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“Giornal y Bestiario de las cañadas”

Por Claudia Caisso (*) 


"Giornal y Bestiario de las cañadas" de Griselda Riottini traza un movimiento singular compuesto por el trayecto de un diario al que se nombra en piamontés y el de una colección de seres fabulosos que lleva por título “bestiario de las cañadas”. En un gesto transgresor respecto de algunos signos de nuestra época tales como la intolerancia, el reforzamiento de la banalidad y la exaltación brutal del presente, el libro que con felicidad presentamos hoy, cuida el valor de la re-existencia Porque hace una suerte de inventario de la excepcionalidad que atraviesa las historias de vida, al tiempo que nos vuelve cómplices del gusto humano de contar, escuchar y entrecruzar relatos de diversa procedencia cultural. Así afirma el poder que desde tiempos inmemoriales y agazapado en acto, subyace al lenguaje cada vez que se enredan las fintas de la nostalgia, los juegos de la mirada sobre el vacío, la sorpresa que despierta la enunciación de emblemas de belleza junto a lo elemental. Por ejemplo, cuando se destaca la proximidad de las “rosas nuevas y unos tomates que nacieron solos” (19), o se advierte que “para argüir bastaría un instante;// el de la flor/ cuando deshila estambres” (36).

¿Cómo dudar de tal confianza en la artesanía de la imaginación con que se puede cultivar la vida subjetiva y celebrar el derrotero de una comunidad en particular?

La contemplación del paisaje, el saboreo de antiguas anécdotas familiares y de fábulas locales mezcladas con mitos clásicos dejan circular huellas de Cañada Rosquín y su más allá, que irrumpe como un mundo donde capturar algo perdido, desplazarse por el tiempo, recrear el paso de la memoria y parodiar los grandes relatos fundacionales. Es notable: puesto que somos invitados a participar de la vivencia de un lazo apacible, porque muchas veces salvífico de relación con la tierra (32). Esa escena otra respecto de la mal llamada vida ciudadana, que se abre hacia la pampa con su horizonte alargado, el suelo aplanado y sus accidentes geográficos, algunos de los cuales son conocidos como “cañadas”. La pampa… tantas veces narrada por los colonizadores europeos y los habitantes criollos después, como si también ella fuera un espacio susceptible de ser atlantizado, más allá del mar: infinito y otra vez cruzado, alambrado y dominado para poblarlo con cruces.

En este libro aparecen pistas de aquella violencia inaugural, por eso la pampa se abre a la reivindicación de la co-existencia y su reinvención es trabajada en virtud de un nuevo imaginario espacial que con agudeza responde a la condensación que a los argentinos nos atraviesa a propósito de la configuración discursiva interesada, porque genocida, del desierto.

En el Giornal y bestiario… la llanura despunta como hibridez tematizada y patentizada por la escritura cuando expone su impureza genérica constitutiva. Ya que la lectura del libro implica atravesar las hojas de un diario que simultáneamente es un poemario y después una colección de relatos míticos orgánicamente estructurados que con múltiples notas al pie de aclaración entrecruzan y varían nudos argumentales de las dos orillas, parodiando la función de los manuales de vida, los manuales escolares y las fuentes documentales de textos que supuestamente habrían sido encontrados entre maizales. Un dispositivo ficcional que reconoce el valor de un genuino imán del decir en las zonas del trueque y la mezcla.

Lejos de los mausoleos el campo aparece como posibilidad de alentar la intuición y los “tonos de charada” (10), según se lee en las primeras páginas en uno de los momentos en que se afirma el misterio,cuando la lengua reivindica la alteridad antes que rechazarla. Entonces la serie reunida trae al presente “misceláneas”, decires más o menos contaminados, el reconocimiento de tensiones y mezclas que se precipitan entre las lenguas, las razas, las rutas antiguas del territorio americano perspectivizadas desde un rincón de la provincia de Santa Fe. Abriendo morosamente la dimensión arcaica de Cañada Rosquín y de los campos que le son aledaños, aunque en verdad el lugar de enunciación es lisa y llanamente –valga la redundancia- la llanura que importa porque es un “asentamiento de inmigrantes italianos (piamonteses, algunos marchigianos y friulanos, mis bisabuelos, nos dice la autora) y desde siempre, durante milenios, territorio de los aún hoy llamados indios” (9).

Ante ese espacio alargado en el tiempo, o mejor,donde el tiempo acontece de otro modo, vaciado en su fundación por la violencia que,encubierta,le dio apariencia de comienzo, se invoca con densidad antropológica un pasado que encuentra matrices estructurantes en los relatos de “origen” de las culturas americanas y europeas, mientras quien escribe se vuelve una figura prescindente, ajena a cualquier ejercicio egolátrico. En ese filón el libro traza la captación subjetiva y lo que conforma lo común, renunciando a inscribir una subjetividad esplendente. Sin embargo no renuncia ni a la poesía ni al aura con que se impregna la fuerza del legado, los recuerdos sesgados, las confidencias dichas en lengua piamontesa, entre mujeres, en la cocina, cuando esa lengua confiere pertenencia y resguardo en medio de la diáspora. Tal vez sea para eso que quien escribe se expone delante del viento, según se lee en algunas líneas sutiles como las que en la primera entrada del diario dicen “Debo limitar el campo a manera de pasajes/ y sobrepasar su infinitud circular/que no parece sino que existe. /// “Sin embargo, atrás y ahora mismo,/el viento sabe de mi prescindencia” (31).

Así se excava una dimensión que desconfía de la autoctonía, mientras realza la plasticidad del lenguaje con que trabaja un inventario de episodios y extrañas criaturas: el ‘benandante’, el ‘curupì’, el ‘rosco’, el ‘sarvan’, seres fabulosos de la Mesopotamia argentina y del Piamonte.

Las entradas que conforman el “Giornal” y los relatos que articulan el bestiario, transforman el efecto estático del paisaje en efecto lúdico de pasaje: posibilidad de desvío respecto de las lógicas unívocas que articulan el camino recto del progreso. En esa mutación a veces el espacio es un jardín poblado con los fantasmas de la infancia, y otras veces una apertura beatífica a un mundo amplio que acentúa el valor de las palabras orientadas por el despojamiento y la extrañeza. Nada más ni nada menos que posibilidad de abrir una puerta para entrar y salir de la casa familiar, ya centenaria, habitada por seres de otros mundos, menos alegres que los que habitan Los papeles salvajes entre las quintas y los zurcos sembrados de la poeta uruguaya Marosa de Giorgio. Figuras que invitan a desplegar un camino de introspección y celebración de lo impuro: la alternancia entre zonas gringas y mestizas (57), los frotamientos entre los “piamonteses y los pámpidas” (53), el destino de la tierra libre de melancolía que el libro patentiza cada vez que cruza las creencias de los paisanos con sucesos de los mitos grecolatinos clásicos.

En la casa familiar, de noche en la cocina, o en la plenitud del mediodía se dialoga con la ausencia, el don que reúne y redime en el LAR: el sitio donde todavía vibra encendido el quehacer que era y será por siempre, el lugar de “Las muertas”, las que han partido y hacen sentir la tristeza como un “rozar de palomas”. Abuela, tías, las figuras maternas contenedoras y proteicas.

Se lee:

“Tristeza, porque hoy/ nada más son fantasmas de las gotas/que bajan desde el techo/ o del íntimo rozar de las palomas.// 

Yo las sé, en torno, sin candelas/ insistiendo por volver:/ se olvidaron la vajilla,/ ropa blanca/ sus recuerdos de la última cosecha” (18).

Vuelven, sí, como la visitación de una íntima vitalidad, o como invitación a participar de un ritual, son huéspedes hospitalarias, pasantes- pasajeras:nunca más extranjeras. El giornal les ha dispensado el suelo del poema, no el país natal, menos aún la promesa del Paraíso. Parecen venir a buscar lo que habrían olvidado más allá del (a)/mar, algo de ropa blanca, algunos manteles, velas con que iluminar la música cuando irrumpe “el canto” (59): los giros del estilo, los ejercicios percusivos que no cesan de corroer la retórica de la certeza, un atravesamiento fecundo, por cuanto destinado a otros, de la propia historia de vida y de la nada… 



(*) Profesora y Doctora en Letras, docente e investigadora en la Universidad Nacional de Rosario

Autor: REDACCION

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