NOTA II
Hay una pregunta que aparece inevitablemente cuando uno conoce la magnitud de Distrito Joven. ¿Por qué asumir semejante desafío? ¿Por qué destinar más de la mitad de un predio de cincuenta hectáreas a un parque urbano cuando el camino más sencillo hubiera sido urbanizar, abrir calles, vender lotes y cobrar?
Fernanda Navarro sonríe apenas escucha la pregunta. La respuesta no empieza hablando de arquitectura. Se inicia hablando de Juan Lagrutta.
"Creo que tiene mucho que ver con la forma de hacer las cosas de Juan. Siempre aparece esa necesidad de formar equipos, de pensar proyectos que trasciendan un objetivo estrictamente empresarial o comercial."
Navarro conoce el proyecto desde un doble lugar. Como arquitecta integra PAF Atelier, el estudio que diseñó el paisaje y el espacio público del desarrollo con múltiples asociados en el trayecto. Y también como esposa de Juan Lagrutta fue testigo del nacimiento de una idea que, reconoce, durante mucho tiempo parecía ir a contramano de cualquier lógica inmobiliaria.
"Cuando empezó a imaginar esto, mucha gente le decía simplemente: 'Lotealo'. Pero él tenía un deseo muy profundo de pensar otra ciudad, de dejar algo que permaneciera en el tiempo, de imaginar que Rafaela podía tener otro tipo de espacios públicos y otra calidad urbana", afirma con una indisimulable dosis de pasión.
Por eso, explica, el proyecto nunca se pensó como la obra de una sola persona. La decisión fue convocar equipos. Arquitectos especializados en paisaje. Urbanistas. Especialistas en recursos hídricos. Estudios de arquitectura de trayectoria nacional como Adamo-Faiden. Y una larga lista de profesionales que fueron sumando miradas distintas sobre un mismo territorio.
"La manera en que se construyó el proyecto también explica el proyecto mismo. Así como el parque está pensado para todos, el proceso también fue colectivo", remarca Navarro para dejar en evidencia una de las fortalezas de esta aventura urbanística.
Mucho más que un emprendimiento inmobiliario
Mauro Williner introduce otra mirada. Quizás más vinculada al desarrollo económico. Pero igual de interesante. Mientras muchas urbanizaciones tradicionales terminan comercializando suelo, él sostiene que Distrito Joven intenta producir otra cosa.
"Podríamos decir que vender solamente lotes sería como vender materia prima. En cambio, acá se vende valor agregado. Se vende proyecto. Se vende compromiso. Se vende empleo. Se vende una forma distinta de construir ciudad", asegura.
La diferencia no es solamente conceptual. También modifica la manera en que se ocupará ese sector del oeste rafaelino. El proyecto prevé distintas tipologías de vivienda, desde casas de menor escala hasta edificios de baja altura y construcciones que crecerán en altura únicamente frente al parque. Todo ese proceso será gradual y acompañará el desarrollo del espacio público durante las próximas décadas.
Podríamos decir que vender solamente lotes sería como vender materia prima. En cambio, acá se vende valor agregado. Se vende proyecto. Se vende compromiso. Se vende empleo. Se vende una forma distinta de construir ciudad
Mauro Williner
Para Williner existe además otra cuestión central. Las ciudades necesitan una determinada masa crítica de habitantes para que los espacios públicos funcionen realmente como tales. "Si uno solamente vende lotes, probablemente pasen muchos años hasta que ese lugar alcance la densidad necesaria para que el parque, los servicios y toda la infraestructura cobren verdadera vida", plantea.
En cambio, un proyecto integral acelera esa apropiación colectiva. Hace que el espacio público empiece a ser vivido desde mucho antes.
Una ciudad que vuelve a hacerse preguntas
La conversación deriva casi naturalmente hacia otro tema. En los últimos meses reapareció en distintos ámbitos de Rafaela el debate sobre la necesidad de recuperar una mirada estratégica sobre el crecimiento urbano.
No es casual.
La jornada organizada semanas atrás por el Centro Comercial e Industrial de Rafaela y la Región, impulsada por el arquitecto Carlos Airaudo y con la participación de especialistas como Álvaro Resta, volvió a instalar la idea de pensar la ciudad a largo plazo. Distrito Joven aparece ahora en ese mismo escenario. ¿Puede convertirse en un disparador de esa discusión?
"Ojalá", responde Navarro casi sin dudar. "Ojalá inspire a que las cosas puedan hacerse de otra manera" se ilusiona. Pero enseguida aclara que esa otra manera no tiene que ver solamente con la arquitectura. Tiene que ver con la forma de tomar decisiones.
"Nadie puede saber de todo. Y eso está bien. Justamente por eso existen los equipos. El problema aparece cuando alguien cree que posee un saber único y superior. Ahí empezamos a tener problemas como sociedad, como ciudad y como comunidad", reflexiona. Es una definición que atraviesa toda la entrevista.
En ningún momento hablan del proyecto como una obra terminada. Al contrario. Tanto Navarro como Williner insisten una y otra vez en la necesidad de mantener abiertos los procesos. De escuchar. De corregir. De incorporar nuevas miradas.
Un parque que seguirá cambiando
Por eso las actividades previstas para este viernes y sábado no fueron concebidas como una simple presentación institucional. La intención es otra. Abrir la conversación y el juego.
El viernes a partir de las 18:00, en el Complejo Cultural del Viejo Mercado, especialistas en paisaje, infraestructura verde y azul, biodiversidad y gestión hídrica expondrán los criterios que dieron forma al Ecoparque. El sábado, en el Campus de UNRaf, vecinos, organizaciones e instituciones participarán de un taller de mapeo colectivo destinado a recuperar memorias, experiencias y expectativas sobre los espacios públicos de Rafaela.
Para Navarro ese intercambio no constituye una actividad complementaria. Forma parte del propio proyecto. "Cuando intervenimos el espacio público no podemos hacerlo desde una lógica individual. El espacio público es, por definición, colectivo", sugiere. Y sigue con una invitación abierta para que los propios rafaelinos participen del debate.
El objetivo es que el parque pueda seguir evolucionando incluso después de que las primeras obras estén terminadas. Porque los autores parten de una convicción. Las ciudades cambian. Los modos de habitar también. Y un espacio público que no sea capaz de transformarse corre el riesgo de quedar viejo antes de tiempo.
Pensar en treinta años
Hay un dato que ayuda a comprender la verdadera escala temporal de Distrito Joven. La urbanización completa demandará alrededor de dos o tres décadas. Lejos de interpretarlo como una demora, Williner lo presenta como una invitación a cambiar la forma de mirar la ciudad. Recuerda que Rafaela tardó más de un siglo en consolidar la mancha urbana que hoy conocemos. Entonces plantea una pregunta que excede largamente a este proyecto.
¿Tiene sentido seguir expandiendo indefinidamente los límites urbanos cuando todavía existen sectores capaces de consolidarse con infraestructura ya disponible, mayor densidad y mejores espacios públicos?
No busca dar una respuesta definitiva. Prefiere dejar planteado el interrogante. Porque entiende que esa discusión pertenece a toda la comunidad. Quizás allí resida el mayor aporte de Distrito Joven.
Más allá de las viviendas, del parque, de la Villa Olímpica o de las inversiones, el proyecto pone sobre la mesa una conversación que Rafaela parecía tener pendiente. Cómo quiere crecer. Qué espacios públicos necesita. Qué relación pretende construir con el agua y con la naturaleza. Y, sobre todo, qué ciudad desea legar a quienes la habiten dentro de treinta años.
Porque las obras terminarán. Las viviendas encontrarán propietarios. Los Juegos Suramericanos pasarán.
Pero si el proyecto logra cumplir la promesa que hoy apenas empieza a dibujarse sobre los planos, quedará algo mucho más difícil de construir que un barrio. Quedará una nueva manera de imaginar la ciudad.