Nota II
Por Ana Davicino. - 1994. Ruanda. Una masacre gigantesca. El resto del mundo observa sin comprender ni comprometerse. Alfredo Jaar, un artista chileno inicia un proyecto artístico que no sólo intenta hacer visible lo que sucedía, sino reflexionar sobre el rol del arte y el artista.
En “Los ojos de Guete Emerita” Jaar fotografió miles de instantáneas para sólo quedarse con una: los ojos de un pequeño sobreviviente de la matanza. Evidente no era la imagen que esperaríamos, y quizás por ello mismo nos conmueve más. Por su potencia silenciosa. Esa mirada dice mucho más de la tragedia que la imagen más atroz. Es, además, una mirada que nos mira, que no nos deja sentirnos indiferente. Por el contrario. En su mudez nos acusa por nuestra frivolidad, por el olvido al que sometemos a todo ese mundo pobre mientras nosotros consumimos. La impresión es aún mayor cuando nos encontramos esta foto (colocada en formato diapositiva) formando grandes montañas sobre las mesas.
En “Real Pictures” (1995), otra instalación que forma parte del Proyecto Ruanda, 80 fotografías, de las 3.000 tomadas por Jaar en Ruanda en agosto de 1994, se presentan encerradas dentro de cajas negras. Sobre cada una de estas cajas, un texto serigrafiado en blanco describe las fotografías a las que no tenemos acceso.
Esta estrategia que opta por las palabras para generar imágenes está pensada, como gran parte del Proyecto Ruanda, en contraposición a la construcción visual que hizo la prensa occidental del genocidio en el 94. Frente a la invisibilidad y el silencio que produjo el orden visual establecido por los medios, Jaar da forma a su experiencia leyendo en alto sus fotografías para los espectadores de Real Pictures.
Señala, también, el valor del arte como elemento necesario en la generación de duelos colectivos.
“La obra de un artista es un proceso altamente consciente y racional, al término del cual surge la obra de arte como una realidad dominada, de esto se trata y no de un estado de inspiración mística y exaltada. Para ser artista hay que captar y transformar la experiencia en recuerdo, el recuerdo en expresión, la materia en forma. Para el artista, la emoción no lo es todo, debe conocer su oficio y encontrar placer en él, comprender todas las reglas, procedimientos, formas y convenciones con que la naturaleza se puede domar y someter al contrato del arte. La pasión que consume al diletante se pone al servicio del verdadero artista; el artista no es vencido por la bestia: la doma.”