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De parvas y lavanderas

Desde hace muchos años colaboradora de este diario, Blanca Stoffel en recientes ediciones publicó dos notas imperdibles referidas una a tareas del campo (28 de diciembre), la otra a las lavanderas (29 de diciembre). Acerca de ambas referiré algunas anécdotas.

Conocida como periodista de investigación relata su primer comentario con precisión y lujo de detalles del pasado y la actualidad como si hubiera nacido y criada en el campo, cuando la realidad nos dice que esta ciudad fue su cuna, docencia y bibliotecaria su actividad.

Fui testigo cuando niño de las parvas de alfalfa que requerían tarea manual con la horquilla como herramienta. El operario que había cargado en la chata tirada por caballos el pasto antes cortado y acondicionado en pequeños montones, se trasladaba al parvero que lo distribuía dando forma rectangular a esa reserva de alimento para el ganado en el invierno.

Fue un progreso la aparición del guinche, aparato de forma piramidal con estructura de hierro montado sobre cuatro ruedas que agilizó la tarea, pues reemplazó el trabajo del carrero; en lugar de la horquilla el pasto lo tomaba en mayor cantidad la “araña” que se bajaba y elevaba con un jinete que cinchaba, soltando la alfalfa sobre la parva en formación.

Acá la primera anécdota. A media tarde la merienda y para ella bajaba el parvero, un señor llamado Domingo Cossa, hombre robusto, tuerto y sordo que residía en la vecina localidad de Pilar, y mi padre don Antonio ocupó durante varias temporadas de emparve.

Aquella tarde del caluroso febrero Cossa se derrumbó de no menos de tres metros de altura, asido a la “araña”, que cayó al cortarse la cuerda que cinchaba el aludido hombre de a caballo.

El herido sangraba desde todos los orificios que suma el ser humano. De inmediato fue traído a la ciudad, esperándose el peor informe clínico, pero por fortuna el trabajador pilarense se repuso. Para él aquella campaña terminó ese día, pero volvió a construir parvas en la cabaña “La Providencia” -el nombre del campo de mi padre- al año siguiente.

Segunda anécdota. Como se estilaba entonces los peones almorzaban en la mesa familiar. Un día la conversación versaba sobre el percance de un camión y don Domingo Cossa por su sordera comentó que había sido muy rico aquel melón. Yo niño, no pude evitar la risa y mi madre a mi izquierda me pellizcó el antebrazo y me retó al oído: “no te burles del sordo, Dios te puede castigar”. Doy fe que eso sucedió, porque uso audífono.

Con respecto a las lavanderas mi muy estimada amiga Blanca Stoffel describe esa esforzada tarea manual reemplazada por el lavarropa de prendas confeccionadas con telas que en su mayoría hoy evitan el planchado, que antes tras humedecer las piezas quedaban impecables, alisadas con pesadas planchas calentadas con carbón que requerían la labor previa de hamacarlas para que el calor se activara. Luego el progreso trajo las planchas a combustible y después las actuales eléctricas.

Tercera anécdota. Hace varias décadas para los varones con aspiraciones de galán -que no eran pocos- de rigurosa moda era la camisa blanca con puño de gemelos y cuello duro y brilloso separado de la prenda a la que se lo sujetaba con pinches dorados. En verano con la transpiración el cuello duro requería lavado tras el primer uso. Para ese servicio había lavanderas que se dedicaban con particular esmero.

En mi adolescencia conocí a dos hermanas lavanderas de cuello duro que yo no usaba, porque estaba pupilo en el actual Colegio San José por entonces atendido exclusivamente por hermanos maristas.

Cuento que tras el almuerzo, en doble fila nos dirigíamos al campo de deportes propiedad del colegio, ubicado en calle Saavedra lindero con la sede social del Club Ben Hur. En ese andar a la altura de Saavedra 257 en días soleados dos hermanas lavanderas de apellido Lischetti, en largas mesas de madera sobre la vereda este exponían para secar decenas de cuellos duros apilados en torre -no menos de diez- por número: 38, 39, 40, etcétera, cuyos clientes eran de la ciudad y la zona. Uno de ellos, Roberto Mondino, hoy radicado en Rafaela y entonces de familia ruralista de la vecina localidad de San Antonio me contó que las hermanas Lischetti cobraban 10 centavos por cuello y dos tintorerías (una de japoneses) 15 centavos.

Las camisas se vendían con dos cuellos duros y la mayoría compraba más por separado para tener siempre impecables algunos de reserva.

Cuarta anécdota. Blanca Stoffel en su nota refiere que las lavanderas usaban distintos jabones, los comunes de sebo, algunos con mezcla de distintos aceites y jabones especiales para las engrasadas manos de los mecánicos.

Yo agrego el jabón casero que en el campo donde vivíamos para lavar usaban mi mamá y hermanas. ¿Por qué casero? Se elaboraba con un polvo producto de la fábrica Lorenzini del barrio Villa Rosas. Se hacía hervir en ollas revolviendo al estilo de la polenta. Cuando tomaba cierta consistencia se dejaba enfriar y volcaba en las recordadas latas rectangulares vacías, antes llenas de dulce de membrillo. Totalmente endurecida la mezcla se cortaba a lo largo y lo ancho y quedaban listos para un eficiente uso los panes de jabón casero de colorido marrón.

Autor: Emilio Grande (Padre)

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