En el primer paneo, la imagen es la de siempre. Multitud de personas de todas las edades merodeando la ruta 38, con un sol abrasador, desde horas muy tempranas. Un incesante ir y venir de almas rockeras. Una interminable oferta de comidas, bebidas, merchandasing, recuerdos, souvenirs. Claro que al ingresar al templo sagrado del rock en Santa María de Punilla inmediatamente se pudo ir viendo de qué venía la edición 2019.
La palabra que más utilizó José Palazzo en todos estos meses desde que se conoció la grilla fue “variedad”. Con LA OPINION fue un poco más específico y habló de “eclecticismo”. Y esa variedad se vio en cada tramo del predio. Variedad de países. El escenario Norte arrancó con los mexicanos de Machingón el sábado a la siesta y terminó con los españoles de Ska-p el domingo a última hora antes de la lluvia. En el medio pasaron uruguayos, colombianos y más españoles.
Eso que mostraron los escenarios también se vio entre el público. Entre banderas y camisetas de fútbol se pudo ver a peruanos, uruguayos, paraguayos, chilenos, colombianos. Curiosamente, llegaron de todas las sedes donde el Cosquín Rock empieza a hacer historia. Los coterráneos del Chavo reconocían que querían saber lo que era vivir la versión original del festival y que fue mucho más de lo que ellos imaginaban.
Variedad de propuestas musicales. A lo más tradicional del rock nacional se le sumaron muchas alternativas que pueden ser válidas. No extrañó para nada que Ciro se llevara grandes aplausos, que Las Pelotas confirmara su romance eterno con el festival, que los charrúas de La Vela Puerca y No Te Va Gustar se sientan claramente locales, que Eruca Sativa confirme en cada show que es una banda que no parece tener techo, que la sobriedad de Skay se complemente con un sonido arrollador y una mística interminable (ahora con el agregado de Richard Coleman que llegó para sumarse a Los Fakires). Tampoco sorprendió que el tándem Ojos Locos – Gardelitos – Don Osvaldo – La 25 concentrara gran parte de la convocatoria del domingo. Incluso ya no sorprende tanto que los propios seguidores del Pato Fontanet estén siendo críticos con su performance personal y la de la banda, aún dicho desde el cariño y la admiración, algo que se vio notoriamente luego del show del domingo.
No sorprendió la vigencia inoxidable de Los Auténticos Decadentes que le pusieron pasión y fiesta al Escenario Alternativo. Ya no sorprende la personalidad que ha logrado la cada vez más convocante Casita del Blues. No sorprendió que el heavy metal vuelva a ocupar un lugar históricamente propio como lo es el hangar. Sí sorprendió la gran producción del lugar que luego se completó con dos noches excelentes. No sorprendió el despliegue de la Agencia Córdoba Deportes para generar un espacio tan completo que incluyó el Escenario Córdoba X (donde debutaron los chicos de El Acople) y que una vez más contó con una gran variedad de actividades deportivas que los asistentes podían disfrutar a toda hora. Dentro de este contexto, el hip hop, el trap y la música electrónica se hicieron un espacio y aunque varios miraron de reojo, se ganaron un lugar dentro del festival más grande del país.
Esta fue la edición 19 del Cosquín Rock. Una edición que le supo ganar a la crisis, que generó que unas 110.000 personas disfrutaran de los dos días. Y que ahora se prepara para cumplir los primeros 20 años de vida. “Vamos a tirar la casa por la ventana”, auguraba hace ya varios meses José Palazzo cuando se ponía a pensar en el 2020. Incluso, se animó a soñar despierto cuando días antes del festival visitó los estudios de Cadena 3 y le dijo a Mario Pereyra “hace muchos años que Andrés Calamaro no toca en el Cosquín Rock, estaría bueno que vuelva en el 2020”.
La mística del Cosquín Rock se mantiene viva, lo confirmó este año. Y esa llama comienza a encenderse en toda latinoamérica, y lo hará también en Europa y en Estados Unidos. Un festival que nació en la casa del folclore y que 19 años después se ha convertido en una marca registrada que ya no conoce de fronteras.