La actualidad, asume Beatriz Sarlo, ha aceptado la construcción de la experiencia como relato en primera persona. Asume que de este modo “proliferan las narraciones llamadas ‘no ficcionales’ tanto en el periodismo, como en la etnografía social y la literatura, testimonios, historias de vida, entrevistas, autobiografías, recuerdos y memorias, relatos identitarios”. Apunta en este sentido, que la dimensión intensamente subjetiva caracteriza al discurso cinematográfico, plástico, al literario y mediático. Encontramos sin dudas que en el desparpajo mediático de las informaciones actuales, los noticieros se nutren de relatos subjetivos y crónicas en primeras personas que comentan, cuestionan y se interrogan acerca de sucesos cotidianos. Aquí vale referenciar, cierta falta de profesionalismo en la búsqueda rigurosa de ciertos datos, que verificamos constantemente en la mayoría de los programas televisivos dedicados a registrar o documentar “la realidad”. Pero aunque en algunos casos, la subjetivación haya marcado un efecto indeseable en la producción y transmisión de los hechos noticiosos, en otros casos gratamente, participó de mejores destinos.
DERECHOS DE LA
PRIMERA PERSONA
El tono subjetivo marcó la posmodernidad, como también algunas veces la desconfianza en la construcción de lazos sociales o la pérdida de la experiencia. “Los derechos de la primera persona se presentan, por una parte como derechos reprimidos que deben liberarse y, como instrumentos de verdad por otra”. En estos dos posicionamientos que se descubren de su implicancia, vale reparar en que la liberación como la búsqueda de la verdad sirve a los fines prácticos de la justicia como a las necesidades colectivas de reconstruir porciones olvidadas de la historia misma.
La modernidad fue una época en que tanto se discurrió acerca de la búsqueda filosófica, social y política de la verdad, que permitió construir verdades con mayúsculas disfrazadas en el nombre de la gran verdad o del discurso del mito de occidente, como prefieren llamarlos algunos autores. Hoy, en la actualidad que nos reúne podemos advertir que florecen en cambio miles de verdades subjetivas que aseguran saber aquello que, hasta hace tres décadas, se consideraba oculto por la ideología o sumergido en procesos poco accesibles a la introspección simple. No hay Verdad, pero los sujetos, paradógicamente, se han vuelto cognoscibles. Plantea Sarlo “en las últimas décadas de la historia se produjo la expansión de las ´historias orales´ y de las microhistorias, y fueron necesarias para probar que ese tipo de testimonios ha obtenido una escucha tanto académica como mediática. El ´deber de memoria´ que impone el Holocausto a la historia europea, por ejemplo, fue acompañado por la atención prestada a las memorias de los sobrevivientes y las huellas dejadas por las víctimas”. Sin dudas la construcción de las memorias individuales y colectivas ha ganado un estatuto irrefutable desde la segunda guerra mundial y hasta el presente.
EN NUESTRO PAIS
A la salida de las dictaduras del sur de América Latina, la actividad que potenció el recuerdo estuvo vinculada con la construcción de la experiencia que permitió aunar los lazos sociales y comunitarios perdidos en el exilio o destruidos por la violencia de estado. En Europa se autorizó la posibilidad de escucha a partir de los testimonios que dejó la guerra, mientras que en Latinoamérica los crímenes de las dictaduras fueron exhibidos “en un florecimiento de discursos testimoniales, en primer lugar porque los juicios a responsables (como en el caso argentino) demandaron que muchas víctimas dieran su testimonio como prueba de lo que habían padecido y de lo que sabían que otros padecieron hasta morir”.
La memoria transformó su estatuto, pasó a ser un bien común, a ser un deber y una necesidad jurídica, moral y política. Conformó comunidades de sujetos que unidos en los mismos principios buscaron defender la apuesta ideológica de sus padres, hijos o amigos. Una misma comunión de deseos afloró junto a la necesidad de defender los mismos derechos, con la vigencia de un presente renovado y esperanzador. La confianza de los testimonios de las víctimas fue necesaria para la instalación de regímenes democráticos y para el arraigo de nuevos principios de reparación y justicia en las nuevas sociedades. En este sentido, el testimonio, junto a los relatos en primera persona fueron elementos centrales para la producción, circulación y recepción de nuevos discursos centrados en la necesidad de recordar para no olvidar, discursos sociales que necesitaron y necesitan, educar y enseñar para reparar y no repetir.
Paul Ricoeur se pregunta, en que presente se narra, en qué presente se recuerda, y cuál es el pasado que se recupera. El presente de la enunciación es el “tiempo de base del discurso”, porque es presente el momento de ponerse a narrar y ese momento queda inscripto en la narración. Hoy nos quedan abiertas muchas preguntas desde múltiples escenas de un pasado que no ha cicatrizado sus heridas. Hoy esos interrogantes nos conducen hacia nuevas formas de enunciación, donde reaparecen otras verdades que denuncian y abren nuevos horizontes. Hoy el terreno es propicio para recordar, escuchar y nunca más olvidar.