Tal vez usted, consecuente lector, no coincida (o puede que sí) con estos pensamientos vertidos al papel. De todos modos no es la opinión de un estudioso en la materia, solamente es una observación de uno de los siete mil millones de vagabundos del planeta, que ahora estamos y dentro un rato tal vez, ya no figuramos entre la lista de los mortales y como dice el tango "pasamos a ser recuerdo".
El epígrafe inicial nos sumerge en un tema de tanta actualidad, que si nos enteramos del hecho en sí sobre alguna pareja que llega a la separación, lo tomamos como acontecimiento tan común y corriente, que no produce en nuestro ánimo, otra cosa que una tácita aprobación del hecho. Parece personal, no es cosa tan simple tratándose de darle final a un acto tan significativo y valioso como lo es la unión de pareja, pues (aunque quizás no lo observemos como tal) es la continuidad de la especie humana sobre el planeta, dado que el fruto de esa dualidad (hijos carnales) personifican las nuevas generaciones de la raza que deben ser criados, educados, encaminados hacia los preceptos reales de una naturaleza superior, proveniente desde muy mas allá de la presencia física, y cuya obligación de cumplimiento recae en la pareja progenitora.
Nos preguntamos, ¿es factible llevar adelante victoriosamente tarea de tanto compromiso y delicadeza en una pareja separada? Problemático resultado, toda vez que separar, destruir, significa poner fuera de contacto, deshacer, inutilizar, arruinar. ¿Y quienes recogen los trágicos restos de esa destrucción?, los hijos carnales de esa pareja, aquellos que apoyaron su inocente niñez en las figuras de sus progenitores, directos responsables de su presencia física sobre la tierra, y hoy receptores del dolor, incertidumbre, tristeza de ver perdida para siempre aquella niñez o adolescencia nimbada de dulces y candorosos recuerdos que poblaron aquel hogar de la hoy destruida unión.
No podemos negar que la sociedad actual no camina por un ciclo de equilibrio y entendimiento. Caso contrario encontraríamos menos violencia, más respeto y seguridad en la diaria convivencia doméstica, mejor distribución de la necesaria alimentación diaria, en fin, más paz y acuerdo existencial, como tampoco podemos negar que las actuales generaciones se sientan seguras de sí mismas. Confusión, desconcierto, inconformismo, rebeldía hacia las reglas de convivencia vigentes, es lo que nos muestran las realidades objetivas, que pueden muy bien ser advertencias de repudio hacia separaciones, divorcios, enemistades.
Como podemos deducir, ya existe demasiado dolor sobre la Tierra, planeta de expiación por antonomasia, fraternos de mitigarle el avenir a inocentes criaturas que llegan al mundo como todo niño, inundado el corazón de infantil e ingenua inocencia y llenos de amor hacia sus padres carnales.
Y volviendo al pensamiento inicial, no nos parece adecuado el asentir con tanta naturalidad ante la noticia de estas hoy tan comunes conductas; al contrario, deberíamos intentar tareas de conciliación, de armonización pacifista que pueda darle continuidad a la lumbre hogareña, formadora de la mesa familiar.
Por supuesto que cada unión, cada dualidad material, cada pareja sexualmente unida es un mundo distinto, una realidad absoluta y única que debería caminar hacia una misma orientación formadora de un hogar. Pero ¡cuidado con los frutos!, pues de ellos somos responsables directos quienes conformamos la dupla, ellos (los vástagos) son la "causalidad", y a las causalidades hay que darles fiel, y real cumplimiento, dado que como dice el poeta; "es una deuda que tienes que pagar, como se pagan las deudas del amor". Y esas deudas no las podemos arreglar con dinero, excusas o evasivas. Inexorablemente ¡se cumplen!