(Por Edgardo D. Peretti). - Los largos años de vivencias porteñas no han logrado – aún, creo- sacarme los vicios y el ejercicio del asombro que porto de fábrica; ese del gringuito del interior que se asusta ante la inmensidad del cemento y se pregunta por el anonimato de las almas que pululan por sus alrededores.
Todo tiene sus ventajas. En algunas otras cuestiones que llevan el inconfundible aroma a barro de la infancia, le sirve para entender otras cosas; las magias de las noches, por ejemplo.
Como dice Atahualpa Yupanqui, la tarde mostraba degüellos de soles, cuando el gusano ferroviario (el subte) me dejó en la estación Lacroze. Era lunes y cuando uno sale al aire, se encuentra con una ciudad dentro de la misma urbe: el camposanto (o no) de la Chacarita. Casi cien hectáreas, con más de un siglo largo de existencia (o de lo que queda, por decirlo mejor) que alberga a casi dos millones de restos, según dicen, ya que la cuenta no siempre es exacta.
El tipo está parado en la salida, cerca de la escalera que despide a unos pocos locos que le quieren ganar al tiempo. El subte ya se fue cuando llego al extremo, a la vereda, y me pasa el dato. Sabe lo que busco y no abunda en explicaciones:
Esta noche, el “Polaco” – para agregar, llevando la comisura de los labios casi hasta la oreja- el “Mudo” no va…
La traducción del mensaje es el siguiente: Roberto Goyeneche actúa esta noche; quizás lo acompañe Aníbal Troilo y Carlos Gardel no asiste. No se asuste el lector, no es fulería (SIC), es imaginación pura. La ciudad que surge detrás de los muros tiene esas cosas de magia que pocos entienden, salvo los iniciados.
Cruzo la avenida Corrientes, despoblada de gente, pero luminosa como siempre. La entrada del público es por una puerta lateral. El mismo tipo que me dio el dato está en el ingreso. Aquí no se cobra entrada material, el acceso está garantizado a los creyentes y crédulos; si sos tanguero, tenés ingreso al VIP, ámbito que sugiere el aporte de una ginebra como consumición base.
Somos varios los asistentes. Hay mujeres y hombres, jóvenes las damas, veteranos los masculinos, tirando a segunda selección. Me incluyo en el rubro, por las dudas.
El largo camino hacia el sitio de actuación ya no se hace a pie. No. El gobierno de la ciudad ha provisto unos pequeños transportes eléctricos que llevan a los grupos por los distintos sitios del lugar. A esta hora, obvio, estás todos disponibles. Me dicen que son chinos, por eso obligan a agachar la cabeza al transportado y se advierte que las puertas se abren por efecto de la casi nula amortiguación y los adoquines desparejos de la calzada. Esto último ni hace parpadear al rafaelino que alguna vez dejó varios dientes en la querida calle Sarmiento, antes que el “Gallego” Muriel (padre) la repavimentara, allá por los ochenta.
Hay silencio en el micro chino. Ni una palabra, apenas la fragancia fina de las damas; los tipos suman pucho y caña; aunque percibo un aroma a “Amargo Obrero” en la oscuridad.
La plaza. El sitio. No es algo exclusivo. No hay sillas, ni butacas, y el público somos unos treinta bichos raros que queremos transportarnos en la magia. Están todas las tumbas en silencio, aunque me tienta saber si estará Sandrini, inmortalizado como “Felipe” en el bronce. Nada de eso. A la exacta medianoche, el Gordo Troilo estira el fueye y, apenas a unos metros al costado, el “Polaco” arranca con “La última curda”.
El mundo (este mundo) se detiene. Ya no hay sombras en esta pampa de dolores en viaje. Los asistentes no se mueven, algunos tiemblan; cuando empieza con “María” percibo lágrimas que se iluminan con una luna que no veo. No importa quién, cómo o cuando. Los tangueros están en trance, en un viaje al tiempo de sus historias de amor y pena. Con “Sur” el clímax es total. Un orgasmo de poesía se devora las “eses” que Goyeneche acaricia, casi como Diego un tiro libre. “Es el último”, me avisa el tipo. Ni siquiera reacciono. Desde un costado, el maestro Pugliese arranca con “La yumba” y le pega de un tirón hasta que un manto de silencio hace de telón y el piso se queda con los resabios de las últimos notas. Esta era la sorpresa. Valió la pena.
En este plano no hay autógrafos, ni trato con los artistas; la presentación ya terminó y el grupo de privilegiados delirantes que fuimos público emprendemos el retorno a la puerta.
Silencio tanguero. A lo lejos llega música más ruidosa, más conocida. “Es Gilda”, asegura el guía pero no se detiene; ninguno de los contertulios osaría a mancillar el sacro momento Pichuco/Polaco con otra cosa, aunque debo ser la excepción; a mí mis gusta Gilda.
No me atrevo a mencionarlo. “Lástima que no viejo el Mudo”, es la frase de despedida del tipo. La verdad, hubiese sido demasiado.