“Crónica del hombre alto”, de Alfredo Di Bernardo (edición 2013, de la colección “Las cuatro estaciones de la palabra” de Editorial Palabrava, de 114 páginas) es su sexta obra y presenta un panorama distinto de las precedentes, en un modo de presentación sugerente y atrapante, que permite la lectura en cualquier momento y sin tener que recordar detalles de una historia (como en el caso de la novela), pero conservando una unidad y una línea de pensamiento, y con la misma libertad temática de un libro de cuentos.
Es un conjunto de reflexiones donde algunas casi llegan a configurar un relato. El autor mira, cuenta y medita. Hace observaciones sobre la vida diaria y compara vivencias de su pasado con los hechos de su presente rescatando valiosas conclusiones que tienen la forma de prosa poética, donde la observación filosófica ocupa un lugar importante. Son cuarenta unidades de sensación agrupadas en cinco secciones: “Miminalismos”, “Ese bicho que anda y anda”, “De música, fútbol y lecturas”, “Filosófica mente” y “La ciudad, sus historias”. Sabe llevar la idea como si fuera un cuento, mostrando sensaciones y cerrando el texto con un final preciso y agudo, a veces imprevisible.
El modo que eligió el autor, de pensamientos con independencia unos de otros, es un recurso que regala libertad para la realización e infinitas posibilidades y Di Bernardo utiliza sabiamente en cuanto a temas y conclusiones.
Uno de los enfoques es la descripción del denso mundo interior del escritor, y aparece con frecuencia; es el caso de “Crónica líquida” y “Ellas”, entre tantos. Otro de los ejes es la referencia a hechos que ha vivido, mencionando nombres y ubicando al lector en un período determinado. El vuelo filosófico es otro de los modos a que recurre, expresándolo de manera fácil de comprender y con mensaje profundo.
Son constantes la metáfora y la imagen poética (“Un mechón escapa de la prisión de tela que lo retenía y queda suspendido junto a su mejilla izquierda como un estilizado signo de pregunta que rebota graciosamente en el aire”, “El río no sabe que es río, sólo lo es. No se sobrevalora ni se subestima”).
En un ida y vuelta a la subjetividad, triunfa la idea crecida, el concepto brillante. Di Bernardo entiende que debemos dejarnos fluir. Estilísticamente no rehúye la combinación de elementos comunes con los inmateriales. Así, expresa “Desprender la correa de la conciencia” o “nefastas muecas lunesaviernesadas”. Capta la poesía de cada acto de vida y con ese modo la cuenta y reflexiona.
Sus textos son amables, profundos, amigos; descubre permanentemente el asombro. La lectura de esta obra, con su condimento de filosofía, pensamiento y rescate de la sensación feliz, deja un sabor grato que invita a meditar sobre nosotros y lo que nos rodea (“Deberíamos tal vez aprender a fluir con la realidad, dejarnos arrastrar por la corriente natural de la vida”). El lector podrá beber estos cuarenta modos de expresar la vida en toda su intensidad y el consejo es que lo pequeñas porciones para poder saborearlas mejor. El autor nos dice, con mucho énfasis que si queremos vivir, simplemente vivamos.
Alfredo Di Bernardo, en “Crónicas del hombre alto”, nos entiende y refleja. El libro es otro fiel exponente del nivel humano y de calidad literaria que es costumbre en las muy cuidadas ediciones de Palabrava. Están gratamente los lectores a vivir este libro.