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La "bayonesa" de la nonna Milda

Archivo privado EDP La nona.- Mi nonna paterna Romilda Cremona, con mi viejo Elvio y su hija Elide. Detrás, la capilla del Hospital. (Enero de 1940).

Día 24. Ocho y media de la mañana. Diciembre estalla en luces y aromas que se filtran a través de la tupida parra. Hay una pereza de clima en la cocina que se altera, apenas, con mate que va y viene, de mano en mano, y retorno rápido. Porque es verano, se aclara; y Nochebuena, se agrega.

El diario ya fue leído (no menciona ningún muerto conocido en el obituario, con lo cual se ahuyenta la posibilidad de un inoportuno velorio), desde la radio llega Lolo con algunos valsecitos y el clima es del siempre. O casi. El jefe de familia se corta las uñas de los pies, mientras le promete a la patrona que esa noche cambiará su camiseta y su pantalón pijama, un tanto oscurecidos por el uso y la huella de mil picadas con salsa de recorrido fallido a la boca. De las prendas interiores no dice nada, pero se presume.

Aunque parezca un acto de formal costumbrismo el corte de uñas (de los pies, se recuerda) no es una acción improvisada. Requiere de preparativos propios de un quirófano: las tijeras impecables – y afiladas-, el alicate – engrasado para que no resbale-, la palangana chata (en este caso se acude a una de aluminio, pues la de plástico se utilizará más tarde para lavar la lechuga), la toalla adecuada y el agua caliente; esto sin olvidar el agua de Jane (vulgo lavandina), la sal gruesa y un chorro del siempre bien ponderado “Fluido Manchester” (también conocido como creolina), que recibirán sin microbios los sufridos pies del protagonista.

Nueva ronda del mate. El patrón declina el convite por tener las manos ocupadas entre la uña encarnada del dedo gordo (derecho) y el alicate.

La patrona tiene lo suyo. Es la que carga con todo el peso de la Navidad, del hogar y – parece- del mundo. A saber: ya limpió la casa, con especial esmero en los baños (el interno y el del lavadero, ya se saben las consecuencias de estas fiestas), lavó el mantel con dibujos navideños que le trajo la tía Francisca de su último viaje a Brasil (una berreteada, pero no se puede decir nada), las ensaladas ya están en agua en la heladera, en el mismo ámbito que los pollos y el asado. Seguimos: los chorizos secos y a la grasa estarán colgados en el galpón hasta la hora adecuada y los “manices” (SIC) en un tacho. Poca picada. “Después, no me comen nada!!!”, razona con acierto indubitable.

La bebida, su provisión y administración corren por cuenta del tumalín del sobrino, que no sabe para que lo manda la hermana ese día, pero no quiere pelear, “porque es Navidad, vio?”. Igual, luego dará una vuelta para verificar: cerveza, “Amargo Obrero”, Gancia, Cinzano, vino (blanco, tinto y rosado), sidra “La Parranda” y las gaseosas “Crush” y “Bidú Cola”. También deberá mirar si hay “Terma” para el tío Dalmacio, “…que después se chupa todo, igual”, dice y el “Nebuse” para la trasnoche, por si alguno se pasa, como suele suceder. En suma: mesa prevista para veinticinco y provisión para cincuenta. La suma no falla.

La tercera persona en escena es la nonna. Personaje total del día. Sabia matriarca de una familia sostenida por su autoridad sin derecho a réplica. Ella será la mayor protagonista de la jornada. Ella y su tradicional “bayonesa”. Un clásico de los clásicos.

Que comience el show!

La nona se acomoda el delantal estrenado para la ocasión, se ajusta las chancletas, se lava las manos y sale hacia el fondo del patio con una herramienta cotidiana, pero para el caso, letal: una tijera.

Todos saben lo que sucederá ahora y el paso de los años le ha quitado cierto misterio al acto, pero no por ello deja de ser atractivo. La mujer se dirige al gallinero, pero se detiene unos metros antes; allí, en una jaula, tiene una bataraza que alguna vez fue orgullo de las ponedoras, pero que hoy enfrenta su poco decoroso final. Hace quince días que la alimenta con maíz, partido, semita, sorgo y pan con leche con un toque de azúcar. Mete la mano en la jaula, toma al resignado bicho del cogote y antes que se dé cuenta, con un rápido movimiento, se lo retuerce en un ritual sin dolor.

Sin demasiados preludios, la cuelga de las patas en un gancho que pende del tejido, con la cabeza colgando, y con las tijeras le produce un casi imperceptible corte en el cuello para que se desangre. Después habrá que pelarla y destriparla, pero eso será luego. Ahora tiene que escuchar el Informativo del mediodía en la radio y – además- saber si se murió algún conocido.

Mientras dure el almuerzo, con la voz de Rubén Roberto Gerbaudo y Néstor Miguel Borio, nadie hablará. En el mismo tiempo, la gallina se desangra, se calienta el agua para “plumarla” (afuera) y se prepara la olla para hervir a la víctima (adentro).

En esta última se coloca agua (tres cuartos), sal gruesa, pimienta en granos, cinco hojas de laurel, una rama de romero, varios dientes de ajo machacados, un chorro de vinagre y un toque de distinción propio de cocina de autor: un toque de ginebra!

En las siguientes tres horas el bicho será hervido, desmenuzado y resguardado en la heladera, a la espera del máximo secreto: la bayonesa de la nonna!

Desde la noche anterior están preparadas las cuatro fuentes, las papas hervidas y cortadas en dados (rociadas con vinagre para que no se vengan negras), las aceitunas descarozadas, los huevos duros, los pimientos morrones y el perejil, aunque estos se ubicarán sólo a título decorativo.

La bayonesa. La nonna requiere de una fuente grande, dos docenas de huevos frescos, dos botellas de aceite “Joya Real”, sal fina, pimienta (blanca) y bicarbonato (para la acidez, asegura).

La cocina queda en soledad; tan sólo la protagonista y su producto. Sin ruidos ni extraños; hasta la radio se apaga (si se muere alguien, mala suerte). El rito está llegando.

La nonna se sienta en su silla, casi como de costado a la mesa, coloca la fuente en un espacio que forma su brazo izquierdo y su cuerpo, toma el tenedor con la derecha y alterna espacios para mandar los huevos (las yemas) al recipiente. El aceite caerá en estudiadas gotas desde la botella que sostiene debajo de su axila, donde se han practicado tres incisiones de distinto tamaño (a la tapa de la botella, se explica) y el tenedor comienza su giro loco y efectivo.

Parece fácil pero el ritual tiene sus precauciones: puede cortarse!!! Para esto sólo bastaría que alguien mire fijo al producto o que aparezca alguna mujer embarazada (de encargue, se dice por aquí) que no lo sepa. En ese caso se encienden todas las alarmas y hay que acudir a varios huevos duros (más yemas, en realidad) que le pueden dar nueva vida o terminar en el pozo de la basura del fondo. Esta situación ha generado muchas desgracias familiares. De allí las precauciones. No es chiste.

Ya en la mesa de la noche, la bayonesa de la nonna se llevará todos los elogios, comentarios que ella dejará pasar en un gesto de dispendio real y que pudo terminarse varias veces cuando algunas de las damas recién llegadas a la familia preguntaban por la receta. Eso no se negocia.

Lo poco que sobra se lo llevarán los chicos y mientras la noche se hace Navidad, la nona se tomará su única dispensa y entregará su pedido a uno de los nietos que se va a terminar la velada en “El Ciervo”: “Nene, a la vuelta pasa por la pizarra de Stricker y fíjate quién se murió….mira si tenemos un velorio y no nos enteramos!”.

Autor: Edgardo Peretti

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