Por Mirtha Maine de Santellán. - No, no pienses mal, el no verte, arrastró la ignorancia y contagió al olvido. Pero un buen día revolviendo para descartar trastos en la piecita de los cachivaches ¡oh! sorpresa, ahí estabas cubierta de polvo, apretujada debajo de varias compañeras de aventura. El sacudón fue certero… ahí pegó donde más se siente, el sabor amargo subió a la boca y la mente y el cuerpo por un momento se inmovilizaron para luego comenzar a disparar, a fogonear y aturdir con imágenes de unos pocos años atrás, desde el día en que la necesidad hizo que al verte y al paso, entre otras, te elija sin dar muchas vueltas y sin analizar las virtudes y bondades que podías ofrecerme. Pero… saliste buena; qué digo. ¡Muy buena! Campeaste muchas lluvias y tempestades, pero tu cubierta oscura e impermeable resistió por años haciéndote cargo de lo que debías proteger y qué no decir de los embates de las veredas. ¡Cuántos sacudones! Sobre un changuito endeble que con saltos y corcoveos intentaba tirarte al suelo, pero vos, hacías caso omiso, cuando parecías querer claudicar yo, tu dueña, te enderezaba y a seguir el camino hasta el coche que te cargara apretujada en su baúl para trasladarte hasta el lugar de un reposo temporario.
Se te veía delgada, achatada, como triste por ese abandono momentáneo en la oscuridad de un reducido cuarto de hotel. Ahora comprendo cuánto habrás gozado cuando abría tu bocaza enorme para ir con suma delicadeza acomodando las prendas más finas y delicadas que sólo a ti te confiaba. Supiste cuidarlas celosamente y eso que por ser grande y fuerte te usaban como base para tirarte encima, sin cuidado, pilas de bolsos y paquetes. Y… ni un quejido, ni lamentos, estoicamente te bancabas lo que venía. Eras conocida por todos, las cintas roja y gris que circundaban tu contorno te distinguían y reconocían entre los pasajeros que con asiduidad viajabámos a Buenos Aires.
Sí, estoy homenajeando a una valija, una valija negra con cintas de color. Una valija de lona negra, sin rotura, descolorida, sólo marcada por el uso y el paso del tiempo. Una valija que durante veinte años me acompañó, fue mi compañera fiel y hoy al verla, así de repente, sentí como si me hablara. Sí, yo la escuché, no estoy loca… Algo quiso decirme… como el tango “Te acordás hermana los tiempos aquellos”. Entonces me invadió de nuevo la nostalgia hasta el punto de una lágrima rodando por la mejilla. No pude deshacerme de ella y estoy feliz porque tuvo un hermoso destino: una de mis nietas que fue testigo de mi estado emotivo tuvo una brillante idea:
-¡Abuela, me la llevo a casa; la pondré en mi habitación y en ella guardaré mis muñecas, mis fotos, mis CD y mis libros.
¡Y allí se fue mi querida y recordada valija negra…! Seguro que después de esta historia pasará a ser una reliquia para los que me sucedan…