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La historia del puente sepultado

PUENTE FC,/ Una recreación dibujada por el autor de esta nota.

Cuando corría el año 1886, más exactamente el 2 de setiembre de ese año, se aprobaba la ley que habilitaba el uso del ramal CC5 del Ferrocarril Central Córdoba. Esta vía férrea de trocha angosta (1 metro entre rieles) con una longitud de 62,3 kilómetros, uniría los pueblos de San Francisco (Córdoba) y Rafaela (Santa Fe) y permitiría a esta última conectarse con las ciudades de Rosario y Córdoba. Los trabajos de tendido de la línea fueron adjudicados a la empresa Meiggs y Cía. la cual, en muy poco tiempo, cumplió eficientemente con su cometido logrando que el primer tren proveniente de San Francisco arribe a Rafaela en diciembre de ese mismo año de 1886 (no perdían tiempo los empresarios ingleses).

La vía accedía a la entonces pequeña Colonia Rafaela desde el sudoeste y se la puede ver aún tendida en una línea paralela a la ciclovía y calle Estanislao del Campo. A pocos metros del paso a nivel del entonces bulevar Susana (hoy Hipólito Yrigoyen) los rieles debían atravesar un canal natural propio de esa zona baja, un sector donde se formaba habitualmente, en épocas de grandes lluvias, una enorme laguna exactamente donde hoy se encuentra el Club Sportivo Ben Hur. Era una laguna que bien podríamos llamar “de retardo” pues el agua que allí se acumulaba, luego de una o varias precipitaciones, tardaba muchos días en drenarse por el canal mencionado.

Debemos hacer notar que en ese mismo lugar, pero entre la vía férrea y el nombrado bulevar Susana (hoy Yrigoyen), se había comenzado a arrojar (casi desde fines del siglo 19) la basura proveniente del poblado, acción que originaría con el tiempo una enorme elevación de seis metros de altura y una superficie igual a una manzana que nosotros, los memoriosos de más edad, llamábamos “La montañita”. Este “cerro” artificial -en desuso desde mediados de la década de los cincuenta- se fue consolidando naturalmente al transformarse su materia en tierra y hubiese podido llegar a ser una Plaza Alta (así como tenemos una Plaza Honda) con observatorio astronómico incluido en su cima según lo había imaginado en su momento el ingeniero Juan. R. Báscolo, siendo jefe de la Secretaría de Obras Públicas de la ciudad. Este hombre visionario decidió hacer aplanar prolijamente la cúspide y había comenzado a plantar allí arriba una hilera de árboles siguiendo su contorno. Pero su idea no pudo ser; en años posteriores a algún otro genio de la municipalidad se le ocurrió eliminar “la montañita”… y lo hizo. Con el tiempo ese lugar lo ocupó, por suerte, la Plaza Sargento Cabral.


LA FAMOSA

MONTAÑITA

Volviendo al canal de marras digamos que corría por el lateral norte de esa famosa montañita y fue el origen de lo que hoy se conoce como Canal Sur, y para salvar ese obstáculo la empresa ferroviaria construyó por entonces dos bases de cemento distantes quizás unos quince metros entre sí a cada lado del cauce y sobre ellas instaló un puente de hierro (posiblemente de origen inglés) de unos dos metros de ancho y veinte de largo al que le fijaron en su parte superior durmientes de quebracho sobre los cuales anclaron los rieles ferroviarios. Por casi 90 años cumplió con su misión soportando al principio el ir y venir de aquellos trenes con máquinas a vapor hasta llegar, con el tiempo, a permitir el paso de los coches-motor y las diesel-eléctricas. Pero un día se levantó el ramal y se terminó su historia. Con poca visión o quizás para evitar engorrosos trámites entre la Municipalidad y el ferrocarril Belgrano, al remodelarse el lugar el puente fue simplemente cubierto de tierra, sepultándose con él una parte de la historia de los ferrocarriles en Rafaela.

¿A que viene todo este relato ?... a que nos parece recordar que alguien, algún funcionario de la ciudad suponemos, dijo alguna vez que entre el Instituto del Profesorado y la Escuela Municipal de Música, separados ambos por la Cañada Sur, en la parte encausada entre paredes inclinadas de hormigón, se pensaba construir un puente peatonal que uniría ambos establecimientos. Se nos ocurre entonces una fantasía que, si se quiere, es posible convertirla en realidad: rescatar el viejo puente enterrado a pocos centímetros de la superficie (puente que no creemos vuelva a ser de utilidad al ferrocarril) y trasladarlo las siete cuadras que lo separan del lugar que mencionamos e instalarlo allí para atravesar la cañada. Solo se necesitarían voluntarios armados de palas, una grúa, rasquetas y pintura para darle nueva vida al buen acero de sus vigas y, con el agregado de tablas para el piso y las barandas correspondientes, rescataríamos algo que fue parte del progreso de la ciudad desde hace ciento treinta y un años, y acentuamos este dato: la historia del puente sepultado del que estamos hablando comienza cuando habían pasado apenas poco más de cinco años de la fecha oficial de formación de la que es hoy nuestra ciudad de Rafaela en 1881.

“El patrimonio histórico/cultural es un conjunto de manifestaciones diversas que hemos recibido de nuestro pasado, que han llegado a ser testimonios insustituibles representando el desarrollo de una sociedad y que debemos transmitir a las futuras generaciones” (María del Carmen Díaz Cabeza: Criterios y conceptos sobre el patrimonio cultural en el siglo XXI).

Autor: Orlando Pérez Manassero

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