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Ignacio Raffaelli: herrador de caballos

Por Kuki Pierone. - Contaron personas memoriosas que en los primeros años del siglo pasado, se instalan herrerías para caballos en la ciudad, teniendo en cuenta que el transporte de mercaderías se realizaba en su mayoría con carruajes de la época tirados por caballos. Había muchos repartidores de leche, verduleros, panaderos, hieleros, carniceros que llevaban los productos hasta el domicilio de los clientes, y también muchos carreros que se dedicaban a todo tipo de transporte de mercaderías.

Se dijo que el primer herrero fue Juan Amadío, instalado su taller en calle 1º de Mayo y las vías del ferrocarril Central Argentino, allí funcionó hasta mediados de 1950, luego cerró definitivamente.

Otro señor que se dedicó a este oficio con mucha experiencia y muy reconocido fue Sabino Gaudino, con su taller en calle Arenales a metros de Moreno, luego se traslada a calle Rivadavia al 450, cerró su puertas en la década del 60.

Silvio Fransozi, un italiano que vino con el oficio de su país, tenía muchos conocimientos técnicos, trabajó hasta mediados de 1955 con domicilio en España 150.

Alberto Aloy fue nombrado por sus experiencias en el oficio, se instaló en calle Lavalle a metros de Alem, tenía una máquina para fabricar herraduras, sin dudas era un adelanto para la época, trabajó hasta los años 60.

Ignacio Raffaelli, sin dudas fue el más reconocido, hijo de inmigrantes italianos y primeros pobladores del barrio Villa Rosas, nació en el año 1925. Desde muy joven aprendió el oficio con Silvio Fransozi, para luego emplearse en el Frigorífico Rafaela como herrador, este ya tenía instalada una herrería para uso exclusivo de la fábrica, contaba con muchos caballos para el trabajo con carros que traía la mercadería a los ferrocarriles, repartos, etc..

Tuvo como compañero a Pepe Schurrer, con muchos conocimientos en el oficio, trabajaron muchos años juntos hasta que Raffaelli se retira para instalarse por su cuenta en Esperanza.

En 1955 regresa y se instala en la herrería de Fransozi que hacía un tiempo había cerrado.

Daba gusto verlo trabajar, lo hacía solo sin ayudante, herraba todos los días más de diez caballos, aparte de ir fabricando las herraduras, además de los que trabajaban en plaza atendía a los de las cocherías fúnebres, como las que estaban en Humberto Primo, Pilar, Vila, etc..

No tardaron los comentarios de cómo trabajaba, donde destacaban la rapidez y la prolijidad, se notaba un cambio con las personas que lo hacían anteriormente y lo convocan para atender los caballos de carrera.

Fue un artesano con pocas herramientas, tenazas, desbasador, escofina, martillo, y al pie de la fragua y el yunque, con estampas que él mismo fabricaba hacía las herraduras para caballos de carrera, estas eran las conocidas como San Isidro, filetes para manos y patas, de vareo, y en algunos casos por encargo las famosas “agarraderas”, que se usaban en carreras cuadreras, especiales para pistas duras, eran fabricadas especialmente porque se le sacaba en el frente la parte interior y se las terminaba con un filo, lo que permitía que el caballo en pistas duras corriera con menos dificultad.

La herramienta que usaba era fabricada por él, tenía conocimientos para darle buen templado.

En aquellos años de oro del Jockey Club de Rafaela, cuando se celebraba la fiesta de la ciudad se disputaban importantes carreras, entre ellas el Clásico Guillermo Lehmann, venían competidores de otros hipódromos. En una oportunidad vino un experto cuidador de San Isidro Luis Calone con su caballo Responsable, el día anterior a la carrera necesitó herrarlo, preguntó quien se ocupaba y le avisaron a Raffaelli.

Una vez realizado el trabajo, este señor que lo observaba pagó, lo felicitó y le ofreció llevarlo a San Isidro, desaprovechó la oportunidad y siguió trabando aquí.

A mediados de 1970, sin duda el progreso llega a la ciudad, los carruajes tirados por caballos fueron desapareciendo y reemplazados por vehículos livianos que cumplían la misma función, en su mayoría repartos de mercaderías.

Desde entonces decide dedicarse a los caballos de carrera, en ese tiempo en el tattersal del Jockey Club había más de 200, siempre fabricando las herraduras.

Fue un hombre muy generoso, se recuerda que a muchos que no podían pagar se los herraba igual, siempre de buen humor repetía si no podés pagar no te preocupes.

Este señor que trabajó muchos años en este oficio merece ser recordado, hoy a muchos años de su fallecimiento cuando surge la conversación de caballos de carrera, aparecen anécdotas y se mantiene vivo en el recuerdo de los amigos, llamaba la atención su práctica en el oficio y era para él indistinto herrar un caballo manso que un potro, el trabajo lo hacía igual.

Otras de las cosas que no olvidarán, fabricaba las herraduras para cada caballo de memoria, tenía presente todos los animales de los clientes.

Trabajó hasta la jubilación, pero lamentablemente fue poco lo que pudo disfrutar, tras soportar una enfermedad que pese a todos los esfuerzos no pudo revertir pues falleció el 8 de marzo de 1991 a los 66 años.


 

Autor: Redacción

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