Apenas abandonó el mísero jergón, se dispuso para una nueva jornada. Como si volviera al campo de batalla. Sin miedo. Le gustaba eso, jugar voluptuosamente con la idea de regresar al tiempo en que, al redoble de su tambor, marchaba imperturbable entre los briosos caballos, sorteando los tiros de morteros y el frenético cruce de los sables.
Con extrema lentitud -al despertarse siempre tenía el cuerpo entumecido por el peso de la vejez y el agotamiento que el breve sueño no lograba aplacar-fue hasta la mesa donde todas las noches colocaba sus prendas. Se puso el pantalón, luego la camisa desprovista de botones, por último la chaquetilla que ostentaba hombreras doradas. De nuevo, al efectuar ese acto rutinario, lo embargó un sentimiento de melancolía y lástima al notar el grado de deterioro que presentaba la ropa. Con jirones en varias partes, sin huella de los colores originales. Vieja y arruinada como yo. Pero no la dejaré por nada del mundo. Orgulloso. Usarla le ayudaba no solo a revivir un pasado fulgurante, sino también a sentirse aún vital, poderoso. Le confería la certeza de seguir al lado del general Belgrano. Resuelto a obedecer sus órdenes, acompañándolo tanto en horas de triunfo como en las de infortunio y crueles derrotas. La vida le había deparado el privilegio de incorporarse a su ejército al pasar por Santa Fe en el trayecto hacia el Paraguay. Tuvo al fin la oportunidad de demostrar todo lo que sabía: marchar a caballo, empuñar una lanza, tocar el tambor. La cosecha obtenida en el Cantón de la Soledad, donde aprendió a manejar las armas y empezó a participar en el duro ejercicio de la milicia, y en las refriegas ocurridas en Buenos Aires para echar a los odiados invasores, y en los fortines que custodiaban la frontera del norte. Así aprendí a hacerme hombre, afirmaba evocando los ajetreados días en que pudo desechar todo vestigio de temor y vacilación, se hizo fuerte, salió airoso de recios obstáculos. Había valido la pena. Al ingresar en las filas del admirado general recibió la recompensa, el mejor regalo. Sus ojos mansos parecían estar siempre sobre mí. Controlándome. Atento a felicitarlo por un acto de arrojo o reprocharle un error. Sin duda se había tratado de una sugestión, producto del celo con que deseaba comportarse ante él. Pero todavía no lograba relegaría. Especialmente al cumplir el rito de ponerse el uniforme. A lo mejor es la forma de tenerlo cerca, de no encontrarme tan solo. Largos años habían pasado juntos, desde la contienda de Maracaná, pasando por Tacuarí, la masiva retirada de Jujuy y los feroces combates contra los realistas, hasta el definitivo alejamiento del general. Entonces me sentí perdido. Sin vigor ni ánimo para continuar la lucha.
Procurando desalojar los recuerdos, terminó de atar los trozos de cuero que en otros tiempos habían constituido sus impecables botines. Después fue hasta la puerta. Antes de abrirla, se detuvo. Y con una mezcla de respeto y casi morbosa delectación, deslizó las manos por el tambor colgado de la pared. Como otras veces, el instrumento gastado por el uso y la humedad le permitió establecer un rápido vínculo con aquella época en que, pese a rescatar muchos instantes de gozo y aliento, ahora, al quedar definitivamente perdida, agudizaba la comprobación de encontrarse hundido en ruinoso estado de pobreza y aislamiento. El parche que batió con euforia en la batalla de Salta e hizo sonar lúgubremente en Vilcapugio cuando sobrevino la desolación y la muerte, y al que concedió un majestuoso acorde aquel 25 de mayo de 1812 durante la bendición de la bandera nacional en Jujuy. Callado o muerto. Ya nadie quiere ni le interesa escucharlo. Reducido a una reliquia que otorgaba prestancia al rancho y debía custodiar celosamente. Luego de retirarse del ejército, no por deseo o falta de voluntad, sino por sentir el cuerpo quebrantado por más de cincuenta años de incansable bregar, una sola vez volvió a tocarlo. No obstante su férrea negativa, temiendo que la incapacidad le jugara una mala pasada y la vergüenza borrara la honra afanosamente ganada, un día claudicó. Fue por él, por el ilustre general. Para participar en el homenaje de todo el pueblo por la inauguración de una estatua ecuestre en Buenos Aires. Mi modesto tributo. El modo de expresarle mi afecto y gratitud. Aquella tarde, en la Plaza de Mayo, se vio sobrecogido por una dosis de miedo, debilidad, incertidumbre, al notar que todos, hombres, mujeres y niños, estaban pendientes de él. Inquisitivos. Ansiosos. A la espera de apreciar su destreza. Y entonces, en una tentativa por reanimarse, imaginó que los múltiples ojos eran solo dos, aquellos del general, claros y de infinita ternura. Tengo que hacerlo. Por él. No puedo fallarle en esta patriada. Aferrando los palillos con las manos reumáticas, comenzó a golpearlos sobre el tambor, al principio con trémula suavidad, a manera de ensayo, pero poco a poco, a medida que otras jornadas esplendentes lo invadían en tropel y estimulaban su cuerpo achacoso, creció el sonido. Seguro. Marcial. Impetuoso. Como si estuviera celebrando la conquista más gloriosa. Hasta que el estallido de los aplausos y las voces jubilosas colmaron el ámbito de la plaza. Un homenaje también para mí. El último. Después prevaleció el definitivo silencio para el tambor, la indiferencia y el olvido de todos para él.
Con movimiento brusco, casi huyendo, salió del rancho. El sol le azotó implacable los ojos. A pesar de parpadear repetidas veces, debió marchar más enceguecido que lo habitual hacia el centro de Santa Fe. Luego de tres o cuatro cuadras, la vieja herida en el pie que arrastraba desde la batalla de Tucumán lo obligó a disminuir el paso, a renguear de manera más ostensible. Pero no le importó el dolor. Como siempre, lograba avivar una íntima satisfacción. Es lo único que no perderé ni podrán quitarme. Recordando, con desolada impotencia, que dos días atrás el gobierno, por cuestiones económicas, le había suprimido la ración diaria de carne asignada por su carácter de sargento retirado. Como si hubieran sido inútiles mis servicios. Ningún valor tantos años de lucha por la patria.
Sofocado, buscó el apoyo de una pared. Permaneció largo rato quieto, mareado por el ruido de la calle y el presuroso andar de hombres y mujeres. Cuando pudo recobrar un poco las fuerzas, decidió iniciar la tarea. La única que ahora le permitiría sobrevivir. Con bochorno y desazón.
Mecánicamente tendió una mano.