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La belleza como moneda :Auto grande, alma chica

La belleza como moneda.
Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

1. La ciudad como tienda

Hubo una época en la que el cuerpo todavía pertenecía al misterio. Hoy pertenece al mercado. No porque antes el deseo fuera puro —nunca lo fue—, sino porque la maquinaria aprendió a convertir cada gesto en producto, cada curva en moneda, cada soledad en suscripción y cada hombre encerrado frente a una pantalla en un pequeño cliente obediente del prostíbulo digital.

Europa, que durante siglos vendió civilización, museos, filosofía, arquitectura, tragedia y belleza, también parece ofrecer hoy una mercancía más descarnada: personas convertidas en escaparate. Las calles de algunas ciudades ya no parecen solamente calles; parecen tiendas. Las redes sociales funcionan como góndolas. El cuerpo camina, posa, se edita, se publica, se monetiza. La intimidad deja de ser zona secreta y empieza a comportarse como estrategia comercial. No trato de escribir contra la piel, contra el deseo ni contra la sexualidad. Eso sería fácil, pobre, casi clerical. El problema es otro: la transformación del deseo en mercado y del encuentro humano en trámite evitable. El cuerpo ya no solo se muestra: cotiza. La belleza ya no solo fascina: se administra. La soledad ya no solo duele: factura.

La época no eliminó el deseo: lo domesticó, lo aisló, lo convirtió en suscripción, pantalla, algoritmo y descarga privada.

2. Belleza, escuela de modelos y mercado del ego

Mi pluma no mancha el papel desde la moralina ni desde la superioridad cómoda del que mira el barro desde una ventana limpia. Escribo desde haber estado adentro de esa maquinaria durante años. Trabajé cerca de siete u ocho años con modelos de distintos niveles: escuelas de modelaje, castings, desfiles, estudios fotográficos, pasillos donde la belleza caminaba como promesa y también como condena. Tuve relación directa e íntima con modelos profesionales, incluso con mujeres vinculadas al circuito alto de diseñadores de Buenos Aires. No lo digo para exhibir currículum íntimo, sino para dejar claro algo: hablo de un territorio que conozco.

En esas escuelas vi algo que con los años se volvió evidente: el cuerpo comenzaba a funcionar como capital. No solo como belleza, presencia o erotismo, sino como inversión, posibilidad de ascenso y moneda de negociación. Había egos enormes, frágiles, hambrientos. Una modelo podía medir su importancia por la cantidad de fotos que le había sacado un fotógrafo. Se competía por la mirada ajena, por ser elegida, por ser deseada, por ocupar unos minutos el centro de la vidriera.

La belleza dejaba de ser misterio y se convertía en cotización.

También vi otra escena menos glamorosa: el empresario que aparecía cerca de un desfile, de una escuela o de una chica joven con la vieja impunidad del dinero. El mensaje era casi siempre el mismo, aunque cambiara la forma: tengo plata y quiero. El poder económico tiene su propio idioma. A veces no grita; apenas insinúa. Pero cuando insinúa, ya está comprando el aire. Una vez uno de estos tipos me dijo: ¿cuánto me cobra la colorada por toda la noche? Esa colorada de casi un metro noventa salía conmigo.

La frase de una madre que mira el cuerpo hermoso de su hija y dice que con ese cuerpo debería encontrar un jeque árabe, funciona como síntoma perfecto. No necesariamente habla desde la maldad. Habla desde algo peor: desde el sentido común de la época. Mira belleza y ve capital. Mira juventud y ve oportunidad. Mira cuerpo y ve movilidad económica. El misterio de una persona queda reducido a un activo negociable. Ese mecanismo no nació con las redes sociales. Las redes solo lo aceleraron. La lógica ya estaba ahí: cuerpos jóvenes orbitando alrededor de promesas, favores, departamentos, viajes, campañas, contactos, protección y ascenso. La belleza como pasaporte. La necesidad como grieta. El dinero como llave.

3. Auto, cargo y prótesis de virilidad

Cuando tenía diecisiete o dieciocho años, muchos de mis amigos pugnaban por conseguir un trabajo. Algunos habían entrado por política a la Legislatura santafesina y veían ese empleo como una vía directa hacia el primer gran símbolo de poder masculino: comprarse un auto.

El auto era, para muchos, una extensión del cuerpo. Casi una prótesis de virilidad. El tercer huevo del hombre. No se trataba solamente de movilidad. Se trataba de acceso: a la noche, a la mirada de las mujeres, al prestigio barrial, a cierta forma barata de autoridad. El auto decía “tengo algo”, y ese “tengo algo” pretendía traducirse rápidamente en “puedo conseguir a alguien”. Yo miraba eso de lejos. No por pureza, sino por desconfianza. Nunca me interesó el poder como medio para conseguir una mujer. Siempre sostuve, incluso antes de poder formularlo con palabras más finas, que las relaciones no se consiguen por tener. Cuando se consiguen de verdad, se consiguen por presencia, deseo, seducción, humanidad y riesgo. Después caminé el mundo, expuse, salí en algunos diarios internacionales, tuve premios, viajes, contactos y cierta visibilidad pública. También fui jefe técnico de una gran empresa. Recuerdo noches en boliches donde algunas mujeres se ofrecían con una desfachatez directa, como si el cargo, la posición o la fama menor de una ciudad funcionaran como contraseña. Pero aun en esas escenas mi interés estaba puesto en una sola persona: Fabiana, que después fue mi novia durante casi seis años. Iba detrás de ella no con mi título de jefe técnico, sino con mi humanidad, mi torpeza, mi deseo y esa estupidez hermosa que tiene uno cuando cree que una mujer concreta vale más que todas las disponibilidades abstractas del mundo.

Ahí hay una diferencia central: una cosa es que una mujer se acerque porque desea, porque algo en uno la toca, porque hay una electricidad real; otra cosa es que el dinero, el cargo, el auto o el poder fabriquen disponibilidad negociada. En el primer caso hay encuentro. En el segundo hay transacción.

La calle, despiadada pero no tonta, lo resume mejor que cualquier tratado: auto grande, pito corto. Tal vez no sea siempre cierto; como diagnóstico cultural, tiene puntería. La ostentación suele delatar una carencia.

4. Sexo, necesidad y contrato tácito

También tuve una experiencia temprana con la prostitución. Fuimos con amigos, como suele ocurrir a cierta edad, empujados por una mezcla de curiosidad, mandato masculino y estupidez grupal. La experiencia me resultó horrible. No encontré ahí erotismo, misterio ni belleza. Encontré una escena triste, mecánica, casi administrativa. Desde entonces no consumí prostitución. No me gusta pagar por sexo. No por una superioridad moral de cartón pintado, sino porque siempre me pareció que pagar por placer reduce el encuentro a trámite. Si uno realmente quiere sexo, el sexo no es imposible de conseguir. Lo difícil no es conseguir un cuerpo. Lo difícil es encontrar un intercambio que tenga algo de verdad.

El jugo de la relación no está solo en el acto. Está en la seducción, en la energía previa, en la mirada que mide distancia, en la palabra que se arriesga, en el cuerpo que se acerca sin estar comprado, en el deseo que puede fracasar. Pagar cancela todo eso. Compra obediencia, disponibilidad, un rato de ficción. Pero no compra encuentro. Años después, en Santa Fe, alquilaba una casa grande y me sobraba un dormitorio. Alojé por un tiempo a una chica joven con su hija, pariente de un buen amigo. Necesitaba un lugar. La ayudé. En un par de ocasiones insinuó que podía devolverme el favor con sexo. No acepté. No por santidad —sería una estupidez decirlo así—, sino porque había algo miserable en convertir una necesidad en intercambio carnal. Hay momentos en que uno sabe que puede aprovechar una situación, y justamente por eso no debe hacerlo.

Después supe que consiguió otro arreglo: un hombre casado, bastante mayor, le pagaba un departamento con la condición de tener acceso sexual a ella algunas veces por semana. En términos fríos, al tipo le salía más barato mantener a una chica joven que pagar prostitución de manera regular. La frase es intensa, pero el mecanismo lo es más.

Ahí el cuerpo ya no era deseo. Era alquiler. Era supervivencia. Era contrato tácito. Era una economía íntima negociada en voz baja.

Esa zona no siempre usa la palabra prostitución. A veces se disfraza de ayuda, colaboración, arreglo privado, “yo te doy una mano”. Pero debajo de esa mano muchas veces aparece una factura invisible: sexo, disponibilidad, obediencia, compañía, silencio. El capitalismo aprendió a hablar en voz baja.

La prostitución clásica, con toda su miseria antigua, también cambió. En algunos lugares se volvió más peligrosa: cámaras ocultas, registros, extorsiones, redes de control, intermediarios, amenazas. El viejo prostíbulo de cortinas rojas fue reemplazado por una zona más turbia, donde todos creen comprar algo, pero muchos terminan siendo comprados, filmados, usados o atrapados. Este punto debe mantenerse como testimonio de campo y dato social indirecto, no como estadística general.

5. Datos duros: cuando la intuición encuentra hueso

Los datos no sustituyen la experiencia, pero le ponen hueso. Trabajé con un ex ministro de Economía que repetía una frase implacablemente útil: “contra los números, nada”. Las cifras no prueban por sí solas una decadencia moral, pero muestran la convergencia de un fenómeno: más mercado de imagen, más pornografía disponible, más plataformas de monetización íntima, más soledad reconocida por organismos sanitarios y más cansancio en las interfaces de encuentro.

La mayoría de estas cifras proviene de Reino Unido y Estados Unidos. No deben extrapolarse mecánicamente al mundo entero, pero sirven para pensar una cultura digital globalizada.

Pornografía online: Ofcom registró que el 29% de los adultos online del Reino Unido accedió a algún servicio pornográfico en mayo de 2024; Pornhub fue el servicio de mayor alcance, con el 18% de los adultos online —8,4 millones— y 50 minutos promedio de uso mensual entre visitantes adultos.

Consumo por género: en ese mismo informe, los hombres fueron el 72% de la audiencia adulta de servicios pornográficos; el 43% de los hombres online visitó algún servicio, frente al 16% de las mujeres.

OnlyFans: en 2024, la plataforma registró USD 7,2 mil millones de gasto bruto de usuarios, USD 1,4 mil millones de ingresos y USD 683,6 millones de ganancia antes de impuestos; informó 4,6 millones de creadores y 377,5 millones de cuentas de fans.

Economía de creadores: Goldman Sachs estimó que la creator economy podía pasar de USD 250.000 millones a USD 480.000 millones hacia 2027, con unos 50 millones de creadores globales.

Soledad: la OMS informó tasas de soledad del 17% al 21% entre personas de 13 a 29 años; CDC señala que alrededor de 1 de cada 3 adultos en Estados Unidos reporta sentirse solo y 1 de cada 4 carece de apoyo social o emocional.

Citas online: Pew Research encontró que el 48% de usuarios de apps o sitios de citas reportó al menos una conducta no deseada. El encuentro digital promete facilidad, pero también produce cansancio, inseguridad y defensa.

Soledad y pornografía problemática: una revisión narrativa encuentra asociaciones positivas entre soledad y uso problemático de pornografía, pero advierte que la relación puede ser compleja y bidireccional. No conviene decir “la pornografía causa soledad” como receta escolar; conviene decir que soledad, mercado, disponibilidad técnica y temor al encuentro se alimentan entre sí.

OnlyFans no inventó la soledad; le puso botón de pago. Pornhub no inventó la masturbación; la convirtió en tráfico global medible.

6. La autocomplacencia: deseo sin intemperie

Hace poco más de veinte años, en talleres e institutos internacionales donde estudié imagen, comunicación y campañas publicitarias a nivel mundial, ya aparecía bajo la lupa un estrato social que podía describirse como autocomplaciente: sujetos que preferían resolver el deseo sin atravesar el desgaste del encuentro. Aquellos trabajos sobre imagen y comportamiento no hablaban todavía con el vocabulario actual de plataformas, algoritmos o suscripciones, pero ya mostraban una deriva clara: el individuo que se retrae, se administra, se satisface a sí mismo y evita la intemperie humana de salir a buscar al otro. La tecnología no inventó esa tendencia; le dio comodidad, velocidad, anonimato y sistema de cobro. Encontrarse con una persona implica una pequeña guerra civil. Hay que salir, hablar, escuchar, negociar presencia, tolerar el rechazo, sostener una mirada, desmenuzar la mentira que en muchos casos esta manda, leer un gesto, exponerse al fracaso, también oler. Hay que ofrecer algo más que dinero o cuerpo. Hay que estar. La pantalla ofrece lo contrario: sexualidad sin intemperie. Rápida, obediente, disponible, silenciosa. El consumidor digital no necesita moverse, hablar, fracasar ni ofrecer nada de sí, salvo dinero, datos, atención y soledad.

El nuevo consumidor sexual no busca necesariamente placer; busca una descarga sin testigos, sin rechazo, sin conversación y sin el insoportable trabajo de encontrarse con otro ser humano.

La masturbación como hecho humano no es el problema. Es vieja como la especie y no necesita tribunal. El problema es la masturbación industrializada: asistida por plataformas, cámaras, datos, chats, recompensas, ranking y modelos de negocio. Ahí el deseo deja de ser un acontecimiento del cuerpo y pasa a ser un flujo administrado. El consumidor no compra solamente imagen. Compra ausencia de conflicto. Compra la eliminación del no. Compra el atajo. Compra un cuerpo sin biografía, sin cansancio, sin historia, sin derecho a interrumpir el guion.

7. Posesión: el hambre que no termina

El problema no es solamente el dinero. Tampoco es solamente el sexo. El problema más profundo es la posesión.

El ser humano —y en especial cierta forma histórica del hombre— no parece conformarse con tener lo necesario. Quiere más. No quiere una casa: quiere una casa que demuestre. No quiere un auto: quiere un auto que hable por él. No quiere una mujer: quiere que la mujer funcione como prueba pública de su valor. No quiere placer: quiere dominio. No quiere deseo: quiere abundancia. No quiere vivir: quiere poseer.

La posesión tiene una enfermedad secreta: nunca termina.

El hombre que compra el auto grande no compra solo un vehículo. Compra una extensión simbólica de su cuerpo. Compra presencia. Compra compensación. Compra una frase muda: “miren lo que tengo”. El auto se convierte en prótesis de virilidad, monumento portátil del ego, certificado de existencia para quien todavía no sabe si existe sin mostrar algo. Lo mismo ocurre con el dinero. Hay hombres que hicieron fortuna y creen que la fortuna los volvió inteligentes. Confunden éxito económico con verdad. Creen que porque pudieron ganar dinero entendieron la vida. Y no siempre es así. Hay ignorantes que hicieron mucho dinero y se jactan de no haber estudiado, como si la ignorancia exitosa fuera una corona.

Una vez un empresario me dijo, con esa mezcla de orgullo y desafío que tiene el bruto cuando logró juntar plata: “Mirá todo lo que logré en mi vida y no estudié. No terminé la secundaria. Tengo solamente la primaria”. Lo miré, le puse una mano en el hombro y le dije: “Imaginate lo que hubieses logrado si hubieses estudiado”. El tipo miró hacia abajo, tragó saliva, me miró y dijo: “Tenés razón”.

Ese gesto resume una época en la que muchos creen que tener reemplaza a saber, que facturar reemplaza a pensar, que manejar empleados reemplaza a comprender el mundo, que comprar autos, mujeres, departamentos o silencios los convierte en dueños de alguna verdad.

El dinero no vuelve sabio a nadie. Apenas le da más volumen a lo que ya era. Si había nobleza, la amplifica. Si había miseria, la ilumina. Si había vacío, lo amuebla.

Desde el punto de vista psicológico, este eje puede apoyarse en dos ideas útiles. La primera es la del “yo extendido”: las posesiones no son solo objetos, sino reflejos de la identidad. La segunda es la relación entre materialismo y bienestar: una meta-revisión de 259 muestras encontró que la orientación materialista se asocia con menor bienestar personal, especialmente cuando dinero, imagen y posesión ocupan el centro de la vida. Traducido al barro: el tipo llena el garage y vacía el alma. La posesión también contamina el deseo. El hombre no quiere simplemente estar con una mujer; muchas veces quiere tenerla. Y después quiere otra. Y después otra. No por deseo puro, sino por acumulación: cada cuerpo como medalla, cada conquista como cotización imaginaria, cada mujer reducida a una unidad más en el inventario de su masculinidad.

No quiere una mujer: quiere todas. No quiere amar: quiere confirmar poder. No quiere seducir: quiere disponer.

8. Pornografía, dominio y deseo femenino

Ahí la pornografía industrial encuentra su cliente perfecto. No le ofrece solamente excitación. Le ofrece una fantasía ilimitada de posesión: cuerpos infinitos, escenas infinitas, mujeres reemplazables, disponibilidad absoluta, violencia sin consecuencia, dominio sin rechazo, descarga sin responsabilidad.

La pornografía mainstream no está construida mayoritariamente desde la lógica del encuentro, sino desde la apropiación visual. La mujer aparece muchas veces como territorio de uso, superficie de impacto, cuerpo disponible para una performance masculina donde tamaño, cantidad, fuerza y repetición reemplazan a la seducción.

Tuve una relación íntima y afectiva con una sexóloga latinoamericana de trayectoria internacional: autora de libros publicados dentro y fuera de su país, conferencista en Europa y Latinoamérica, consultada por pacientes y auditorios diversos. No conviene nombrarla en esta versión; basta con ubicar su rango profesional para que la escena no parezca charla de café, sino testimonio de alguien que trabajó clínicamente el deseo durante décadas. Ella me contó algo que confirma lo que cualquiera con sensibilidad puede intuir: un gran número de sus pacientes no se excitaba con la crudeza de la pornografía común. Le preguntaban dónde podían encontrar material erótico pensado para ellas. Y casi no había respuesta. Esto no significa que las mujeres no consuman pornografía; significa que muchas no se excitan con ese estilo directo, mecánico y agresivo que domina buena parte del mercado. A muchas mujeres no las excita la carnicería visual. Las excita otra arquitectura del deseo: la conquista, el flirteo, la palabra, la tensión, la demora, el acercamiento progresivo, la escena mental, la posibilidad de ser deseadas sin ser inmediatamente reducidas a objeto de uso. No se trata de idealizar a la mujer ni de convertirla en criatura celestial. La mujer también desea, consume, manipula, busca poder y puede mercantilizar su cuerpo o el cuerpo ajeno. Pero el dispositivo pornográfico dominante fue pensado durante décadas para la ansiedad visual masculina: rápido, explícito, reiterativo, invasivo, exagerado, mecánico.

El erotismo necesita distancia. El consumo exige disponibilidad inmediata.

En esa dictadura de lo visible aparece una zona más oscura: la fantasía masculina de destruir aquello que desea. El lenguaje vulgar lo delata: “te parto”, “te rompo”, “te hago mierda”. Frases que algunos repiten como elogios sexuales, cuando en realidad suenan a parte policial del deseo masculino enfermo.

No se parte a una mujer. No se la destruye para poseerla. No se demuestra potencia anulando al otro cuerpo. Esa fantasía de fractura revela una mezcla de miedo, dominio, frustración y odio simbólico hacia lo femenino.

9. Brujas, Inquisición y cuerpo femenino

La caza de brujas fue un fenómeno europeo y colonial complejo: intervinieron tribunales eclesiásticos y seculares, pánicos locales, guerras religiosas, superstición, misoginia, disputas vecinales, control social y oportunismo político.

Lo que sí está documentado con claridad es el resultado: historiadores estiman que durante los juicios de brujería de la Europa moderna y las colonias americanas se procesaron cerca de 100.000 personas, de las cuales entre 40.000 y 60.000 fueron ejecutadas; la mayoría fueron mujeres. También es relevante el Malleus Maleficarum, texto de c. 1486 considerado durante mucho tiempo manual teológico-jurídico para detectar y extirpar la brujería; Britannica señala que su aparición contribuyó a sostener dos siglos de histeria persecutoria en Europa.

Con las máquinas de tortura sexual hay que caminar con botas, no con chancletas. Algunas piezas exhibidas en museos o repetidas por la cultura popular, como la llamada “pera de angustia”, tienen uso histórico discutido. Chris Bishop la analiza como parte de un “medievalismo oscuro”: una imaginación moderna que exagera o fabrica una Edad Media sexualmente perversa y mecánicamente cruel.

La persecución de brujas convirtió el cuerpo femenino en territorio de sospecha, castigo y control; algunas imágenes de tortura sexual pueden pertenecer más al museo morboso que al archivo probado, pero el odio cultural hacia la mujer acusada sí está históricamente documentado.

La pornografía más agresiva contemporánea no es lo mismo que la Inquisición. Sería torpe decirlo así. Pero ambas pueden leerse, en distintos planos históricos, como síntomas de una misma pulsión: el cuerpo femenino como territorio que el poder masculino quiere mirar, regular, penetrar, castigar, poseer o destruir simbólicamente.

10. El profiláctico como borrador de secuela

El preservativo protege. Eso debe quedar claro. Evita embarazos no buscados, reduce riesgos sanitarios y permite prácticas sexuales más responsables. La crítica no va contra esa función; sería tonto y reaccionario. Lo que interesa es otra capa: su uso imaginario como pequeña membrana moral. En la fantasía contemporánea, el profiláctico no separa solo fluidos. También parece separar culpa, huella, mezcla, consecuencia. Como si el cuerpo pudiera decir: entré, pero no del todo; toqué, pero no dejé marca; hubo acceso carnal, pero aislado por un plástico; hubo sexo, pero sin resto visible.

El preservativo como borrador de secuela: una frontera mínima y transparente que pretende higienizar no solo el cuerpo, sino también la responsabilidad simbólica del encuentro.

Pero ningún plástico borra el significado. El sexo no deja huella solo por semen, sangre, enfermedad o embarazo. Deja huella por la mirada, por el uso, por la entrega, por el vacío posterior, por la forma en que un cuerpo fue tocado o reducido a trámite.

El preservativo puede evitar una consecuencia biológica; no puede evitar una consecuencia existencial. La modernidad no solo quiere placer: quiere placer con certificado de inocencia.

11. La cámara en manual: ética de la mirada

También cambió la fotografía. Antes había que saber medir la luz. Había que entender dónde estaba el blanco, dónde estaba el negro, dónde se rompía la piel, dónde se perdía el detalle. Las cámaras automáticas fallaban. Si medían en una ventana, quemaban la escena; si medían en la sombra, la hundían. El fotógrafo debía pensar. Debía intervenir. Debía saber mirar. Hoy los celulares hacen fotos correctas casi sin pedir permiso. Corrigen, suavizan, embellecen, compensan, levantan sombras, borran errores. Cualquiera puede producir una imagen decente sin saber qué ocurrió con la luz. Y eso condena al fotógrafo que nunca aprendió a mirar de verdad. Sigo usando la cámara en manual. No por nostalgia técnica. Por ética de la mirada. Quiero saber dónde pongo el ojo y dónde pongo la luz. Quiero decidir qué se revela y qué queda en sombra. Porque fotografiar no es apretar un botón: es imponer una conciencia sobre el caos visible.

Esta idea funciona como metáfora de este ensayo completo. El mundo automático produce imágenes sin mirada, sexo sin encuentro, deseo sin riesgo y cuerpos sin misterio. El automatismo no solo está en la cámara. También está en el consumo erótico, en el swipe, en el algoritmo, en la compra de placer, en el ego que pide validación sin exponerse a la verdad del otro.

12. Deseo, posesión y ruina

En el fondo, el hombre posesivo no busca solamente placer. Busca que el mundo confirme su dominio. Quiere tener autos, mujeres, dinero, empleados, casas, prestigio, razón. Quiere tener incluso la verdad. Y cuando no puede tenerla, la compra. Cuando no puede comprarla, la grita. Cuando no puede gritarla, la exhibe. Cuando no puede exhibirla, la simula.

Por eso el auto grande, el dinero ostentoso, la mujer trofeo, la pornografía más agresiva y el desprecio por el conocimiento pertenecen a una misma familia espiritual: la familia del ego que no soporta límites.

Una civilización enferma no es la que desea demasiado, sino la que ya no sabe distinguir entre deseo y posesión.

El deseo todavía reconoce al otro. La posesión lo borra. El deseo se arriesga. La posesión administra. El deseo seduce. La posesión compra. El deseo tiembla. La posesión contabiliza. Cuando el hombre deja de temblar ante una mujer real; cuando ya no quiere conquistar sino consumir; cuando ya no quiere encontrarse sino disponer; cuando ya no quiere saber sino tener, entonces no estamos ante un exceso de virilidad. Estamos ante su ruina. El drama de esta época no es que la gente quiera dinero. El drama es que haya dejado de querer algo más alto que el dinero. Cuando una civilización convierte el cuerpo en moneda, el deseo en góndola y la belleza en inversión, ya no necesita cadenas. Le alcanza con pantallas, egos y una multitud de personas convencidas de que venderse es una forma de libertad.

El mercado encontró la fórmula perfecta: venderle al solitario la ilusión de compañía, venderle a la bella la ilusión de poder, venderle al viejo la ilusión de juventud, venderle al pobre la ilusión de ascenso y venderle al cuerpo la fantasía de que cotizar es lo mismo que ser libre.

La verdadera pobreza no está solamente en el bolsillo. Está en el alma que ya no sabe pedir otra cosa.

Nota de verificación de datos

Revisión final: los datos principales se mantienen consistentes con las fuentes consultadas. Ofcom sostiene las cifras de pornografía online del Reino Unido para mayo de 2024; Companies House registra las cuentas 2024 de Fenix International; OMS y CDC sostienen los datos de soledad usados; Pew sostiene el 48% de experiencias no deseadas en citas online; Britannica confirma la escala general de los juicios de brujería y la mayoría femenina entre las personas ejecutadas. Se conserva la cautela editorial: estas cifras no deben extrapolarse automáticamente al mundo entero ni convertirse en causalidad simple. El tramo sobre deseo femenino queda formulado como testimonio clínico y lectura cultural, no como estadística cerrada.

Fuentes y notas

[1] Ofcom, Online Nation 2024 report, 28 de noviembre de 2024. Datos usados: 29% de adultos online UK accedió a servicios pornográficos en mayo de 2024; Pornhub 18%/8,4 millones; audiencia masculina 72%; alcance 43% hombres vs. 16% mujeres; tiempos promedio por género. URL: https://www.ofcom.org.uk/siteassets/resources/documents/research-and-data/online-research/online-nation/2024/online-nation-2024-report.pdf?v=386238

[2] Companies House, Fenix International Limited, “Group of companies’ accounts made up to 30 November 2024”, presentado el 27 de agosto de 2025; y The Guardian, “OnlyFans owner paid $701m in dividends as platform readies for potential sale”, 22 de agosto de 2025. Datos usados: USD 7,2 mil millones en pagos brutos de fans procesados por la plataforma en 2024, USD 1,4 mil millones de ingresos, USD 683,6 millones de ganancia antes de impuestos, 4,6 millones de creadores, 377,5 millones de cuentas de fans, reparto 80:20. URL Companies House: https://find-and-update.company-information.service.gov.uk/company/10354575/filing-history / URL Guardian: https://www.theguardian.com/business/2025/aug/22/onlyfans-owner-dividends-revenue-potential-sale

[3] Goldman Sachs, “The creator economy could approach half-a-trillion dollars by 2027”, 19 de abril de 2023. Datos usados: creator economy estimada en USD 250.000 millones, proyección a USD 480.000 millones para 2027, 50 millones de creadores globales. URL: https://www.goldmansachs.com/insights/articles/the-creator-economy-could-approach-half-a-trillion-dollars-by-2027

[4] World Health Organization, “Social connection linked to improved health and reduced risk of early death”, 30 de junio de 2025. Datos usados: 17-21% de personas de 13 a 29 años reportaron soledad; advertencia sobre tiempo excesivo de pantalla e interacciones online negativas. URL: https://www.who.int/news/item/30-06-2025-social-connection-linked-to-improved-heath-and-reduced-risk-of-early-death

[5] Centers for Disease Control and Prevention, “Health Effects of Social Isolation and Loneliness”, actualizado 15 de mayo de 2024. Datos usados: alrededor de 1 de cada 3 adultos en EE.UU. reporta soledad; alrededor de 1 de cada 4 reporta falta de apoyo social y emocional. URL: https://www.cdc.gov/social-connectedness/risk-factors/index.html

[6] Pew Research Center, “From Looking for Love to Swiping the Field: Online Dating in the U.S.”, 2 de febrero de 2023. Datos usados: 48% de usuarios de citas online reportó al menos una conducta no deseada; 35% pagó por una plataforma; 55% de usuarios recientes se sintió inseguro por falta de mensajes. URL: https://www.pewresearch.org/internet/2023/02/02/from-looking-for-love-to-swiping-the-field-online-dating-in-the-u-s/

[7] Mestre-Bach, G.; Potenza, M. N., “Loneliness, Pornography Use, Problematic Pornography Use, and Compulsive Sexual Behavior Disorder”, Current Addiction Reports / ReUNIR, 2023. Dato usado: revisión narrativa sobre asociaciones entre soledad, uso de pornografía, uso problemático de pornografía y conducta sexual compulsiva. URL: https://reunir.unir.net/items/6f26d0ad-1ef4-416f-baab-1f0039afaed9

[8] Russell W. Belk, “Possessions and the Extended Self”, Journal of Consumer Research, 1988. Apoyo conceptual: posesiones como reflejo o extensión de identidad personal.

[9] Helga Dittmar, Rod Bond, Megan Hurst y Tim Kasser, “The Relationship Between Materialism and Personal Well-Being: A Meta-Analysis”, Journal of Personality and Social Psychology, 2014. Apoyo conceptual: orientación materialista asociada con menor bienestar personal.

[10] Encyclopaedia Britannica, “Early modern witch trials” / “Witch hunt”. Datos usados: casi 100.000 personas procesadas por brujería; 40.000-60.000 ejecutadas; la mayoría fueron mujeres.

[11] Encyclopaedia Britannica, “Malleus Maleficarum”. Dato usado: documento teológico-jurídico de c. 1486, considerado manual estándar sobre brujería.

[12] Chris Bishop, “The Pear of Anguish: Truth, Torture and Dark Medievalism”, International Journal of Cultural Studies / Australian National University, 2014. Dato usado: cautela sobre la historicidad de ciertos instrumentos de tortura atribuidos a la Edad Media o a la Inquisición.

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