Cerca de fin de año, los japoneses pudieron observar en vivo a la naturaleza trabajando intensamente. El 20 de noviembre, a unos 1.000 kilómetros al sur de Tokio, científicos detectaron una fuerte actividad volcánica submarina. Enseguida la Guardia Costera sobrevoló la zona, en el archipiélago de Ogasawara. Las cámaras de los noticieros transmitieron impresionantes imágenes de una columna de humo blanco, de 600 metros, y de otra nube de ceniza negra. Las explosiones provocaron la aparición de una nueva isla que triplicó su tamaño en tiempo récord: desde que emergió, su tamaño se incrementó en más de 20 metros de altitud y ya tiene más de 250 metros de ancho. Los expertos indican que, aunque suelen ser erosionadas y volver al océano en pocos días, esta sería permanente.
Setsuya Nakada, profesor de vulcanología en la Universidad de Tokio y uno de los especialistas a cargo de la investigación, aseguró luego de sobrevolar la zona que la actividad volcánica en la nueva isla continúa, pero que el magma se habría solidificado y endurecido en la superficie, indicios de que la formación puede quedar permanentemente. Este pequeño islote, el primero en emerger en Japón en 27 años, se formó como consecuencia de una erupción en una zona que no registraba actividad volcánica en casi 40 años.