I – En esas charlas de pasillo, casi furtivas, y muy propias de su estilo, me había adelantado, con exclusividad -compartida por otros tantos y tantos- que estaba al salir “La Lonja”, la última producción.
De inmediato y como un ejercicio espasmódico de semántica, me transportó a mi padre que utilizaba con cierta habitualidad ese término. Dos representaciones se me vinieron al instante. La primera era la referencia a un espacio de tierra que casi en forma caprichosa y por motivos que nadie sabe, quedó a un costado o en el medio de algún lugar; “una lonja en el patio”, “una lonja atrás del galpón”. La otra representación fue mucho más fuerte y refería a un elemento pedagógico destinado a ordenar conductas en los jóvenes cuya forma era la de una madera o cabo de unos cincuenta centímetros que en uno de sus extremos tenía adherido una tira de cuero, preferentemente grueso y áspero, de algunos centímetros más, que agitado con violencia se aplicaba en las piernas o espalda del sujeto que no comprendía por medio de las palabras cuales eran las normas de conducta que se debía seguir. En mi casa había uno cuya tira era anaranjada, que no recuerdo si se me aplicó, pero si tengo presente alguna parte del discurso paterno que refería a sus virtudes a manera de advertencia, nada más.
Con el ejemplar en mis manos, me sumergí de inmediato en el relato “perettiano” para evacuar mi duda que reservé hasta ese momento, si bien estuve tentado de requerirlo al modo de adelanto en esos placenteros momentos que discurrimos.
II - Por algunos detalles, que son nada menos que estilos de vida, se pueden reconocer a las personas. Uno de ellos es el agradecimiento, virtud que rezuma en los escritos de Peretti.
Ciertos personajes que “andan por la vida” debieron ejercer alguna influencia en el autor y lo quería manifestar de la forma que sabe o se siente más cómodo. En esta entrega los celebrados son “Ruso” Frenquelli y “Miguelito” Yapur, hombres que para los rafaelinos no ameritan presentación.
Encontrar algo en común de disímiles hombres, uno representado en la mujer de ojos vendados y otro con la chaqueta blanca y la bandeja, es tarea ímproba. Pero, y esto es patrimonio de este escritor que en nuestra anterior recensión acusamos de “barrial” por no poder desprenderse de su entorno, pergeñó un punto de referencia que es línea sempiterna en su producción: el fútbol.
A partir de un hecho imaginario, producto de una creatividad no reconoce límites, la existencia de una empresa agraria nacida en una “lonja” de terreno que había quedado en los tiempos de la colonización cuando se repartieron las tierras, y que se fue extendiendo, que pasa a ser administrada por un hombre de empuje e ideas renovadoras que respondía al nombre de Teodoro de los Ángeles Lippi, se van desgranando toda una serie de desventuras.
La idea de realizar un “festival de balompié”, diría Leonello “Torta” Bellezze, en una cancha algo improvisada en el casco del establecimiento, hace jugar a varios personajes, pero principalmente al “Ruso” como presidente de “Quilmes” y a “Miguelito” como personaje de los servicios gastronómicos a gran escala para atender la concurrencia.
Para ello Lippi se puso en facha pero en muchas cuestiones no estaba al cabo; su función era la de administrar la actividad rural. Este negocio, con variados personajes y representaciones corporativas con las cuales concertarse, escapaba a su probada competencia, pero no a sus habilidades.
En adelante todo será la aventura del cotejo signada por los infortunios hacia donde llegan otros tantos personajes bien rafaelinos; Amílcar “Kuki” Carena, todo el plantel del “Quilmes” bicampeón, incluyendo al director técnico, al preparador físico y al aguatero, el finado Ero Borgogno y otras referencias muy nuestras; la “Empresa 405” de David Almada, con los colectivos que llegaban por la ruta 70 hasta Marini y Ramona, Juan Carlos Stricker, la “Típica Kilimanjaro”, la “Jazz Arias” y “Gambalunga”. También “Santiago deportes” al que se le encargó toda la indumentaria y hasta “cinco litros de aceite verde”, sin dudas una exageración de Peretti.
Tantos preparativos para esta fiesta, cuyo acto principal era el cotejo entre Quilmes y Racing de Córdoba, se vio amenazada por la lluvia desde las primeras horas de ese domingo 15 de enero de 1981 amenazaba con un cielo brumoso, hasta abandona ese estadio de finta y convertirse en realidad. Todo pudo ser sorteado por un recurso del costumbrismo creador mediante la instalación de dos grandes carpas de Miguelito en el campo de juego, lo que se constituyó en el hecho histórico de haber sido el primer cotejo en “estadio cubierto”.
El resultado del encuentro es anecdótico y otros detalles quedan a cargo del lector que deberá ser conocedor de estas costumbres para traer del recuerdo otros tantos momentos y personajes. Es bueno decir que el arquero visitante era tentado con una abundante picada que prepararon algunos mozos del servicio con mortadela y queso, todo acompañado en un vaso grande de “Amargo Obrero” bien “sodeado”. Rémora de algún recurso que pudo haber intentado en sus días de jugador de la liga comercial para intentar doblega al poderoso “Pizzería Parra”.
III – No quiero dejar pasar una cuestión crucial en todo este trabajo. Nuevamente referida al fútbol, que para algunos es una actividad que aflora sentimientos y para otros, como nuestro comentado, es un sentimiento cuya expresión es la actividad, tiene como protagonista al “club de los turcos” siendo el autor un “juliense acérrimo”. Una razón podría encontrarse en la referencia de nuestros primeros párrafos y que es la impostergable necesidad de tributar reconocimientos a estos dos rafaelinos.
IV – La presentación se supera una tras otra. En su exterior lleva los colores de la casaca que lució el local esa jornada de enero y tal como se lo había dicho un parroquiano que compartía mesa en La Gloria; “azul y con una franja blanca en medio del pecho”.
Se destaca, en este segmento, las ilustraciones. No es la primera oportunidad que recurre a ello. Tengo presente un breve trabajo que publicó la Universidad Nacional del Litoral (“El velorio del tío Pedro”) y que ilustró Cristian Lehmann.
Ahora se acompañan algunas estampas de Alan Pruvost, un talentoso dibujante rafaelino que supo interpretar la esencia del mensaje del autor y darle vida con la punta del grafito.
V – Edgardo Daniel Peretti encontró en la escritura su forma de dialogar con gentes distintas dejando su mensaje. Cada tanto nos regala estos relatos con los cuales viajamos sin movernos del sillón del living.