Economía

Del Torino al Tesla

EVOLUCIÓN. La legislación de un país también debe permitirse una modernización.
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Por Guillermo Briggiler

Por estos días, la economía argentina ya no discute solo diagnósticos: empieza a ejecutar reformas estructurales. Y entre ellas, la modificación de la Ley de Contrato de Trabajo marca un punto de inflexión. No es el cambio total del motor, pero sí el inicio del recambio de piezas.

Hace un tiempo comparábamos nuestra legislación laboral con un Torino modelo 1975, es decir lucía fuerte, noble, símbolo de una Argentina industrial, pero claramente desfasado para las autopistas digitales del siglo XXI. Hoy, después de medio siglo, ese motor empieza -al menos- a incorporar tecnología híbrida.

La reforma recientemente aprobada no elimina el esquema histórico, pero introduce transformaciones relevantes. Se avanza en la posibilidad de reemplazar el sistema tradicional de indemnizaciones por fondos de cese laboral acordados en convenios colectivos. Esto reduce la incertidumbre jurídica y transforma un pasivo imprevisible en un mecanismo previsible y financiado mes a mes.

Asimismo, se amplía el período de prueba, dando mayor margen a las empresas para incorporar trabajadores sin quedar atadas desde el primer día a un esquema rígido.

También se incorporan figuras vinculadas a colaboradores independientes y nuevas modalidades, buscando dar marco legal a formas de trabajo que en la práctica ya existen. Y además se endurecen sanciones contra la industria del juicio, intentando reducir litigiosidad y costos indirectos.

¿Es una revolución? No. Es una señal.

Porque el problema estructural sigue siendo el mismo que describíamos: más del 40% de informalidad, jóvenes afuera del sistema, pymes que dudan antes de contratar y un costo laboral total que en muchos casos duplica el salario de bolsillo.

La Argentina del ’74 -cuando se sancionó la ley original- era una economía cerrada, industrial y con empleo prácticamente pleno. La Argentina de 2026 compite con programadores en Europa del Este, diseñadores en Asia y servicios tercerizados en cualquier huso horario. Pretender que ambas funcionen bajo el mismo esquema es desconocer medio siglo de transformación productiva.

La reforma apunta, sobre todo, a reducir el miedo a contratar. Y ese es un punto central: ningún empresario toma personal si siente que está firmando un juicio futuro. Transformar indemnizaciones inciertas en sistemas previsibles es, en términos económicos, reducir riesgo sistémico.

Sin embargo, la clave estará en la implementación. Si los fondos de cese no se generalizan, si las cargas sociales no se alivian especialmente para pymes, y si no se acompaña con capacitación laboral y reducción de impuestos al trabajo, el híbrido puede quedarse a mitad de camino.

Modernizar no es precarizar. Es adaptar. Los países que lograron combinar protección con dinamismo entendieron que el empleo formal debe ser fácil de crear y sostenible en el tiempo. La protección debe estar en el trabajador, no en la rigidez del contrato.

Argentina necesita pasar del paradigma de “proteger el puesto” al de “proteger la empleabilidad”. Eso implica formación continua, seguro de desempleo robusto y movilidad laboral real.

El Torino fue orgullo nacional. Pero ningún piloto profesional correría hoy una carrera con frenos de tambor y carburador. La reforma laboral es, quizás, el primer intento serio de cambiar esas piezas sin destruir el auto.

Falta mucho. Pero por primera vez en décadas, el debate dejó de ser retórico y se volvió operativo.

Si la economía logra consolidar estabilidad macro -inflación descendente, equilibrio fiscal y previsibilidad cambiaria- y ahora empieza a reducir el costo del empleo formal, el país puede empezar a transformar su principal deuda social: la informalidad.

La modernización laboral aprobada, no es un Tesla, pero la historia no juzgará si cambiamos todo de golpe. Juzgará si fuimos capaces de entender que el mundo ya cambió.

#BuenaSaludFinanciera

@ElcontadorB

@GuilleBriggiler

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