Son útiles los cuadernos. Nobles, necesarios, son algo así como el termómetro de la capacidad naciente de las personas, el confesionario donde quedan registradas las primeras dificultades y los aciertos que hacen surgir las primeras autoestimas. Son absolutamente personales, necesitan la identificación precisa del alumno a quien pertenecen, y por eso están en el lugar más visible del cuaderno.
Las etiquetas.
Naturalmente, el alumno es un ser humano individual; sus iguales lo reconocen de acuerdo a sus gustos y comportamiento, distinto siempre del de los otros, y usan ese dato que está en la etiqueta, solamente para saber cómo llamarlo.
La etiqueta, en ese tiempo, no puede llegar nunca a ser un elemento discriminatorio, pero el problema de los chicos es que crecen y se convierten en adultos, con el resultado de que su capacidad de discernir se abre como un abanico de múltiples hojas o como un arco iris de difuso modo de combinación de colores, todo con la obligación impuesta por la sociedad de definir actitudes y opiniones todos los días y casi en todo momento.
Actualmente este tipo de diferenciación interesada se usa, sobre todo, en temas de política, actividad que debería ser -bien visto- la que haga que la vida de todos los ciudadanos y habitantes de un país sea lo más placentera posible.
Han redescubierto la importancia de las etiquetas y ahora, antes de decidir si apoyarán la iniciativa u opinión de alguien, buscarán determinar la pertenencia de aquél a algún grupo o –por lo general- partido político, convirtiéndose en tarea irritante no encontrarle vinculación que permita ponerle la, tan necesaria ahora, etiqueta.
En realidad las opiniones o iniciativas valen por sí, más que por quien las haya formulado.
No es imposible quitar del contacto entre personas y entidades las, ahora tan conflictivas, “etiquetas”, dado que no son siempre necesarias y que, muchas veces con mala intención, se aplican para relativizar una opinión que tiene valores para destacar (y más aún, aplicar), convirtiéndose así esa rotulación en un instrumento facilista para descalificar al emisor cuando no se tienen argumentos válidos para objetar la opinión efectuada.
Más todavía, no solo se puede sino que también en muchos casos se debe quitar esa etiqueta que, además, se ha puesto caprichosamente para dejar de analizar el punto debatido.
Este nuevo criterio de desidentificación (en realidad no lo es tanto) permitirá descubrir lo bueno que es desarrollar el pensamiento propio, lejano de la pertenencia a mensajes que llegan –y obligadamente- desde otras personas con alto cargo institucional.
Quitar las etiquetas nunca será malo. Por el contrario, conseguirá que se entienda que las discusiones no se ganan imponiéndose a la otra parte y que es un triunfo en todo sentido que, aunque no se compartan, subsistan los diferentes puntos de vista. Una buena idea para etiqueta para esto que decimos podría ser la aceptación previa y análisis amplio, antes que la negativa predeterminada.
Se enriquecerán los debates, se eliminarán los mal llamados enemigos y se abrirá la puerta a que la relación entre seres que piensan, pueda llegar a generar bienestar.