En los primeros días de diciembre pasado, recibí una hermosa tarjeta. Al abrirla no pude ocultar mi alegría. El “Tato”, un chico a quien queremos mucho, me enviaba la invitación para su casamiento. Me sorprendió un poco dónde realizaban la fiesta. En el salón del Hipódromo...
Hacía tanto tiempo que no concurría más por esos lugares que, debo reconocer, esperé con impaciencia la llegada del día de la fiesta.
Llegó el sábado en cuestión y con él, el hermoso rito de siempre. La Catedral, saludos, abrazos, besos, buenos augurios. El auto iluminado, los novios radiantes, la caravana detrás de ellos, con sus bocinas por el bulevar. Era la vieja historia de toda la vida, el comienzo de una nueva etapa, la alegría de toda la familia y amigos.
Pero yo estaba un poco nervioso, cómo les diría, casi ausente, pensaba que iba a volver a un lugar muy “caro” para mí, un “cacho” de mi vida, de mi juventud, allí donde hacía casi 30 años concurría casi todos los domingos y fiestas importantes a “pegar una mirada” o tal vez, muchas veces jugarme unos “boletos” a las “patas” de los “burros”, como se decía por entonces, en la clásica “Enciclopedia Burrera”.
Luego de la llegada de los novios y después del tradicional vals, no pude disimular una gran emoción, al entrar al salón... Allí todavía quedaban algunas fotografías, en sus viejas paredes, de aquellos grandes premios turfísticos de nuestra ciudad. Recuerdos de una época de gloria del turf rafaelino. A lo mejor, para mucha gente, es un lugar más, olvidado, abandonado, pero para los “burreros de ley”, es el templo de muchas tardes de delirio, de alegrías y también de fracasos, ¿por qué no?... Pero fue y será una pasión y como tal, tenemos que aceptar las malas y las buenas. Y esa es la ley de las carreras.
Mientras cenábamos se me acercó un “muchacho”, casi de mi edad y me dijo por lo bajo: “Che Petiso, los mangos que nos habremos tirado aquí ¿no?... Cuántos boletos rotos, con los ‘Pingos’, ¿te acordás?... Y pensar que ahora... mirá cómo está todo esto, me dijo con tristeza, pero esos fueron otros tiempos, lindos tiempos, viejo... Yo a la gente de hoy ya no la entiendo”, y meneando la cabeza, se alejó entre las mesas.
Era una noche calurosa. Salí como para tomar un poco de aire, por las luces del salón se divisaban a lo lejos las blancas empalizadas de la pista, casi cubiertas por los yuyos. Me fui caminando despacio... observando aquellas ventanillas ahora cerradas, mudos testigos, donde en otras épocas de oro, se agolpaban los muchachos para jugarle a su caballo preferido o aquel que le habían recomendado o la “fija” que se marcaba como favorito.
Todo estaba en silencio... Casi sin darme cuenta estaba frente a la tribuna popular, subí algunos escalones... Me senté y por unos momentos medité, solo. Como suele ocurrir, recordé cosas, cosas lindas del ayer...
Me pareció por un momento que la tribuna estaba llena de aficionados, al lado, la oficial, donde se reunían todas las autoridades, mientras Don Leonildo Alemandi izaba la bandera para dar comienzo al espectáculo. Los caballos nerviosos, allá en las “gateras”, los jockeys con sus chaquetillas multicolores, la multitud en silencio, expectante. Se iba a largar la Primera de la tarde, la clásica fiesta dominguera. La fiesta “burrera” de la ciudad.
Allí estaban casi todos, la barra del “Victoria”, de “La Gloria”, los muchachos de “Los Rafaelinos”, del bar “Moreno”, los infaltables del “Roberto Grau”, también los del boliche de “Merli”, el “Viejo” Sincovich, nervioso, porque corrían dos potrancas de su stud; al “Chunca” Aimino, mordiendo su toscano; a mi amigo, el jockey Garcilazo que venía de Santa Fe y corría la 5ª carrera; a los hermanos Pavetti, aquellos del barrio Córdoba, “cinchando por su pollo”; a los hermanos Abriatta, con el saco blanco en el brazo y que, antes de ir a laburar, se jugaban unos boletitos; al flaco Enrico y a tantos que ya no recuerdo... pero no, cómo me voy a olvidar del “Colorao” Bessone, cuando en aquel 24 de octubre de 1958, gritó “largaron”, tirando el sombrero en aquel memorable premio Guillermo Lehmann, uno de los más importantes del país, orgullo de los rafaelinos, en la fiesta de la ciudad, cuando todavía era “feriado” y que nuestro caballo le ganó a los mejores “pingos” del país... casi nada.
¡Cuántos recuerdos! ¿Qué te puedo decir?... Si hasta lo vi al “Gordo” Nevado con el Nelde Bertoldi, quemando los últimos mangos, detrás de ese “zaino” que no podía perder... Y allá, en el último escalón, a mi amigo, el recordado “Chito” Angelini, con el Omarcito Bertona, los de Independiente, que me gritaban: “¡Petiso, jugale a la yegua, que es ‘fija’ nacional!”...
¡Carajo! Casi aflojé, pero no, los burreros no debemos llorar, pensé para mis adentros y bajando presuroso de las escaleras me encaminé feliz, como si fuera a cobrar una “redoblona”. Casi, casi escuché, a lo lejos, como en el tiempo, como en un sueño, aquel canto del Zorzal Criollo: “Leguisamo solo, gritan los nenes de la popular, Leguisamo solo, gritan a coro los de la oficial, Leguisamo viejo y peludo y el “Pulpo” cruza el disco triunfal...”, mientras en el salón, ponían otro disco de la Mona Giménez...
Para todos los burreros del ayer.
Escrito en marzo de 1998