Con tantas cosas en común, presenta cierta complejidad explicar cómo no se han compartido esos instantes. Nacimos y nos criamos en una ciudad chica en donde todos nos conocíamos; generacionalmente somos del mismo corte -apenas un poco más grande yo-, nuestro ámbito son barrios vecinos; su padre -cuya figura estoy viendo todavía- trabajó siempre en la esquina de mi casa, lugar donde también andaba la madre. Simpatizamos por la misma divisa del barrio 9 de Julio. Estudió en el Normal y yo en los Maristas. Pero no, no compartimos esos años que sin dudas fueron los mejores. Más aún, discurrí el tiempo universitario con su hermano, si bien caminábamos sendas distintas.
En definitiva, todo se presenta lateral con él. Su padre, alto, calvo y de riguroso saco y corbata, siempre estaba en el escritorio de “Basilio Radik” en el amplio local de Bv. Roca e Ituzaingó. No había mas que pasar por la vereda y seguro se estaba entre los papeles o sermoneando a algún empleado por un trabajo no hecho a la perfección. Su madre, cuyo apellido es Radek, no obstante que eran todos hermanos, pero ella nació en Argentina y un empleado del Registro civil le castellanizó o argentinizó su patronímico, también estaba en el negocio. En esa cuadra éramos pocos, de sur a norte; Aiassa con las golosinas, nosotros, una casa que se alquilaba y funcionó el estudio del contador Grossi y en una parte Florio Del Signore con su peluquería, y Radyk.
Lanzarse a la aventura de escribir es un desafío que no solo requiere de cierta formación sino de una predisposición del espíritu. Se deben manejar las palabras y su encaje en la oración; se debe pensar en el armazón dramático de la historia, en los comportamientos de los personajes, en el transcurso del tiempo. No todos están dotados de ese don superior en donde los argumentos fluyen sin incidentes, e incluso con cierta rapidez. Por momentos, cuando las musas se han fugado, estar sentado frente al ordenador parece que uno se está batiendo con endriagos y basiliscos. En otros trances las palabras se pierden cada vez con mayor facilidad al punto que uno puede verlas flotar en el agua de la historia, hundirse, volver a aparecer entreveradas en otras tantas.
En este caso, el correr de la péñola le viene de sus años de periodista en “LA OPINION”, en la sección deportes cuya llegada divide los pareceres; unos sostienen que lo fue luego de tantas desventuras en su performance como deslucido futbolista, otros en su pasión por el balompié y cercanía a las letras, criterio al que adhiero.
Su producción, sin contar las columnas periodísticas, es vasta y en todas se puede entrever las tribulaciones de un hombre que ha discurrido buena parte de su vida y, al modo de Ortega y Gasset, recuerda que la vida de un hombre es la precisa ecuación entre su vocación y su mundo en rededor; y que conforme a nuestros sentimientos, en los sucesivos tramos de la existencia, van tornándose de más espiritualidad en proporción directa a la pérdida de fuerza mecánica.
Hoy estamos ante “El arco de la Esperanza”, un relato de las penurias de esos clubes de barrio sostenidos por el esfuerzo de un par de entusiastas que “dejan la vida” por los colores, en donde es posible ver al secretario barriendo el salón y al presidente pasar el rolo en la cancha de bochas. Para no fustigar a mi malhadada pluma a estas horas de la noche y ser más contundente; todo lo contrario -y mucho más- a los que se ve por los medios.
Desfilan varios personajes; algunos reales y “personajes” de verdad, Angel Balzarino, Leonello Bellezze, Cañún -Aldo Juvenal Solari-; otros ficticios pero que podemos referenciar en hombres que conocimos o conocemos los rafaelinos. Pero la figura, con perfiles a veces exagerados, es Narciso Avalos, conocido por todos como “Toronja”, el centrodelantero que “no la metía nunca” pero cuya titularidad en la escuadra no se discutía. Para justificar este virtual oxímoron hay una realidad contundente; era sobrino del sodero, el sponsor principal del equipo y constante proveedor de cuanta fiesta o reunión se realice en el club.
Luego de tantas desventuras que tienen al equipo en el fondo de la tabla, un ingenioso socio decide organizar un acto de desagravio que tiene perfiles hilarantes. La consigna era ponerlo frente a un arco, el lugar natural de un “9”, en donde no exista la posibilidad de malograr el remate. Dejo al lector el fin de la historia.
He llegado al motivo de estas líneas. No es una recensión ya que “no tengo chapa” para ello, diría nuestro autor.
Esta obrita -por su aspecto físico- cuya presentación fue en el salón de un hotel céntrico y a puertas cerradas, es un deber de gratitud de su autor y eso lo hace digno de mi modesto elogio; muestra su perfil humano de “gente de bien” para tratar de seguir con el verbo del memorado.
Edgardo Peretti, creo que no hacía falta nombrarlo, dedica su creación a José Luis Foglia, Marcelo Muriel, Néstor Clivati y Tito Romera, figuras que me eximen de presentación. Ellos fueron los que lo llevaron de la mejor forma por los caminos y atajos nobles del oficio del periodismo deportivo, pasión que Peretti conserva como el primer día al punto que siempre tiene una crónica a flor de labio, tanto para un encuentro de la Liga rafaelina o de la Champion league como para calzarse los cortos y entreverarse en algún campito, siempre que su estado físico lo permita.
Su natural verborragia se excita cuando salen estos temas y mucho más cuando se habla de los torneos de la liga comercial en los que participaba y que hace un tiempo recordó en estas mismas páginas.
Cuando afloran estos recuerdo eleva su fervor en el relato de hazañas, aventuras futboleras y noviazgo con la red, siempre ante un auditorio que no puede verificar sus expresiones, circunstancia que aprovecho para bajarle el tono preguntándole, “alguna vez le ganaron a “Chopería Parra”…?