Economía

El precio de dormir tranquilo (aunque el mundo ya no sea el de antes)

DÓLAR. Objeto del deseo.
Crédito: FOTO ARCHIVO

Por Guillermo Briggiler

En la Argentina hay una conducta que se repite generación tras generación: ahorrar en dólares. No importa el contexto, no importa la tasa en pesos, no importa siquiera lo que pase en el mundo. El argentino compra dólares.

Y, sin embargo, el contexto cambió. En los últimos diez años, la inflación internacional promedió en torno al 3% anual. Incluso con el shock inflacionario global post pandemia, que llevó a picos más altos en 2021-2022, el mundo sigue operando con niveles de inflación bajos en términos históricos, hoy nuevamente cercanos a entre el 3 y 4% anual.

Sin dudas el dólar ya no es esa moneda perfectamente estable que fue durante décadas y pierde también poder adquisitivo.

Sin embargo, al mismo tiempo que esto sucede, en Argentina se mantiene un comportamiento curioso para las finanzas. Lo lógico sería que el comportamiento del ahorrista se manifieste comprando instrumentos en pesos, desde dejar el dinero en billeteras remuneradas, fondos comunes o simplemente a plazo fijo. que rinden en torno al 30% anual. Una tasa que se acerca a la inflación en pesos. Pero esto no ocurre, el argentino sigue comprando dólares, el cual está alrededor de los $1500, desde hace muchos meses. Con los dólares billetes en el colchón, el ahorrista, pierde por la inflación en pesos de Argentina y pierde contra la inflación en dólares a nivel internacional.

Parecería que, al argentino, nada de eso parece importar demasiado. Porque el ahorrista criollo no compra dólares por rendimiento. Compra dólares por cobertura, por tranquilidad. Es una cuestión de salud... mental. Lo que está en juego no es una decisión financiera tradicional, sino algo más profundo: una elección bajo incertidumbre estructural. El ahorrista argentino paga un “costo de seguro” para evitar el peor escenario posible: una devaluación brusca que licúe sus ahorros en moneda local. Los antecedentes le dan la razón.

Desde esta perspectiva, resignar una tasa del 30% anual en pesos no es visto como una pérdida, sino como el pago de una prima. Una prima cambiaria. En cristiano, sería el equivalente económico a contratar un seguro contra incendios en una casa que nunca se incendió, pero que —en la memoria colectiva— ya se prendió fuego demasiadas veces.

Y ahí está la clave. La historia inflacionaria argentina, con décadas de crisis, devaluaciones y cambios de régimen, pesa más que cualquier tasa de interés actual. La confianza no se construye con una buena política monetaria de corto plazo, sino con consistencia a lo largo del tiempo.

En este contexto, iniciativas como la llamada “ley de inocencia fiscal” que busca cambiar las reglas del juego, partiendo de una premisa simple: que el contribuyente es inocente hasta que el Estado demuestre lo contrario, y no al revés, con la intención es reducir la carga de controles, presunciones y sanciones que históricamente empujaron a muchos argentinos a operar en la informalidad o a refugiarse en el dólar como resguardo frente a posibles arbitrariedades. Sin embargo, aun cuando estas reformas apunten a mejorar la relación entre el Estado y los ahorristas, el desafío sigue siendo el mismo: reconstruir credibilidad.

Porque mientras persista la desconfianza, el “seguro de cambio” seguirá siendo más fuerte que cualquier incentivo en pesos o alivio regulatorio. Y por más creativas publicidades con colchones caminantes se lancen, la gente seguirá dolarizada informalmente.

Por eso, aunque el mundo haya cambiado y el dólar ya no sea perfecto, en Argentina sigue siendo refugio. No porque sea la mejor inversión. Sino porque sigue siendo, para muchos, la única forma de dormir tranquilos.

#BuenaSaludFinanciera

@ElcontadorB

@GuilleBriggiler

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