Por Miguel Pettinati. - Mc 12, 28-34 Entonces se adelantó un maestro de la ley. Había escuchado la discusión y estaba admirado de cómo Jesús les había contestado. Le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Jesús le contestó: "El primer mandamiento es escucha Israel el Señor nuestro Dios es un único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que estos".
El maestro de la ley le contestó: has hablado muy bien, maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él. Y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios.
Jesús vio que esta era respuesta sabia y le dijo: "no estás lejos del Reino de Dios". Y después de esto, nadie más se atrevió a hacerle nuevas preguntas.
AMARAS A DIOS
Amarás al Señor, tu Dios. Muchas personas se extrañan al ver que este primer mandamiento no está en los 10 mandamientos de Moisés, que hablan sólo de servir a Dios. Pero lo leemos en Dt 6,4.
Amar a Dios no es un mandamiento como los demás. Pues los mandamientos señalan obras precisas que debemos cumplir o de las que nos debemos abstener; por ejemplo descansarás el día del Señor o no cometerás adulterio. En cambio, toda nuestra existencia está implicada en esto de amar a Dios.
Esa es la razón de por qué el amor de Dios no se presenta en el Nuevo Testamento como un mandamiento sino como el primer fruto del Espíritu que Dios da sus hijos, ver Rom 8,15 y 22. Dios es el primer amado (Mt 6,9-10; 1Jn 4,17), muy especialmente en la persona de su hijo, 2Cor 5,15; 1Pe 1,8. No hay auténtico amor al prójimo sin ese amor a Dios: 1Jn 5,2.
Hay personas que se creen irreprochables porque cumplen los 10 mandamientos de Moisés. Sería más exacto decir que hay llegado al nivel mínimo de moralidad que Moisés exigió a un pueblo primitivo y poco responsable hace más de 30 siglos. En vez de fijarse en este decálogo para después sentirse muy contentos de sí mismo, deberían meditar el primer mandamiento, sin el cual los demás no significan nada.
Amarás a Dios con todo tu corazón. Lo amarás más que a los seres más queridos. Te desvivirás por él, te olvidarás de ti mismo para buscar en todo lo que a él más le gusta.
Lo amarás con todo tu alma, con toda tu inteligencia. Dedicarás lo mejor de tu inteligencia a conocerlo. Analizando tu propia vida, tratarás de comprender cómo ha guiado tus pasos. Considerando los acontecimientos mundiales y los sucesos diarios, procurarás entender cómo llega el Reino de Dios. Perseverando en la oración y la lectura bíblica, eucaristía (misa) pedirás a Dios que te comunique su propio Espíritu para conocerlo mejor.
Lo amarás con todas tus fuerzas. Y dado que en esto eres muy débil, pedirás la ayuda de Cristo y tratarás de juntarte con los verdaderos servidores de Dios, usando los medios que la Iglesia pone a tu disposición.
El mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo viene en segundo lugar, porque no es posible entenderlo bien y menos aún cumplirlo, si no existe ya el amor a Dios. Lo que Dios pide es mucho más que la solidaridad con el prójimo, mucho más que la ayuda al que sufre. Debemos esforzarnos por ver al hermano tal como lo el Padre. Debemos procurarle lo que el Padre desea para él. Entre las muchas obras buenas que podríamos hacer por el prójimo, debemos elegir las que nos aconseja el Espíritu de Dios. Y todo eso requiere que conozcamos a Dios primero y que lo amemos.