NOTA VI
Nepal es la cuna de Buda, aquel que nació en Lumbini 563 años antes de que Cristo pusiera el pie en la Tierra. Y en este centro de peregrinación mundial, me reciben unos monjes inclinando levemente la cabeza y estrechando las dos manos, al mismo tiempo que ofrecen el “na-ma-ste”, su tradicional saludo de bienvenida.
El calendario (el Vikram Samvat) está 57 años adelantado respecto al Gregoriano. Por eso Nepal festejó en 1943 -en soledad, claro- su ingreso al siglo XXI.
Exótico destino; un país que vive recostado sobre el Himalaya, con sus costumbres, comidas, cultos religiosos y magníficos templos.
Los nepaleses son predominantemente vegetarianos, y reservan comer carne de pollo, oveja o cabra para sus festividades. Pruebo el “chiya”, la bebida nacional; té con leche, azúcar y especias casi hirviendo. Y qué decir del “rakshi”, un destilado a base de mijo o arroz, similar al sake japonés, para el que hay que estar bien plantado.
Además, no entrego nada con la mano izquierda; es mala educación. Me relajo en Pokhara, a orillas del lago Phewa, con bellas vistas del macizo Annapurna, uno de los gigantes del Himalaya.
En Nepal, las fiestas son infinitas. La más importante es la de la “Kumari o Niña Virgen”, que se interpreta como la reencarnación de la diosa Durga, a quien rinden culto, ofreciéndole joyas, comida, dinero y flores. La Kumari tiene que ser de familia budista, se elige cuando tiene entre 3 y 5 años, y reina hasta la pubertad. La elegida vive en un gran templo donde es atendida, pero no puede salir de allí sino en su carroza y en determinadas fechas. Su familia de sangre puede visitarla una vez a la semana. Al terminar su tiempo de diosa se convierte en una joven común.
Katmandú, la capital, es un sueño, una de esas ciudades que viven en caos permanente pero a la vez en equilibrio.
Ser peatón no es sencillo. Requiere una dosis de agilidad, valor y astucia. Hay veces que para cruzar una calle lo mejor es tomar un taxi. En todo caso, que el chofer comparta el desapego por la conducción tranquila no importa demasiado, de hecho es lo mejor para llegar a los sitios sorteando los apocalípticos atascos. Realmente admirable y terriblemente frustrante.
En el centro, la plaza Durbar, alberga muchos templos y monumentos ancianos.
Al oeste de la urbe, se yergue la enorme estupa budista de “Swayambunath”, desde donde los ojos de Buda contemplan al universo en todas direcciones.
El país cuenta con unos diez picos de más de 8 mil metros. La cima del Everest –Sagarmatha, para los nepaleses-, el “techo” de la cadena Himalaya y del planeta trepa hasta los 8.848 metros de altura inmaculadamente blanca. En esta época del año, una continua nubosidad impide observar la cumbre, pero ello no mengua la sintonía que se experimenta con el medio.
RUMBO A BANGKOK
Cruzar Myanmar, la ex Birmania, es complejo pues requiere la previa tramitación de un visado e implica la aceptación y pago de una escolta armada en dicho territorio. Por tal motivo, y muy a mi pesar, luego de descubrir un Nepal profundo e intenso, decido practicar un puente aéreo entre Katmandú y Bangkok.
En un breve paseo, Bangkok la superpoblada capital de Tailandia no escatima en disparidades, presentando todos los condimentos del heterogéneo continente asiático.
A cada paso fusiona historia con modernidad y desarrollo; enormes rascacielos conviven con humildes moradas, montones de puestitos callejeros se desparraman junto a enormes shoppings, e incontables símbolos develan una cultura milenaria.
El Chao Phraya, el “río de Reyes”, recorre la metrópoli y la divide en dos, volcando múltiples canales.
La presencia budista es fuerte y abundan los altares.
En el sector de cargas del aeropuerto recupero a “La Princesa” -como llamo a mi moto-, tras sortear numerosas formalidades y luchar con la incomprensible lengua “thai”. Los locales siempre sonríen, y con más énfasis si descubren que el viajero aprendió a decir “khop khun ka” (muchas gracias).
El dorado resplandor anuncia la llegada al Gran Palacio Real, un grupo de edificios que sirvieron como sede soberana desde el siglo XVIII hasta mediados del XX. Hay diferentes espacios -panteón, palacio y biblioteca- y; a metros el Wat Phra Kaew, el Templo del Buda Esmeralda.
A pocas cuadras está el templo principal de Wat Pho, erigido en el siglo XVI, el más antiguo de la ciudad, donde el Buda Reclinado, un gigante dormido recubierto de oro de 46 metros de largo y 15 de altura se lleva todas las miradas y suspiros de asombro. El complejo también atesora antiquísimas obras de arte, jardines y una interminable galería de budas dorados y techos rojos. En el mismo santuario, funciona la escuela de medicina tradicional, famosa por sus masajes.
Alimentarse en la calle es lo más común, y el plato cuesta alrededor de un dólar, regateo mediante.
En el wok, las mujeres combinan ingredientes fresquísimos que se cocinan en instantes. Preparan, por ejemplo, el popular y delicioso pad thai, mezcla de fideos fritos, brócoli, zanahoria, brotes de soja, huevo y tofu, con jugo de lima y maní tostado.
La comida thai, además propone, larvas, cucarachas, langostas, escorpiones…
No hay objeto que no se pueda comprar en las gigantescas ferias, y en los mercados flotantes los sampans –pequeñas piraguas de remo- ofrecen fruta, verdura, carne y pescado e inclusive cocinan a bordo.
Los canales penetran en todos los rincones de la ciudad y se abren en medio de los lujos tecnológicos más descarados.
Bangkok es un laberinto de ellos con orillas floridas, donde se ocultan templos y pagodas. Es el tesoro de Bangkok, estrechos senderos de agua que se deslizan en un tiempo todavía ancestral. Aquí la vida aún tiene los ritmos de los remos y las canoas. Se cultivan orquídeas y jazmines, la ropa se lava a mano en el río y los niños juegan en sus aguas. Las barcas son negocios y casas. Los rascacielos están apenas más allá. Cercanos y lejanísimos.
Enfilo hacia el cálido corazón del sureste asiático, Camboya. Pero esa será otra historia, la próxima.