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Estética del sometimiento

"Un lazo rojo" de Ramiro Rodríguez es una obra que tiene la originalidad de una creación colectiva, donde se aunaron las actuaciones y la dirección a favor de la construcción de la puesta en escena y la creación de un texto con dramaturgia propia, como consecuencia de un proceso productivo de dos años. Valió el esfuerzo, fueron fructíferas las voluntades unidas en esta historia que conserva la capacidad de una narración voluntaria y asumida premeditadamente, donde inicio, nudo y final son partes de un todo constituido y delimitado en una estética cuidada y prolija. Las excelentes actuaciones de Marcela Bailetti y Marcelo Gieco demuestran su experiencia y garantizan el acontecer de una historia oscura y perversa. Merecen las intervenciones de Ramiro una apreciación aparte, ya que el director y dramaturgo, supo conjugar adecuadamente el lenguaje teatral y actoral junto al lenguaje cinematográfico, generando una interrelación permanente y atractiva que significó un gran desafío.


ESCENOGRAFIA MOVIL 

Una pareja decide unas vacaciones en un lugar del que nunca sabemos, pero al que todo el tiempo el transcurrir de la obra irá bordeando, conduciéndonos hasta llegar a sorprendernos. Con la intención de pasar un tiempo ahí se instalan dos personas, una pareja, idea que será puesta en duda ya que nada hay parejo en esa dupla que los reúne o tal vez lo único que logra hacerlo es la persistencia en sostener lo insostenible. Primero la llegada al mar, vuelto escena a través de imágenes en movimiento recreadas y proyectadas en el suelo, hará que las olas parezcan avanzar y el sonido ambiente junto a los diálogos iniciales sugieran que ahí llegamos, para observarlos. Luego el bosque, móvil, con la instantaneidad del movimiento se resignifica tantas veces como los objetos que le dan forma, luz y color. 

Helena y Francis descargan de a uno sus artefactos útiles para el camping. Una mesa plegable, una valijas alemana, los instrumentos útiles para el mate acompañados de una pava verde que puede contener hasta trece mates consecutivos, junto a una silla de jardín y una conservadora serán algunos de los elementos que los acompañen. Cada uno de ellos guardará su espacio íntimo y replicará su tiempo de confesión con el público. Monólogos que giran entre la impactante muerte de la madre de Francis, las huellas de sangre y amor de Helena al relatar su vida juntos, los recuerdos de la boda y hasta de cuando se conocieron, serán reductos creados por estos personajes que encuentran en la reflexión abierta de sus pensamientos, una excelente excusa para dar a conocer sus temores más viscerales y privados. Así nos devuelven la necesidad de tomar posición, organizan instintivamente un discurso, que en tanto espectadores de su propia vida, nos vuelve cómplices del relato y nos convierte a la vez en testigos de sus lamentos y penurias. 


DISTANCIAR LA REALIDAD

PARA CREAR DISCURSO

El distanciamiento escénico heredado de Bertolt Brecht director teatral y dramaturgo alemán, constituye en la puesta un elemento fundamental que motiva la caracterización del universo dramático y resitúa el efecto realidad organizando la versosimilitud de sus acciones. Cómplices ya los espectadores, en medio de las vacaciones de esta pareja vamos desandando entre el autoritarismo de Francis, su sistemático maltrato y la aceptación pasiva y recurrente de Helena fundada en el temor y el sometimiento. El amor por la madre se convierte en deseo imposible de capturar, la necesidad de sustituirla por su mujer encuentra en sus uñas y sus manos una proyección posible, nunca completa, nunca acabada. La permanente incompletud de que Helena sea quien no puede ser, convierte a Francis en quien no es. Todo indica que no pueden ser entre ellos juntos, entre ellos dos. O mejor el modo de ser se traduce en la dependencia extrema de un vínculo apoyado en un discurso por momentos macabro que los sostiene sin piedad. Helena intenta un psicólogo, recuerda la convivencia y también no haber podido nunca escapar. Francis se encargó de cavar durante el tiempo que dura una noche, la fosa de su madre y no tuvo mejor idea que hacer de ese lugar las vacaciones. Vacaciones que como suele ocurrir permiten encontrar en el otro aquello que excede lo cotidiano. En las vacaciones estos personajes asumen explícitamente sus incapacidades y temores, como también delimitan la imposibilidad de estar juntos en ese mundo de cristal, construido en el tiempo como una realidad, la propia.

La puesta de "Un lazo rojo" es visual y sonora, los ruidos ambiente, las imágenes tiradas al piso en un permanente movimiento que reconstruye el territorio y lo vuelve escena a la vez, serán buenos aditivos para una obra intimista y psicológica. Las actuaciones demuestran el drama de una pareja que distribuye sus espacios, separa sus funciones, delimita su locura, será terreno fértil para el sarcasmo de Francis al recordar su boda y el sometimiento de Helena al cortar persistentemente las papas que formarán parte de una comida que asume no saber hacer. Una puesta que reenvía a repreguntarnos acerca de sus parlamentos, sus monólogos y expresiones, nos invita a recorrer los vericuetos de un teatro que también denuncia con respeto y distancia la violencia de género. Una puesta que es también una política acerca de las relaciones y los vínculos, es también una crítica social, inteligente y ácida.

Autor: Ana Paula Rosillo

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