Por Susana B. F. Sánchez. - Tratar de comprender el origen de la conciencia humana fuera de una perspectiva evolucionista resulta imposible, ya que el hombre es un resumen en cuerpo y mente de la historia del planeta, de la evolución del planeta.
Así como cada órgano tiene una larga trayectoria tras de sí, la mente no puede ser un producto sin historia. Tampoco lo es el espíritu. Durante miles de millones de años, los comportamientos reflejos adquiridos por los seres vivos se transmitieron genéticamente a la descendencia en forma de conductas innatas o instintos.
Con la aparición del género Homo (2,4 millones de años), la evolución deja de ser un suceso exclusivamente biológico y se convierte en un hecho cultural: ahora las capacidades y hábitos de los sujetos se adquieren por herencia social.
Desde principio de la historia de la humanidad, el hombre fue construyendo conforme sus necesidades de sobrevivencia un conocimiento que formó la capacidad de inteligencia hasta nuestros días.
Pero la evolución no aniquila lo anterior, ya que cada cambio, cada avance, se suma a lo existente. Somos el resultado de una agregación interactiva donde lo último que se origina contiene en sí mismo todo lo que lo precede.
Este solapamiento nos lleva a conservar modos de respuesta que nuestros antepasados más remotos idearon en su intercambio con el medio, aunque aparezcan sutilmente camuflados por la cultura del momento. Un ejemplo lo constituye la mente de cazador-recolector que aún tiene el hombre actual.
El ser humano va evolucionando conforme tiene que ir ordenándose como civilización. Tan radical es la importancia de la sociedad, que es el origen de la identidad del Yo, de la conciencia humana.
El ser humano se subjetiviza como hombre, toma conciencia de sí mismo, en tanto exista una cultura que lo defina.
El hombre “es” en relación a su entorno.
Sin una cultura que “nos culturice” desde el momento que nacemos, no podemos hablar de hombre, ni de pensamiento, ni de espíritu.
La conciencia es una historia, una construcción, un proyecto.
El Yo es una historia individual dentro de una historia colectiva.
Esta historia colectiva o cultura define el pensamiento y accionar de sus integrantes, a la vez que es modificada por ese pensamiento.
Es causa y es efecto. En el devenir de la historia se produce la evolución de la humanidad, del pensamiento, del espíritu.
La historia de la humanidad tiene una dirección y un sentido, tiene un fundamento que no siempre nos es conocido.
Ese fundamento, esa razón de ser, es el vínculo que se establece entre los aparentes y sucesivas presentes inconexos y le da un sentido a los acontecimientos: el techo del presente debe ser siempre el piso del futuro. Este es el mecanismo que rige y asegura la evolución de todo lo que existe.
Somos hijos de la historia, somos el resultado de la evolución planetaria. Pasado, presente y futuro son aún una sola cosa. Al decir de Albert Einstein: “Pasado, presente y futuro son sólo una ilusión, aunque es una ilusión pertinaz”.
La civilización, la cultura, es un invento y construcción prodigiosos del ser humano, que sólo con grandes esfuerzos y cautela se puede sostener. La cultura no es un derecho innato, exigible, sino el resultado de las experiencias vitales de quienes nos precedieron. Negar los cimientos de esa construcción es volverse contra sí mismo, es un proceso de autodestrucción. Un presente que no es resultado del pasado es inviable, o por lo menos no contribuirá en la edificación del futuro.
Surge la pregunta: si gran parte de lo que somos está puesto en la cultura, y esta es efímera, puede desaparecer en cualquier momento, ¿cómo hacer para cuidarla, para llenarla de contenidos que potencien mental y espiritualmente al ser humano evitando así dar pie a una evolución que puede llegar a ser negativa (involución)?
La fuente creadora de la cultura hállase en el hombre. Sólo él es capaz de dar sentido al mundo, de vivenciar lo que ocurre, de interpretar una realidad siempre cambiante y generar las respuestas adecuadas.
Es el hombre el que “mira hacia arriba” como dice su etimología griega “antropos”. Es el hombre el que tiene el deber evolutivo de expandir su conciencia, de descubrir e integrar a su Yo aspectos desconocidos de sí mismo, remanentes arcaicos de una mente que tuvo sus orígenes en los albores de la humanidad y que si no son reconocidos, aceptados y reestructurados, actúan como robots autónomos de su saber y querer, influenciando en sus decisiones y conductas.
Charles Darwin (1809-1882), naturalista inglés y uno de los primeros en formular teorías sobre la evolución de las especies, expresaba: “el pensar del hombre sobre sí mismo es para el futuro de los hombres un factor decisivo de su evolución”.