Por María Jorgelina de Azcuénaga (*). - Muchas veces hemos escuchado la palabra fobia pero no nos hemos sentado a reflexionar de dónde viene ese término. En la mitología griega fobia deriva de Phobos. Phobos era la personificación del temor y del horror. Era el hijo de Ares; Dios de la sangre y la guerra y de Afrodita, diosa del amor. El y su hermano Demos acompañaban a Ares en la batalla. La figura de Phobos aparecía antes de cada contienda, refiriéndose al miedo y pánico de los combatientes para luchar. Estos luchadores aterrados, huían o fingían su muerte para luego escapar.
Es así como encontramos a los sujetos fóbicos no queriendo salir a la batalla, retrayéndose. Pero siempre en ella, atrincherados.
Viven el espacio como un territorio que no es homogéneo sino agujereado, inquietantemente agujereado por donde puede emerger el peligro, aparecer algo que “arrastre” al sujeto. Es esta dinámica ligada al espacio la que se encuentra en la clínica de las fobias. Reduciendo así su campo de acción en distintas medidas, que va desde la angustia franca, en la neurosis de angustia, a las grandes angustias fóbicas, como la agorafobia hasta las zoofobias donde hay algo mucho más puntual y donde es posible transformar la angustia en miedo.
Las fobias son el intento de delimitar un espacio cuya organización es deficiente: el objeto temido dibuja zonas interdictas, umbrales, separaciones entre interior y exterior, campos donde lo amenazante va siendo confinado, territorios transitables sólo si se hace jugar la evitación.
El mundo del fóbico es un mundo donde hay peligros de invasiones, de arrasamientos que pueden tomar por completo al sujeto. De espacios abiertos o poco confiables para establecer territorios seguros. Ahora, ¿por qué es el miedo la manifestación que existe en todos los casos, como si predominara mucho más que en otras neurosis un sentimiento inminente de fracaso de la defensa?
En la fobia el yo del sujeto presenta invariablemente cierta falla en la nitidez de sus bordes. Podríamos decir que el yo de la fobia es un “yo desenfocado”. Así como hay fotos donde la silueta queda fuera de foco, el contorno del yo, en la fobia, está difuminado, como si se moviese y no tuviera nitidez.
Hay una pérdida de la nitidez en la constitución del yo y en el posicionamiento del sujeto en el lazo con el otro. Lo cual hace que se produzcan fenómenos de permeabilidad exagerada, donde el fóbico siente muy fácilmente que es invadido, penetrado, tomado, y, al mismo tiempo, se mantiene distante o rechaza la relación con el otro, porque hay que mantener distancia de cualquier forma, ya que la silueta yoica no está delimitada y esto trae aparejada la inminente angustia de ser invadido.
Por lo tanto la función de la fobia es la de intentar crear un espacio seguro intentando poner barreras a ese infinito, tratando de delimitar un campo, de poner un límite allí donde este falla. Ya que si no hay un adentro y un afuera no hay cuerpo. Y si falla el límite entre el sujeto y el otro, este puede arrasarlo, invadirlo, aplastarlo. La fobia con sus “faltas de aire” y demás concomitantes que impactan en el cuerpo “reclama” ante esta ineficacia la necesidad un corte que, por defectuoso, asfixia, atemoriza.
Por lo tanto, en la cura de la fobia la dirección no es eliminar rápidamente el síntoma fóbico, ya que este es el recurso que tiene el sujeto para preservarse de la angustia devastadora que representa el sentimiento de inminente invasión. De lo que se trata es de trabajar sobre la construcción de recursos allí donde se encuentra la falla estructural de su yo.
(*) Psicoanalista