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“Creo que hacer buenos libros y obras puede mejorar el mundo”

El 7 de septiembre el Centro Ciudad de Rafaela estrena “La Dificultad”. Dirigida por Lito Zekmann e interpretada por Miguel Ebenegger, Atilio Krilich y María Rosa Luciano, el texto pertenece a Patricia Suárez. Optimista, y crítica a la vez, la reconocida autora comparte su experiencia con los lectores de LA OPINION.

-¿Cómo comenzó tu vínculo con la literatura y la escritura?

-Creo que está dado porque soy una lectora fervorosa, ¡una omnilectora! Leía tanto de chica que empecé a escribir jugando. Soñaba hacer libros tan buenos como los que leía. No obstante, cuando terminé el secundario, estudié un poco de antropología y casi cinco años de psicología. Abandoné tras una crisis vocacional a los 21 y entonces decidí dedicarme a la literatura. Me daba mucha vergüenza ir a talleres literarios, así que me pasé cuatro años escribiendo sola... a los 27 me animé a venir al taller de Hebe Uhart y a los 30 al de Mauricio Kartún. Considero a ambos mis maestros y aún me parece oír sus voces cuando escribo, recomendando una cosa u otra en un texto.

-¿Qué libros leías de niña?

-Leía muchísimo. Empecé con la biblioteca rosa de mi mamá cuando era chica, y seguí con la biblioteca de la escuela y después me asocié a la biblioteca del sindicato de mi viejo. En mi casa tenían la enciclopedia "Lo sé todo", siete tomos. Yo me imaginaba que leía eso e iba a saber todo literalmente. Y un día en la biblioteca de la escuela descubrí que el total de tomos era 21. Fue una gran desilusión; siempre me iba a faltar conocimiento. A los diez años me puse a leer el diccionario. Adoraba a los griegos y aún les profeso un amor tal que parece que son como familiares. Alguien me menciona a Edipo o a Helena de Troya y es como si te hablaran de la tía Chuchi, de Lavallol, que hace las pastafrolas como nadie…

-¿Por qué escribes? ¿Para qué?

-Escribo porque es lo que más me gusta hacer en la vida, después de leer.

Y cuando lo hago, pienso que esto que yo hago, va a acompañar al lector. Va a hacerlo sentirse menos solo, como me pasaba a mí de chica, al leer un libro. Uno en los libros busca saber sobre uno, busca entender mejor el mundo. Uno se descubre a sí mismo en las novelas, en los poemas, en las historias. Vos vas al teatro y ese personaje encarnado en un actor te habla de vos mismo. A mí me gusta transmitir ese mensaje o esa idea (creo que en el arte no hay mensajes, sino sentidos) que yo creo secreto y es universal, que dice algo así como: “A mí también me va mal en muchas cosas; pero podemos salir adelante…”.

-¿De qué se trata "La Dificultad", el texto en el que se basa la obra que se estrena en Rafaela el 7 de septiembre?

-Es una historia que me contaron, sobre una familia de campo. Todos en esa familia tenían el síntoma de la tartamudez, la dificultad para hablar y comunicarse. Y yo pensé: “Debe haber algo que uno de los dos padres no quiere decir y los hijos portan el secreto como quien lleva una carga”. El emergente de ese secreto es la tartamudez en los hijos. Me contaron que esa familia, cuando los hijos eran ya grandes, llevaron a la madre a operar de un derrame cerebral o algo así, y cuando ella volvió ya no tuvo tapujos para decir todo lo que le pasaba por la cabeza. Que era el horror y el aborrecimiento que sentía. Y esto, era un peso tal, que la familia no lo pudo soportar.

-¿Cómo ves la sociedad actual?

-Siempre nos parece que estamos en el momento más crítico de la historia de la humanidad y es una mirada muy etnocéntrica, creo yo. Hay que pensar que en el Imperio Romano, el índice de mortalidad era a los 30 años en el común de la gente, que había esclavos; hay que pensar en la Edad Media y el oscurantismo, donde quemaban a las personas por tener creencias distintas; hay que pensar en la Segunda Guerra Mundial que se llevó en menos de un década diez millones de personas. Me gusta relativizar porque sino la desesperación te abisma. No creo que el ser humano progrese y evolucione, porque la sed de poder está en nosotros y tiende a someter a los demás. Somos el único animal que mata por placer y somos el único animal que sonríe. La malicia está en nosotros, el índice de psicopatías es del 3% de la población. Somos como somos y hacemos lo que podemos; si pensamos cada cosa que hacemos con detenimiento podemos mejorar el mundo en pequeña escala. Si buscamos ayuda cuando nos sentimos abatidos, abrumados, enfermos, violentos. Si andamos a tontas y a locas, no. Si nos creemos todo lo que los políticos nos venden, ideales patrióticos como quien vende una faja abdominal en sprayette, vamos mal aspectados. Si estudiamos atentamente quiénes somos y qué sentido tiene estar con los dos pies en este mundo, podemos mejorar. Si te pasás por alto las preguntas fundamentales, estás frito. Yo me considero una intelectual y a veces una artista; y creo firmemente que hacer buenos libros y buenas obras le da sentido a mi vida y puede mejorar el mundo.

-¿Creés que podemos recuperar el sentido de las palabras?

-Somos palabras. Los seres humanos estamos condicionados por la palabra. La realidad, la memoria, la fantasía, los sueños, los ideales, ¡la internet!, todo se vuelve palabra al pasar por nosotros. No hay que recuperar el sentido de las palabras, porque sin palabras estaríamos sumidos en el autismo. Hay que escucharse, nada más. Hay que escuchar atentamente. A lo mejor la clave de todo está en estar atento en el sentido que dicen los orientales, en el zen. Estar atento a uno, estar atento a los demás, estar atento al mundo. La atención como una forma de la intensidad de la vida. No sé si esta es la llave, yo también estoy perpetuamente buscando y tratando de entender...

Autor: María Florencia Forni

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