Cuando uno nace llorando, dicen que es porque deja la tranquilidad del vientre materno, que le da calor, seguridad y un amor incomparable….Pasa el tiempo y aprendemos a integrarnos a un mundo mucho menos tranquilo y acogedor y debe ser por eso que los hijos con la madre tienen ese lazo indisoluble y aunque un hijo a lo largo de la vida nos haga daño, siempre estamos, las mamás, dispuestas a perdonarlos. Cada persona tiene una estructura particular que lo hace más o menos resistente al dolor. Cuidado! Una cosa es lo que decimos y otra lo que verdaderamente sentimos. Cuando uno se retrotrae a la niñez, descubrimos que en esos tiempos nos caracterizamos por la espontaneidad, por la franqueza y las mentiras las usábamos para salvarnos de una paliza o un reto…hoy se usan asiduamente para lastimar a las personas sin medir las consecuencias. El mundo pareciera haber enloquecido y las personas, víctimas y actores principales participan u observan, sin apenas darse cuenta del poder que tenemos, para reconstruir lo que pareciera perdido. Nada es fácil, cada cosa cuesta mucho, hasta en ocasiones debemos soportar humillaciones, malos tratos, indiferencia, pero lo que no evaluamos, es que algún costo hay que pagar y que el mismo Dios nos advirtió que no sería fácil. Hay dolores diferentes: pérdidas económicas, destrucción de un hogar, alejamiento de seres queridos, falso concepto de amistad, y pérdidas físicas de hijos, padres hermanos, esos golpes que desestabilizan realmente nuestra vida y hasta en ocasiones nos hacen perder el rumbo.
Hay personas a las que el dolor las transforma para mal y desean canalizarlo, lastimando a otros o haciendo pasar a otros lo que ellas pasaron; hay quienes disfrutan de causar discordia, hay quiénes se retrotraen, se aíslan o bajan los brazos, pero hay gente que pareciera de acero…se cae, se golpea, la hieren, pero siempre sigue adelante, se levanta y con el corazón partido avanza…tal vez llega al final de la vida con múltiples cicatrices, pero con la convicción de que luchando se enseña y se aprende. El dolor cala hondo, pero si nos entregamos nos destruye y siempre hay alguien por quién vivir, aún por nosotros mismos…de cada dolor se saca un gran aprendizaje que muy difícilmente se olvida, nos madura o nos desarma…
El dolor pasa y deja huellas imborrables… hay quienes dicen que no sienten dolor…¿será que no tienen corazón? Quien tiene corazón se angustia hasta con el dolor ajeno… aunque ahora hay mucha violencia, desinterés, como una desidia que lastima. Qué increíble es pensar que Dios creó al hombre para el amor y la felicidad y cuando llega el dolor nos ensañamos con El, cuando de El nos acordamos cuando nos apremia el sufrimiento. Dios no tiene la culpa de que el hombre no cuide el planeta, que contamine el medio ambiente, que ensayen explosiones riesgosas, que talen los bosques, que tiren residuos tóxicos en los ríos… todo eso y mucho más lo consiguió la ambición del hombre, el desamor, el desconocimiento del prójimo y más aún hoy se droga para escabullirse de la realidad y para que un conjunto de inescrupulosos destruyan a los seres humanos que han perdido el rumbo y a los que no, los asesinan sin darle lugar a defenderse. El hombre se ha animalizado, viola, mata, destruye sin que se le mueva un músculo. El dolor mata a algunos y fortalece a otros, pero es el hombre el que causa su propio dolor.
El dolor mata y fortalece.