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Condenada al abandono

Alguien habrá que se acuerde de esta vieja canción. Los demás están jubilados. Yo no puedo empezar a contar esta historia sin recordar lo que decía su letra: “Nadie me ama, nadie me quiere, nadie me llama, nadie me es fiel… Voy por el mundo cruel de fracaso en fracaso, y abro la puerta del Cielo que nunca traspaso…” Yo sé muy bien que los perros no piensan, pero tengo la seguridad de que en el interior de esta perrita algo de lo que dice la canción anida muy hondo. Apareció, como aparecen todos los abandonados, caída del cielo. Nadie vio quien la dejó, nadie sabe cuándo fue, nadie sabe cómo, nadie sabe nada. Ella no habla. Recién llegada vaya uno a saber de dónde, estaba muy asustada, temblaba y emitía apenas un gruñido que en realidad era un lastimero aullido acongojado. Lloraba pero quería disimular, quizá para evitar que le peguen… La plaza inmensa, habitada por caminantes que van y vienen, flores a granel, árboles coposos, pájaros, chicos en bici y jugando, y hombres arrojándole agua a las flores (los placeros) fue haciéndole crecer la confianza, la tranquilidad. Pero la tristeza de la soledad no la abandonaba, tirada en el pastito de la plaza parecía que quería dormir, pero dormir largamente, para siempre. Uno de los hombres que cuidan el lugar, compadecido por esa mansa presencia perruna le alcanzó agua. Le dio pena ver cómo la perrita miraba a todos los que pasaban a su lado esperando que la llamen, y ante el silencio otra vez al pasto, a esperar oír su nombre, o un… vení, vamos, seguime. Hay ángeles sueltos por aquí al ras del suelo, yo los llamo rescatistas, conozco a varios. El placero, un hombre bueno que ama los perros, y los rescatistas decidieron ocuparse y hoy con satisfacción pueden confesar que están felices de haber dado una mano a la perrita de la plaza, a la que bautizaron Juanita. Hoy Juanita luce una figura distinta. Bañada, esterilizada, cepillado el hermoso pelo oscuro de su lomo, parece otra. Pero todo por fuera. Tiene apenas tres años y mucho dolor por soledad adentro. Ya no llora pero mira fijamente a los ojos de quien la observa y acaricia. Parece decir sin hablar: tengo miedo de quererte, porque no sé si me vas a querer tanto como yo soy capaz. Esto de traducir lo que sienten las mascotas a mí me mata… Especialmente después de leer que Gregory Berns un neurocientífico de la Universidad de Emory en Atlanta, USA, líder de The Dog Project y otros equipos de investigadores en otros lugares del mundo coinciden en afirmar que perros y gatos procesan emociones de manera similar a las personas, con pruebas científicas que avalan la idea de que “sólo les falta hablar”. Juanita ahora espera, sin llorar espera que alguien la llame y a mí me toca decirte adonde llamarla. Puede ser a estos números de celulares 15595953, 15562783 y al fijo 422472 te van a atender René, Ana Paula o Graciela. Te ponés de acuerdo para verla y por ahí decirle con amor vení… vamos, seguime. No tengo otra cosa que decir, agradecer que lo hayas leído, y pedir a Dios que Juanita pare de andar de fracaso en fracaso.

Teresita Tosco


 

Autor: Teresita Tosco

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