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La vuelta al mundo en dos ruedas y en mucho más que 80 días

NOTA I


Surcar el planeta es una de las grandes fantasías de todo amante de los viajes. Y convertir el sueño en realidad es una sensación indescriptible.

En la imaginación visionaria de Julio Verne, la vuelta al mundo es una travesía que puede hacerse en 80 días. En mi caso requiero de tres etapas a lomo de motocicleta, plagadas de aventuras, vivencias únicas, desafíos, y magia por lo desconocido, que demandan más de tres años y medio.

La “primera etapa” implica unir los extremos de América, en una doble vuelta por el continente, para ligar Ushuaia -la ciudad más austral del globo- con Prudhoe Bay en la punta septentrional de Alaska, bañada por el Océano Artico, una historia que ya se publicó en las páginas de LA OPINION.

En la “segunda etapa” conecto Cabo de las Agujas, donde el Atlántico y el Indico se encuentran en el extremo meridional de África, con Cabo Norte -Noruega- donde termina Europa al filo del Ártico, y el posterior descenso hasta el sur de España, un capítulo de esta serie de travesías que también compartí con los lectores del Diario.

Lugares extremos, geografías y climas que retan los sentidos.

Resta ahora la “tercera etapa”, y el propósito es enlazar Barcelona en el viejo mundo con Sidney -Australia-, atravesando el Asia misteriosa, imprevisible y atravesada por conflictos.


EUROPA, EL PESO

DE LA HISTORIA

Luego de su letargo, preparo a “La Princesa” (mi querida compañera Honda Transalp 650).

El interrogante ¿Cuán lejos es muy lejos? queda en suspenso... y habrá que poner en práctica aquello de “rodar duro, o permanecer en casa”. Recordando, que sólo es imposible lo que no se intenta, inicio el periplo.

La rocosa Costa Brava española despliega pintorescas entradas, impresionantes acantilados, calas y playas vacías.

Una carretera de cornisa tortuosa y azotada por vientos descubre de tanto en tanto casas blancas, paseos arbolados e iglesias; típica estampa de los pequeños puertos pesqueros del Mediterráneo.

Pegado al mar, un retorcido sendero lleva al Cabo de Creus, el punto más oriental de la Península Ibérica, donde los Pirineos bañan sus pies y poco después traspongo el límite con Francia.

En Collioure, el gran Castillo Real (Château Royal) construido por los templarios en el siglo XII y la parroquia cuya torre ofició de faro se levantan en un promontorio costero.

Lo que llevan y traen las mareas, descubrimientos y conquistas, historia del comercio y la inmigración, cruce de culturas e incluso la cara más oscura de las ciudades.

Los puertos de leyenda, y entre ellos Marsella. En parte africano, en parte oriente medio, pero inequívocamente francés, el puerto de Marsella tiene carácter. Bullicioso, con sus olores, sonidos, y su vieja y exagerada reputación de lugar de crimen y tensión racial, cala hondo. No puede ser de otra manera, es un auténtico balcón al Mediterráneo.

La luz de la Riviera Francesa, aseguran, no tiene parangón con la de ningún otro sitio del mundo. Esa insolente belleza llamada Costa Azul, adorada por artistas, intelectuales y millonarios, en esta porción del Mediterráneo tiene historia y vigencia. El señorío de Niza y la cinematográfica Cannes son estrellas en este universo de pueblos, perfumes y sabores. Pero también está Saint Tropez, el destino del jet set, una villa pesquera que cambió su historia cuando en 1956 se filmó “Y Dios creó a la mujer” protagonizada por Brigitte Bardot.

Y qué decir del glamoroso Mónaco, tierra de fantasía con calles perfectas, jardines lujosos, boutiques y opulentos palacios del siglo XIX.

Un poeta la describió como “una tajada de sol sobre una rebanada de mar azul”, y a falta de talento para plasmarlo en una tela a la manera de los grandes pintores, bastará guardar para siempre en la memoria esta estampa de la Riviera Francesa.

La hermosa Riviera Liguria, es la continuación de la Costa Azul en territorio italiano. Famosa por sus pueblitos color pastel construidos sobre acantilados como suspendidos entre el mar y las nubes, con angostas playas de piedra gris y su microclima. Desde las estribaciones de la colina, las embarcaciones parecen de juguete.

Génova, imponente, apretada contra las montañas, señora del mar, fue durante siglos la mayor potencia naval y comercial del Mediterráneo.

Hoy, la capital de Liguria es el primer puerto de Italia y uno de los más importantes de Europa. Paraíso de navegantes, su hijo pródigo es nuestro conocido Cristóbal Colon. De aquí partieron la mayoría de los inmigrantes hacia América del Sur.

Abandono la costa, y en las retinas persisten las imágenes de montaña y mar en su mayor esplendor.

En Pisa, la torre iónica que desde hace siglos derrota la ley de gravedad constituye uno de los íconos italianos más relevantes; y una vez su marina compitió con Génova y Venecia.

Su historia, se fusiona con la vecina Florencia, en las márgenes del río Arno. Cuna del renacimiento, tremenda revolución y explosión cultural que implicó un salto en la humanidad y sepultó la tumultuosa Edad Media. Uno sabe que ha arribado cuando se ve el “Duomo” de la catedral con su techo de terracota naranja que contrasta con el mármol rojo, verde y blanco de la fachada. Pero esto es solo el inicio de la gran obra maestra que anida en la ciudad y que tanto legado ha difundido.

Más allá está el Véneto. Venecia, la ciudad indestructible, la ciudad inundada, los canales y las góndolas leves, los palacios renacentistas. Dicen que va hundiéndose lentamente, y ese será su final. Me niego a creerlo, más aun tratándose de una urbe que por siglos mantiene una alquimia perfecta con el agua. Y cercana, la pequeña Piombino Dese, desde donde vinieron mis abuelos.

En el Véneto, cada cosa, cada imagen, tiene una necesidad interna, un poder que el tiempo no ha podido disolver.

Actualmente es posible llegar a la India por carretera recorriendo la mítica ruta de los 60, gracias a la situación de calma en los países que formaban la antigua Yugoslavia.

Paso por Eslovenia frente al Golfo de Trieste, e ingreso a Croacia con postales del mar Adriático entre azules y turquesas idílicos desde una senda que zigzaguea entre las montañas.

Y se va desgranando la historia. La pretérita como la de Pula con su Anfiteatro Romano del siglo I, la de Split con las piedras del palacio de Diocleciano, con muros testigos de 17 siglos; y la más moderna y desgarradora, que se lee en los impactos que dejaron las balas en las paredes de la vieja ciudad amurallada de Dubrovnik, por ejemplo, durante la guerra de comienzos de la década del 90 por la independencia (en el marco de la implosión de la ex Yugoslavia).

En la Península de los Balcanes, sigue Montenegro, ancestral principado, el más pequeño de los seis países creados a partir de la disgregación yugoslava. Más al sur como anclada en el tiempo, aparece Albania, con su territorio montañoso y sus escenas pastoriles y agrícolas.

Tuerzo al oriente y la fragmentada ex Yugoslavia se hace presente de nuevo en Serbia y Macedonia, con el sentido de pertenencia y diversidad cultural.

Los búlgaros son los únicos seres en el mundo que niegan con la cabeza para decir sí (da) y asienten para expresar negación (ne). Su cultura ha recibido influencias de primitivas civilizaciones, tales como, los tracios, griegos, romanos y eslavos.

Al norte del monte Vitosha, se concentra Sofía, la capital; sus habitantes llamados “shopi” son famosos por la obstinación y terquedad.

Pero sin dudas, la ciudad más atractiva del país es Plovdiv, y la más vieja de Europa; con sus ruinas romanas, enormes murallas y teatros en su compacto y montañoso Old Town.

Supero la dilatada llanura Tracia y llego al estrecho del Bósforo, que separa Occidente de Oriente. Aquí se asienta Estambul, la única ciudad del planeta desparramada entre dos continentes. El estrecho la divide, a un lado se ve el mar de Mármara, y al otro, el mar Negro.

Ya conozco Estambul, pero su embrujo es tal que deseo redescubrirla. Caótica, sensual, un lugar para apreciar con los sentidos bien aguzados.

Pero hasta aquí llegó este capítulo. No se preocupen, el relato continuará...

Autor: Adrián Volpato

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