Con el único reloj de la naturaleza como referencia y con el almanaque que las estaciones le brindan, el hornero marca su vida con hitos y similitudes.
Un amigo que gusta dedicarle tiempo a encestar en su aro único en los límites de la ciudad, se encontró esta semana con un inquilino especial: el hornero estaba construyendo su casita en el anillo metálico, con resguardo invernal del sur en el tablero y con vista a la red en el patio.
La presencia obliga a la suspensión de las actividades deportivas y dedicarle un tiempo a la admiración hacia este habitante de nuestras formas cotidianas, que se prepara para el invierno haciendo lo que mejor hace: construir.
No cabe menos que admirar su labor y su constancia como ejemplo. También para volver a ese hermoso tiempo en que el libro “Pinino” (lectura recomendada para el primer grado inferior, o inicial, como era por estos lares) destacaba la poesía de un tal Leopoldo Lugones que le había dedicado un hermoso poema que comenzaba con “La casita del hornero/ tiene alcoba y tiene sala…”.
Nosotros, ilustres pajaritos del interior y nuevos en esto de la vida, no teníamos idea de lo que era la alcoba y, menos la sala, pero dedicábamos tiempo a memorizar estas líneas como un valor nuevo y llamativo. Los años nos enseñarían que eran eternos.
Como la constancia del hornero.