Hacen así, así las lavanderas!!!... cantaban unas jovencitas sobre la vereda de esta calle…Han pasado muchos años pero aún recuerdo la canción que entretenía nuestros juegos y animaba nuestras risas. Además, había que mover los brazos imitando los movimientos de las lavanderas…
Algunas eran criollas otras italianas. Manos gredosas, fuertes y rústicas. Tostadas por los soles y las mañanas frías del invierno . Algunas parecen un esqueleto forrado en una piel rugosa y seca y apenas cuentan con 40 años El trabajo, los pesares y la miseria han anticipado la vejez.
Las lavanderas trabajan en casas de familia o llevan la ropa a lavar a su domicilio. Más les conviene lo primero porque así no gastan su jabón. Ahí tienen todo el jabón de lavar, el patio con buen sol para tender, los broches para colgar la ropa y hasta el agua caliente cuando hay que sacar alguna mancha rebelde. Además les dan el azul brasso, esos terrones que se ponen en el agua de enjuague que dan tan lindo color a la ropa blanca y dejan los delantales escolares impecables.
Grandes piletones de agua jabonosa en donde se disuelve el jabón que logra arrastrar las grasas y las suciedades. Sumergida la ropa blanca en el ancho piletón se golpea con el palo y la tabla de lavar hecha con canalones gruesos y ásperos lo más rústicos posibles.
Los jabones de sebo los más comunes, no de sebo solo, con varios de los aceites propios como el de oliva, el de maní, el de coco o el de cacahuete. Algunos eran de color amarillento o pardusco, no tenían olor y eran de baja calidad. Estos se usaban sólo para el lavado de ropa, los jabones de tocador llevaban aceite de coco, de palma, de espliego, de lavanda fina, de canela, de tomillo, de romero o de clavo.
Se solía hacer una pasta jabonosa detersiva que la empleaban los mecánicos para poder quitar de sus manos la grasa de los motores o de las máquinas.
El primer lavarropa que se conoció en esta zona era cuadrado como una maceta, de piedra, y funcionaba con motor a nafta con una paletas rotativas que removían la ropa.
El lavado exigía varios pasos: el fregado, para lo cual había que poner fuerza y destreza; luego el enjabonado y si fuera necesario agua caliente; después el enjuague en abundante agua limpia, por último el escurrido y la torsión, sacando toda el agua posible . Había que llevar la ropa al tendedero y con unos buenos broches de madera tenderla al sol. Por la tarde, era necesario recogerla, doblarla y remojarla para poder plancharla debidamente.
Estaban las prendas de hilo, manteles y sábanas de cama, toallas con delicadas puntillas y encajes, que era necesario planchar y doblar delicadamente. Las toallas se le ofrecían al médico cuando debía auscultar un enfermo .
Era un trabajo delicado y difícil que exigía fineza. Tanto fue así que las planchadoras ocuparon un espacio especial dedicándose exclusivamente a esta tarea sin ocuparse del lavado de la ropa.
Se usaron planchas de acero con una fina lámina que se tomaba por un asa y que llevaba o bien carbón, o bien se la colocaba sobre un hornillo donde se la calentaba .
Hablando de jabón recordemos un poco la historia. En los primeros siglos de la era cristiana, cuando el jabón era totalmente desconocido por los pueblos más antiguos. En su lugar empleaban el zumo de algunas plantas o también las cenizas de las mismas. Las primeras noticias que se tienen del jabón se remonta a la época de Plinio, el cual afirma que los galos lo preparaban con cenizas de plantas con grasa de cabra y aunque primero lo emplearon como cosmético luego lo usaron para el lavado. En el siglo X empezó a emplearse en varias ciudades de Europa, en Marsella, en Génova y recién a mediados del siglo XVI tuvo surgimiento en Alemania.