Por Marcelo Rico
Una muerte sin cadáver
Los países no mueren de golpe. A veces ni siquiera hacen ruido. Pierden una guerra, una fábrica, una moneda o un ferrocarril y el daño se ve. Pero hay otra muerte, más lenta y bastante más eficaz. Primero se pudre el lenguaje. Después se desconfía del maestro, la universidad se reparte como botín, el arte queda de adorno, la prensa aprende a obedecer y la biblioteca se convierte en depósito. La sociedad sigue caminando, compra, vota, discute, envejece. Lo que ya no sabe es con qué palabras podría imaginarse distinta.
De esa muerte subterránea trata este ensayo. No estoy invocando una Argentina perfecta; nuncaexistió. Tampoco quiero embalsamar una república de mármol para esconder sus desigualdades, su racismo, el centralismo porteño y todas las exclusiones que cargó desde el origen. Hablo de un país contradictorio, a veces brutal, pero capaz de sostener una conversación intelectual de dimensión continental. Un país que entendió —aunque no siempre lo cumpliera— que una escuela, una editorial, una facultad, un laboratorio y un hospital formaban parte de la misma construcción.
Durante un tiempo, la Argentina fue una biblioteca gigante. No una habitación con estantes: una red de escuelas normales, universidades, cafés, revistas, teatros, hospitales, laboratorios, editoriales, cineclubes, librerías, imprentas y ateneos. Allí discutían críticos, traductores, docentes, obreros, estudiantes, científicos, lectores y herejes. Un país no piensa porque tenga dos o tres genios para exhibir. Piensa cuando consigue que el conocimiento circule y que la discusión no dependa del apellido, el dinero o la obediencia.
La frase que abre estas páginas no está puesta para decorar: «Sin haber hecho lo que hicieron, no podrían estar haciendo lo que hacen». El saqueo económico siempre necesita una preparación moral.
Antes de llamar administración al abuso hay que destruir las palabras capaces de denunciarlo. Antes de vender obediencia como sensatez hay que ridiculizar al que pregunta. Ese es el crimen perfecto contra la inteligencia: no deja humo ni una puerta forzada. Deja una sociedad incapaz de nombrar lo que le robaron.
La Argentina de hoy camina sobre el cadáver de ese crimen perfecto.
La biblioteca era un país
La construcción empezó mucho antes de su esplendor. La Ley 1420 de 1884 estableció para la Capital y los territorios nacionales una enseñanza primaria obligatoria, gratuita y gradual, y su modelo terminó ordenando buena parte del sistema educativo argentino. 1 No fue una obra limpia ni tampoco inocente.
Educó, integró a hijos de inmigrantes y, al mismo tiempo, quiso corregir o borrar culturas indígenas y provinciales que no entraban en el molde. Pero dejó instalada una herejía que todavía incomoda: el hijo del pobre no debía pedir permiso para aprender a leer.
Aquel credo escolar fabricó lectores, maestros, profesionales y una demanda cultural que pronto desbordó el aula. Entre 1938 y 1955, Buenos Aires vivió una edad de oro editorial. Los exiliados de la Guerra Civil española encontraron un mercado en expansión y participaron en sellos como Losada, Emecé y Sudamericana; la Argentina fue entonces uno de los grandes centros del libro en lengua española. 2 No salía solamente papel de las imprentas. Salían traducciones, catálogos, discusiones estéticas y una idea bastante ambiciosa: un libro podía viajar más lejos que el Estado y pesar más que un apellido.
Sur, con el mundo de clase de Victoria Ocampo a cuestas, fue una pieza importante, no la trama completa. También existían revistas políticas y científicas, editoriales populares, bibliotecas barriales y proyectos universitarios. Desde 1958, Eudeba llevó esa vocación a una escala difícil de repetir: bajo la gestión de Boris Spivacow publicó alrededor de doce millones de ejemplares hasta la intervención de 1966. Rolando García recordó que universitarios latinoamericanos e ibéricos de su generación le decían haber estudiado con esos libros. 3 Ahí el verbo educar deja de ser una consigna: alguien escribió, alguien tradujo, una imprenta bajó el precio y un estudiante situado a miles de kilómetros pudo abrir el volumen.
Aquella biblioteca era capital civilizatorio. Funcionaba mientras el maestro conservaba prestigio, el editor podía correr un riesgo, el científico tenía una institución detrás, el artista molestaba y el lector no era tratado como un cliente al que había que confirmar en sus prejuicios. Cuando ese circuito se rompe, los libros pueden seguir en los estantes. Lo que desaparece es su capacidad de producir futuro.
Córdoba habló para el continente
En 1918, los estudiantes de Córdoba no escribieron un manifiesto para consumo interno. Lo dirigieron alos «hombres libres de Sudamérica». Reclamaron autonomía, cogobierno, libertad de cátedra, modernización científica y extensión universitaria. La revuelta nació en una universidad provincial y antigua, pero atravesó Perú, Chile, Cuba, Colombia, Guatemala y Uruguay; después alcanzó Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela y México. 4 La Argentina no se limitó a recibir estudiantes del continente. Ayudó a construir el lenguaje político con el que muchas universidades latinoamericanas aprendieron a discutir su propio poder. Digo que la Argentina educó a casi toda América Latina no estoy inventando una mayoría estadística. Eso sería macanear. Estoy hablando de una influencia más profunda: la Reforma de Córdoba modificó la gramática universitaria de buena parte del continente. Instaló la idea de una universidad capaz de gobernarse con sus claustros, discutir al poder, producir ciencia y salir de sus paredes. No fue una clase impartida desde un púlpito argentino. Fue una rebelión que otros países tomaron, discutieron y volvieron propia.
La tragedia está ahí mismo: el país que ofreció esa gramática fue también uno de los que más veces la pisoteó. Cada gobierno defendió la autonomía mientras estaba afuera y empezó a relativizarla apenas ocupó los despachos. Ideas nos sobraron. Lo que nunca conseguimos fue continuidad. Cada facción entró a la universidad con una escoba, una lista de enemigos y esa soberbia infantil de creer que la historia acababa de comenzar con ella.
La universidad sin caja registradora
El 22 de noviembre de 1949, durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, el Decreto 29.337 eliminó los aranceles en las universidades nacionales. La matrícula pasó de unos ochenta mil estudiantes acerca de ciento cuarenta mil en los cinco años siguientes, según una reconstrucción de la Universidad Nacional de Córdoba. 5 Un año antes se había creado la Universidad Obrera Nacional, origen de la actual Universidad Tecnológica Nacional, con facultades regionales vinculadas al mundo industrial. 6 La gratuidad no fue un trámite administrativo. Cambió quién podía atreverse a imaginar un título en la mano.
No hace falta inflar la historia para medir su alcance. En 2021 había 117.820 estudiantes extranjeros en el sistema universitario argentino y el 95,93 por ciento provenía de países de América. 7 En 2023, las instituciones estatales registraban 82.797 alumnos extranjeros; la UBA reunía 38.185 y, en las carreras estatales de medicina, más de una cuarta parte del alumnado era extranjero. 8,22 Estas cifras no demuestran que aquí se haya educado a «la mayoría» del continente. Demuestran algo bastante serio: durante décadas la Argentina abrió sus universidades sin cobrar matrícula a generaciones llegadas de casi toda América Latina.
El hospital sin aduana
La misma idea de país tomó cuerpo en la salud pública. Entre 1946 y 1954, Ramón Carrillo, primer ministro de Salud de la Nación, condujo una expansión que llevó las camas hospitalarias públicas de 66.300 a 132.000 y desplegó campañas contra la tuberculosis, el paludismo, la sífilis y la mortalidad infantil. 9 Hay que decirlo entero, aunque arruine la comodidad de los relatos partidarios: el gobierno que presionaba la autonomía intelectual también construía capacidad sanitaria y convertía la medicina social en política de Estado.
También por eso sostengo que la Argentina curó a América Latina. No a toda, no siempre y no por milagro. No existe una estadística histórica capaz de contar a cada paciente extranjero, y no voy a inventarla. Lo documentado alcanza: estudiantes latinoamericanos se formaron en medicina, profesionales hicieron residencias, familias migrantes entraron a los hospitales y la ley estableció que la irregularidad migratoria no podía cerrar una guardia. A veces el país educó y curó a la misma persona: primero la formó como médica; después esa médica atendió a otros. 10
La verdad difícil del primer peronismo
Hasta aquí, el reconocimiento. Ahora viene la parte que el relato partidario suele esconder. La gratuidad universitaria y la expansión sanitaria no absuelven al primer peronismo de su autoritarismo cultural. En 1946 las universidades fueron intervenidas y numerosos docentes opositores renunciaron o quedaron cesantes. La Ley 13.031 de 1947 reorganizó el sistema bajo una fuerte tutela del Poder Ejecutivo y debilitó la tradición reformista. El gobierno abrió la universidad a nuevos sectores sociales, pero quiso controlar lo que allí se pensaba. Más estudiantes, sí; más disenso, no. El pueblo podía entrar a la cultura siempre que la cultura supiera quién mandaba. 11
La tutela también fue moral. En 1950, al proclamar las Veinte Verdades Peronistas, Perón afirmó: «Para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista». Dentro de un movimiento puede sonar a fraternidad. Pronunciada desde el Estado, la frase hace otra cosa: borra la frontera entre pertenencia partidaria y pertenencia nacional. Cuando un partido se apropia de la palabra pueblo, el que queda afuera deja de ser adversario y empieza a ser antipueblo, oligarca, traidor o enemigo. 12
Ahí se armó una de las grietas más venenosas de nuestra política. El peronista dejó de presentarse como un argentino con una doctrina y pasó a ocupar el lugar de la Argentina verdadera. Al opositor ya no se lo discutía solamente por sus argumentos: se sospechaba de su nacionalidad moral. Una facción se declaró totalidad. Desde entonces, demasiados gobiernos confundieron lealtad con ciudadanía y conducción con obediencia.
En 1971, durante las entrevistas filmadas por Fernando Solanas y Octavio Getino, Perón expuso esa lógica sin maquillaje: «Al amigo, todo; al enemigo, ni justicia». Atribuyó la frase a un viejo amigo brasileño, pero la incorporó a su explicación del método de conducción. No la uso como una prueba mecánica de cada decisión tomada entre 1946 y 1955; eso sería históricamente torpe. La leo como una confesión tardía de una gramática que ya estaba funcionando. Cuando el adversario se convierte en enemigo, la ley deja de ser el piso común: se transforma en premio para el leal y castigo para el disidente. 23
Al regresar al país, Perón corrigió aquella sexta verdad y dijo: «Para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino». La rectificación fue valiosa y, al mismo tiempo, reveladora. El propio Perón terminó reconociendo el daño de haber colocado al movimiento por encima de la comunidad nacional.
El problema es que la corrección llegó después de décadas de haber educado la sensibilidad política en la frontera entre leales y enemigos. 24
El primer peronismo hizo entrar a hijos de trabajadores en la universidad y encarceló voces que no pudo domesticar. Fundó la Universidad Obrera y subordinó la autonomía. Duplicó las camas hospitalarias y levantó un aparato de lealtad. No hay dos peronismos distintos en esas escenas: hay una misma contradicción. Se puede democratizar el acceso y empobrecer la libertad de lo que se entrega. Se pueden repartir libros y exigir que todos subrayen la misma página.
Victoria Ocampo: un expediente, no una estampita
No necesito convertir a Victoria Ocampo en una estampita para defender su libertad. Fue aristocrática, cosmopolita, antiperonista, editora y fundadora de Sur. Sus privilegios existieron; su trabajo cultural también. Abrió una conversación internacional que un país periférico necesitaba y sostuvo una revista donde convivieron escritores, traductores y disputas que excedían a la Argentina. No representaba a todo el pueblo. Tampoco tenía que hacerlo para conservar el derecho a pensar sin permiso.
En mayo de 1953 fue detenida y pasó veintiséis días privada de la libertad, primero incomunicada y después en la cárcel del Buen Pastor. Los registros penitenciarios la identifican como presa política y los estudios documentales señalan que no recibió una explicación clara de la acusación. 13 El caso no encierra a toda la cultura argentina dentro de una celda; muestra algo más concreto y más sucio: el poder entendió que podía encarcelar a una intelectual opositora sin respetar el cuidado jurídico que separa a un gobierno de una facción.
Defenderla no obliga a compartir su clase, su estética ni su lectura del peronismo. Ahí se prueba la cultura libre: en la libertad del adversario que no nos resulta simpático. A Ocampo se la puede discutir, señalarle cegueras y privilegios, refutarla con dureza. Lo que no se puede es contestar una revista con una cárcel. Cuando una crítica necesita policías, ya admitió su derrota.
Esto no lo aprendí solamente en los libros. En Arte Más Arte realizamos ciento cincuenta y dos eventos en casi seis años, y allí expusieron varios de mis detractores. Podía discutir sus miradas; no tenía derecho a apagarla ni a cerrarles la puerta. No soy santo y no pienso posar de tolerante. Sencillamente no quise convertirme en dictador de la pequeña parcela que me tocaba cuidar. La libertad que protege solo a quienes aplauden no es libertad. Es una corte de aduladores.
El revólver cambió de mano
La autopsia no termina en 1955. El golpe que derrocó a Perón prometió liberar la universidad y, al mismo tiempo, comenzó a desperonizar sus claustros. El Decreto-Ley 4161 de 1956 prohibió símbolos, palabras y formas de propaganda peronista. 14 Se reincorporó a docentes expulsados por el gobierno
anterior, pero también se apartó a profesores identificados con el régimen depuesto. Los perseguidos de ayer tuvieron la oportunidad de convertirse en comisarios de pureza al día siguiente. El revólver había cambiado de mano; la tentación era la misma.
Eso no vuelve ficticia la renovación universitaria de 1955 a 1966. Hubo modernización, ciencias sociales, los institutos científicos y el gobierno reformista de la universidad mostraron lo que el país podía hacer cuando el conocimiento encontraba una institución que lo sostuviera. Pero esa edad de oro nació con una fisura:se pretendía proteger la inteligencia decidiendo de antemano qué inteligencia merecía ciudadanía.
El 29 de julio de 1966, la dictadura de Juan Carlos Onganía terminó de quebrar aquel ciclo. Suprimió la autonomía y el cogobierno. La policía entró en facultades de la UBA, golpeó a autoridades, docentes y estudiantes, detuvo a cientos y desató renuncias masivas. Fuentes de la propia universidad registran más de 1.300 docentes que abandonaron sus cargos y alrededor de 300 académicos que continuaron trabajando en el exterior. 15 «Fuga de cerebros» es una expresión demasiado prolija. Esos cerebros no se fugaron: los echaron a bastonazos.
La Noche de los Bastones Largos mostró en unas horas lo que el poder suele hacer de manera más discreta. Se pueden destruir décadas de acumulación científica en una noche y tardar generaciones en pagar la cuenta. Un laboratorio no es un mueble que se repone en una licitación. Un equipo de investigación está hecho de confianza, aprendizaje compartido, discusiones, errores y tiempo. Golpear a un profesor lleva segundos. Reconstruir la escuela que se va con él puede no ocurrir nunca.
El baño que una dictadura no pudo tolerar
El Instituto Di Tella fue otra sala de aquella biblioteca. En los años sesenta reunió arte, teatro, música, diseño y experimentación en contacto con circuitos internacionales. No era un paraíso sin mercado, jerarquías ni vanidades. Era algo más sencillo y, para un autoritario, más peligroso: un lugar donde todavía no estaba decidido qué podía ser una obra.
En 1968, durante la muestra Experiencias, Roberto Plate construyó una instalación que simulaba un baño público. Los visitantes llenaron sus paredes con grafitis contra Onganía. La policía clausuró la obra y los demás artistas retiraron o destruyeron las suyas en solidaridad. 16 Una dictadura que pretendía reorganizar la Nación no soportó una pared escrita. El poder autoritario tiene ese ridículo íntimo: se viste de acero y tiembla frente a un marcador.
El Di Tella no terminó por una causa única. Hubo presión política, censura, conflictos morales y problemas económicos. Culpar a un solo verdugo sería reemplazar la historia por una consigna. Pero el caso Plate marca el momento en que el poder entra en el espacio experimental y obliga al artista a calcular antes de crear. Después ya no hace falta un policía en la sala. La censura se instala adentro de la cabeza y empieza a corregir la obra antes de que exista.
El terror aprendió a archivar
La devastación de los años setenta no comenzó mágicamente el 24 de marzo de 1976. Después de la muerte de Perón, el gobierno de Isabel Perón entregó el Ministerio de Educación a Oscar Ivanissevich yla intervención de la UBA a Alberto Ottalagano. En Exactas, testimonios institucionales recuerdan el cierre de la facultad, la presencia policial, las amenazas y el exilio de profesores antes del golpe. 17 La Triple A ya había convertido una discrepancia en peligro físico. La dictadura no inventó el territorio del terror: encontró caminos abiertos y los asfaltó.
Desde 1976, todas las universidades nacionales fueron intervenidas y sometidas a control ideológico. Se restringió el ingreso, se cerraron carreras, se expulsó a docentes y estudiantes y se persiguió a integrantes de la comunidad universitaria. 18 Sólo en la Facultad de Arquitectura de la UBA se documentaron 117 estudiantes y docentes desaparecidos. 19 En la Universidad Nacional de Córdoba, los relevamientos superan los doscientos miembros de su comunidad asesinados o desaparecidos. 20 La muerte que antes parecía abstracta empezó a tener nombres, legajos arrancados, familias rotas y aulas vacías.
La guerra contra la inteligencia también se hizo bibliografía prohibida. En 1980, por orden judicial durante la dictadura, alrededor de un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina fueron quemados en un baldío de Sarandí. 21 Parece una metáfora escrita con demasiado énfasis, pero ocurrió. Ardieron durante días. Antes habían sido catalogados, secuestrados y declarados peligrosos. El terror moderno no se limita a quemar: primero ordena los papeles y confecciona el inventario.
La biblioteca argentina no murió solamente por abandono o administración mediocre. A veces la incendiaron de verdad. Sin embargo, el fuego más persistente vino después, cuando el miedo sobrevivió a los uniformes. Profesores que evitaron ciertos temas, editores que calcularon riesgos, familias que enterraron libros, jóvenes que aprendieron a callar. La censura dejó de dar órdenes porque ya había conseguido algo mejor: convertirse en reflejo.
Matar la inteligencia sin dejar cadáver
La democracia recuperada en 1983 normalizó las universidades, restituyó libertades y abrió una expansión que sería mezquino negar. Se crearon nuevas instituciones, creció la matrícula y regresó la investigación. La otra Argentina no desapareció por completo. Siguió respirando en docentes mal pagados, hospitales exhaustos, editoriales pequeñas, bibliotecas populares y científicos que volvieron o formaron equipos nuevos. Sobrevivió porque hubo personas que sostuvieron el trabajo cuando casi todo invitaba a abandonarlo.
Pero una urna no vuelve virtuosa a una institución. La universidad pública también puede ser ocupada por facciones. Puede hablar de política —la discusión sobre lo común— y degradarse en partidismo, reparto de cargos y obediencias. Puede pronunciar discursos emancipadores mientras tolera concursos
opacos, burocracias defensivas, carreras docentes precarias y estudiantes usados como tropa. Una institución crítica demuestra su valor cuando somete a crítica incluso las consignas que más le gustan.
El antiintelectualismo actual casi nunca necesita prohibir un libro. Le alcanza con rebajar al profesor, burlarse del científico, llamar «curro» a toda institución que no comprende, comprar al periodista y convertir al artista en empleado de festival. Después aparece el algoritmo y hace el resto: premia la velocidad, la indignación y la certeza instantánea; castiga la duda, el contexto y cualquier frase que no quepa en una pantalla.
La biblioteca gigante no ardió una sola vez. La administraron mal, la intervinieron, la purgaron, la repartieron, la precarizaron y finalmente la volvieron objeto de burla. Su ruina más grave no es un edificio vacío. Es un ciudadano que confunde opinión con pensamiento porque nunca le enseñaron la diferencia. Cuando una sociedad pierde memoria, cualquier mediocre puede presentarse como fundador, cualquier enano moral como estadista y cualquier cromañón en político salvador.
Autopsia, no nostalgia
No quiero resucitar aquella Argentina copiando sus decorados. No hace falta volver a una universidad pequeña para recuperar excelencia, ni restaurar una cultura oligárquica para defender el rigor, ni pedir un Estado paternal para proteger lo público. La nostalgia conserva cadáveres; la memoria permite interrogarlos. Lo que vale la pena recuperar es la ambición, sin traer de vuelta las exclusiones que la acompañaron.
Y acá se termina la comodidad del culpable único. El peronismo intervino universidades, persiguió opositores y construyó una política de lealtad, pero también hizo gratuita la enseñanza superior, creó la Universidad Obrera y expandió una capacidad sanitaria extraordinaria. Nada de eso fue un regalo del gobierno: lo pagó el pueblo argentino. Al pueblo argentino, salud.
El antiperonismo devolvió autonomía y produjo una renovación académica, pero proscribió, purgó y reservó la libertad para los no peronistas. Las dictaduras llevaron la violencia desde la cesantía hasta el bastón, la desaparición y la hoguera. La democracia reconstruyó instituciones, aunque no siempre evitó que las burocracias y las facciones aprendieran a vivir de ellas.
A la Argentina no la asesinó una sola mano. La empujó una fila larga de manos limpias en la fotografía oficial y sucias en el archivo. Unas firmaron decretos; otras confeccionaron listas; muchas miraron hacia otro lado. También estuvieron quienes aprovecharon la cátedra vacante, el medio silenciado o el científico exiliado.
Y hubo manos que sostuvieron: maestras, médicos, enfermeras, bibliotecarios, imprenteros, profesores, estudiantes y lectores que conservaron el fuego sin usarlo para incendiar al adversario.
Este ensayo conversa con El manto oscuro de la memoria, Pobre Miguelito, Tratado del culo, Los miserables y Ramal que muere, pueblo que calla. Son trabajos distintos, pero todos nacen de la misma sospecha: un país borra a quienes le recuerdan lo que pudo haber sido.
A los pilotos argentinos que combatieron contra el fascismo los volvió incómodos para ciertos relatos. A
sus intelectuales, artistas, universidades y científicos los disciplinó cada vez que desobedecieron laversión oficial de turno.
El olvido no es un agujero inocente. Casi siempre alguien se beneficia con lo que falta.
Recuperar la biblioteca exige presupuesto; sin presupuesto, el resto es teatro. Pero el dinero solo no alcanza. Hace falta autonomía sin feudos, ciencia con tiempo, hospitales que puedan atender, editores dispuestos a arriesgar y una cultura que no confunda pueblo con obediencia ni excelencia con privilegio.
Hay que volver a respetar al que sabe sin arrodillarse ante él y dejar de premiar al ignorante orgulloso por su utilidad política.
Cuando se destruye una fábrica se pierde producción. Cuando se destruye una biblioteca se pierde la posibilidad de pensar el futuro. La otra Argentina no necesita un mausoleo. Necesita continuidad: una política capaz de impedir que cada facción inaugure el país sobre las ruinas de la anterior.
Si seguimos quemando maestros, científicos, artistas y lectores para alumbrar el presente, la biblioteca dejará de ser un faro. Será otra hoguera.
La riqueza decisiva de un país no está en el petróleo que extrae, en los minerales que arranca de la tierra ni en la soja que exporta. Está en la calidad de la educación con la que transforma esos recursos y a sí mismo en futuro
Notas y fuentes
Las interpretaciones y los juicios pertenecen al ensayo. Las fechas, normas y cifras fueron contrastadas con las fuentes que siguen. En los datos contemporáneos se conserva el alcance preciso de cada norma —nacional, provincial, universitario o migratorio— según corresponde. Consulta realizada en julio de 2026.
1. Ley 1420 de Educación Común (1884), texto y ficha oficial de la República Argentina. Fuente en línea
2. Biblioteca Nacional Mariano Moreno, La patria imaginaria. Editores españoles en Argentina, sobre el auge editorial y los sellos del exilio español.
Fuente en línea
3. Universidad de Buenos Aires, Eudeba hasta 1966; y Rolando García, testimonio sobre la circulación continental de sus libros. Fuente en línea
4. Universidad Nacional de Córdoba, Una Hora Americana, reconstrucción de la proyección continental de la Reforma Universitaria de 1918.
Fuente en línea
5. Universidad Nacional de Córdoba, Decreto 29.337 de 1949 y evolución inicial de la matrícula universitaria. Fuente en línea
6. Universidad Tecnológica Nacional, historia institucional de la Universidad Obrera Nacional creada por la Ley 13.229 de 1948. Fuente en línea
7. Secretaría de Políticas Universitarias, Síntesis de Información Universitaria 2021: cantidad y procedencia de estudiantes extranjeros. Fuente en
línea
8. Decreto de Necesidad y Urgencia 366/2025: datos de estudiantes extranjeros y modificaciones a salud, migraciones y educación superior.
Fuente en línea
9. Decreto 1558/2005, Año de Homenaje al Dr. Ramón Carrillo: expansión de camas y resultados sanitarios entre 1946 y 1954. Fuente en línea
10. Ley de Migraciones 25.871, texto original, especialmente artículos 6, 7 y 8 sobre igualdad de acceso, educación y salud. Fuente en línea
11. Ley 13.031 de 1947, nuevo régimen de universidades nacionales; complementada con Pablo Buchbinder, Historia de las universidades
argentinas, Sudamericana, 2005. Fuente en línea
12. Educ.ar, Las veinte verdades del justicialismo, leídas por Juan Domingo Perón desde los balcones de la Casa de Gobierno el 17 de octubre de
1950. Fuente en línea
13. Universidad Nacional de La Plata, estudio documental sobre Victoria Ocampo y sus veintiséis días de prisión en 1953. Fuente en línea
14. Decreto-Ley 4161/1956, prohibición de elementos de afirmación ideológica o propaganda peronista. Fuente en línea
15. Universidad de Buenos Aires, Noche de los Bastones Largos: intervención, represión, renuncias y exilio académico. Fuente en línea
16. Universidad Torcuato Di Tella, archivo de Experiencias Visuales 1968 y censura de la obra de Roberto Plate. Fuente en línea
17. Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, El terror antes del terror, testimonios sobre la intervención de 1974. Fuente en línea
18. Universidad Nacional de Córdoba, cronología sobre intervención universitaria y control ideológico durante la dictadura de 1976-1983. Fuente en
línea
19. Museo Sitio de Memoria ESMA, registro de 117 estudiantes y docentes desaparecidos de la Facultad de Arquitectura de la UBA. Fuente en línea
20. Universidad Nacional de Córdoba, relevamiento provisorio de más de doscientos integrantes de su comunidad desaparecidos o asesinados.
Fuente en línea
21. Archivo General de la Nación / Centro Documental ACUMAR, registro de la quema de alrededor de un millón y medio de libros del Centro Editor
de América Latina en 1980. Fuente en línea
22. Secretaría de Políticas Universitarias, Anuarios de Estadísticas Universitarias 2015-2023: serie anual de matrícula estatal y estudiantes
extranjeros, incluida su distribución institucional. Fuente en línea
23. CEDINPE / Universidad Nacional de San Martín, Juan Domingo Perón, Actualización política y doctrinaria para la toma del poder: entrevista
realizada por Fernando Solanas y Octavio Getino en Madrid en 1971. Fuente en línea
24. CEDINPE / Universidad Nacional de San Martín, Para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino: discurso de Juan Domingo Perón ante representantes políticos y sociales, 14 de diciembre de 1973. Fuente en línea