidado en la vida religiosa femenina, editado por la Hna. María Rosaura González Casas, entonces coordinadora de la comisión para el cuidado y la protección de menores y personas vulnerables de la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosas y Religiosos (CLAR).
Basado en una encuesta respondida por 1.417 religiosas de 23 países iberoamericanos, el estudio reveló que el 19,8 % afirma haber sufrido abusos sexuales y que más de la mitad asegura haber experimentado algún tipo de abuso de poder por parte de superioras, sacerdotes, formadores u obispos. Asimismo, el 14,3 % de las encuestadas indicó haber sido acosada por un sacerdote, el 9,7 % por laicos y el 8 % por otras religiosas, datos que ponen de manifiesto la amplitud y complejidad de una problemática que durante décadas permaneció en gran medida silenciada.
González Casas, decana del curso de psicología del Instituto de Antropología (IADC) de la Pontificia Universidad Gregoriana, explica que desde que se publicó el estudio hace cuatro años en la región “ha crecido una mayor conciencia en todos los niveles de lo que son los abusos”.
“Las hermanas son más conscientes y los obispos y sacerdotes también están más despiertos. Cuando hicimos la encuesta muchas religiosas no quisieron responder aunque era anónima. Se percibía un miedo para decir las cosas. Ahora hay una mayor conciencia, aunque faltan todavía unos códigos de conducta claros. En la sociedad sigue existiendo un machismo inconsciente y asimilado que ha permeado en la vida religiosa y sacerdotal”, explica en declaraciones a EWTN.
Una conferencia en Roma sobre prevención de abusos
Con el objetivo de abrir un espacio de diálogo sobre cómo mejorar la prevención de los abusos contra las religiosas, la PCPM organizará el II Encuentro Anual sobre la Prevención de los Abusos, dedicado a la Vida Consagrada. Se celebrará en Roma los días 9, 10 y 11 de diciembre de 2026 en torno al tema Comunión, cuidado y justicia: relaciones mutuas para una misión compartida.
No se trata de una conferencia académica sino de un laboratorio de trabajo o, como lo llaman en inglés, un learning lab sinodal, orientado a resultados concretos. Durante tres días, obispos, institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, conferencias y uniones de superiores mayores, representantes de los dicasterios de la Curia Romana y expertos en la prevención de abusos trabajarán juntos en mesas redondas, sesiones canónicas y grupos de trabajo.
“La Comisión Pontificia para la Protección de Menores ya ha asumido esta cuestión y, con su implicación, las superioras y las religiosas la tomarán más en serio”, señala la Hna. Jacinta Ondeng, de la congregación School Sisters of Notre Dame, en Kenia, invitada a participar en este foro.
“La salvaguarda debe ser una parte esencial de la vida comunitaria”, enfatiza la religiosa, directora de la Safeguarding Initiative for Catholic Sisters, un proyecto con sede en la Universidad Tangaza, en Nairobi, desde el que se ofrece formación en prevención de abusos en diversos países africanos.
Muchas situaciones se encubren por falta de supervisión
La Hna. Ondeng insiste en la necesidad de un seguimiento efectivo de los casos. “Es importante que las oficinas competentes del Vaticano supervisen estas situaciones porque muchas veces los casos procedentes de África y quizá de otras partes del mundo se encubren precisamente por falta de supervisión. Si los organismos competentes de la Santa Sede intervienen y evalúan los casos cuando las congregaciones no los resuelven, eso ayudará”.
Asimismo, propone elaborar directrices claras para la gestión de los casos de abuso en la vida consagrada, similares a las establecidas por el Papa Francisco en Vos estis lux mundi para las denuncias de abusos a menores, que obligan a obispos y superiores a actuar cuando existen denuncias o indicios preocupantes.
“Cuando quede claro que el Vaticano está implicado en cuestiones que afectan a miembros de la vida consagrada, habrá cambios. La naturaleza humana responde a reglas claras: cuando existen, las personas tienden a actuar con mayor prudencia”, valora.
La religiosa dirigió además un revelador estudio, aún inédito, en África que ha sacado a la luz testimonios estremecedores de mujeres consagradas, como estos:
“Las hermanas se marchan no porque les falte vocación, sino por los abusos; las superioras están abusando de su autoridad”.
“Las hermanas sufren en silencio en lugar de denunciar porque aman a la Iglesia y temen dañar la reputación de un sacerdote, obispo o superior”.
“Le conté a mi superiora lo que estaba ocurriendo y, como la hermana en cuestión era su amiga, no hizo nada”.
Estas respuestas —incluidas en la investigación realizada por la religiosa— reflejan una realidad eclesial marcada a veces por el abuso psicológico, el maltrato, las presiones y el chantaje emocional a mujeres consagradas en África.
El estudio, cuyos resultados fueron presentados en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma durante la Conferencia Internacional de Salvaguarda (ISC) 2026, celebrada del 16 al 19 de junio bajo el lema Un compromiso, muchos contextos: la salvaguarda a través de las culturas, se basa en una encuesta anónima en línea realizada entre febrero y marzo de 2026, en la que participaron más de 140 religiosas de distintos países africanos.
Miedo al estigma y autoculpabilización
Sus conclusiones son reveladoras: el 35,5 % de las congregaciones carece de una política formal de salvaguarda; el 67,4 % de las encuestadas identifica el miedo al estigma y la autoculpabilización como los principales obstáculos para denunciar abusos; y el 60,3 % señala la ausencia de canales confidenciales de denuncia.
Factores personales como “la vergüenza, la culpa y los reproches a sí mismas están muy presentes entre muchas religiosas que desean dar el paso de denunciar”, explica la Hna. Ondeng, quien dedica su ministerio a impartir talleres y formación sobre salvaguarda en África, con especial atención a las religiosas católicas.
Su objetivo es sensibilizar sobre los abusos y sus consecuencias, empoderar a las mujeres consagradas para que rompan la cultura del silencio y promover entornos seguros para todos. Asimismo, subraya la importancia de la transparencia y la rendición de cuentas como pilares fundamentales para el éxito de las políticas de salvaguarda dentro de la Iglesia.
La religiosa advierte también sobre la tendencia al encubrimiento que puede darse en algunos contextos eclesiales.
“Como han puesto de manifiesto numerosos estudios sobre abusos y abusos de autoridad, la jerarquía de la Iglesia goza de un enorme respeto en muchas sociedades africanas”, refiere a este respecto. Se trata de un valor cultural positivo, pero que también contribuye a explicar por qué las personas con autoridad rara vez son denunciadas cuando están implicadas en comportamientos abusivos.
Este fenómeno aparece reflejado en varios de los testimonios recogidos por la investigación:
“Muchas hermanas no quieren sacar los trapos sucios a la luz. No desean exponer públicamente estos problemas para proteger la reputación del instituto”.
“Algunas temen que, si hablan, serán expulsadas de la vida religiosa, y no quieren marcharse”, añade Ondeng.
Falta de formación en prevención de abusos
El estudio de la Hna. Ondeng también revela que, ante situaciones de injusticia o abuso, algunas religiosas optan por abandonar la vida consagrada. Los abusos pueden adoptar múltiples formas —sexuales, espirituales, físicos, emocionales o institucionales— y, en determinados casos, llegan a resultar insoportables.
Sin embargo, la mayoría de las víctimas permanece en sus comunidades, a menudo por miedo al estigma social o al rechazo que podrían sufrir si regresaran a sus familias.
Otras son conscientes de que abandonar el convento puede conllevar serias dificultades económicas al carecer de un empleo o de medios propios para mantenerse, explica la religiosa.
De las 141 religiosas encuestadas, más del 95 % aseguró haber recibido algún tipo de formación en prevención de abusos sexuales. No obstante, en muchos casos esta preparación resulta insuficiente.
“La mayoría ha realizado cursos breves, pero no podemos afirmar que ese 95 % haya recibido una formación completa en salvaguarda. Algunas han participado, como mucho, en sesiones de uno o dos días. Es muy poco, y eso supone un problema”, señala la religiosa keniana en declaraciones a EWTN.
Por ello, insiste en la necesidad de reforzar la formación en salvaguarda como un verdadero ministerio dentro de la Iglesia.
“Se necesita mucha más preparación para que las religiosas católicas tengan la valentía de hablar sobre sus experiencias en sus comunidades. Actualmente la formación es muy limitada y debe intensificarse para empoderar a las mujeres consagradas”, afirma.
A este desafío se suma un importante componente cultural. “La gente no quiere hacer públicos sus problemas. Es algo muy arraigado en la cultura africana, aunque también ocurre en contextos europeos y americanos”, sostiene.
Por su parte, el Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica no publica cifras globales sobre las visitas apostólicas realizadas en todo el mundo, ya que estas se llevan a cabo de manera ocasional y no sistemática.
La única investigación de gran alcance de la que existen datos detallados fue la realizada en Estados Unidos entre 2008 y 2014, que involucró a 341 institutos de vida consagrada y a cerca de 50.000 religiosas.
“Toda la Iglesia debe comprender que la salvaguarda es un valor evangélico. No es algo impuesto desde fuera. El Evangelio nos pide promover la dignidad de cada persona, apoyar a quienes sufren y cuidar a los heridos”, concluye la Hna. Ondeng.