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LAS NUEVAS MALAS PALABRAS

No son exactamente “malas palabras” sino expresiones que se han generalizado hasta ser de uso común necesario entre la gente cuando se alude a un político (sea en función de un cargo o en campaña) que cambia intencionalmente el sentido de un hecho o idea que van a ser mal recibidos por los ciudadanos. En esos casos se dice que el político en cuestión ha dicho lo “políticamente correcto” o que al eludir el problema principal ha demostrado tener “cintura política”.

¿Es bueno eso? ¿Es un valor positivo?

Técnicamente sí: desde el punto de vista exclusivamente discursivo demuestra habilidad en el uso de la palabra para no quedar comprometido con una definición que no quiere dar.

Solo hasta ahí llega el mérito de quien, con “cintura política” ha dicho lo que era “políticamente correcto”: consiguió que por unos momentos no le llegue la crítica generalizada por la actitud que ha asumido y que no tuvo el valor de decir.

No son buenas expresiones, son tendenciosas y se acercan demasiado a la mentira o, al menos, al ocultamiento parcial, que también es una falta a la verdad.

Lo que se espera de las personas que están en función política o en campaña es que expliquen claramente su mensaje, y se podría aplicar ese dicho que tiene poca posibilidad de verdad lo que necesita de muchas palabras para conseguir la justificación y, finalmente, ser aceptado.

A ese mensaje equívoco adhiere muchas veces la gente común (nosotros), y se celebra el decir laberíntico de los políticos cuando usan de ese modo el lenguaje, con el fin de crear confusión y zafar momentáneamente de su responsabilidad pública. Esa gente común que llega a decir con admiración “¡tiene cintura política!” o “¡dijo lo políticamente correcto!” es parte de una nueva mentira: el engaño a sí misma, porque da mérito a quien intenta ocultar algo incorrecto. Esos admiradores se convierten en cómplices del hecho real disimulado y al mismo tiempo apoyan al político que menos lo merece.

Una realidad cotidiana es que, tanto a los que están en campaña, como a los funcionarios -de todos los niveles- a veces no les conviene estratégicamente dar toda la información en un momento dado, porque se sabe que los sectores de oposición (a veces sin planes concretos) se valen de lo hecho o dicho por el otro grupo para criticarlo, con el único objeto de decir presente en el debate de proyectos bien elaborados, sin elementos ni circunstancias para objetar. Es el momento, entonces, para cambiar intencionalmente el modo de ver al buen proyecto y echarle sombras donde había luz.

El ciudadano que apoya lo “políticamente correcto” y la “cintura política” solo porque las ha utilizado el referente del partido que él apoya, acepta una doble valoración de lo moral y ético y está consagrando la idea de incluir una falsedad en el mensaje. Por eso se las puede considerar como las nuevas “malas palabras.”

Lo verdaderamente bueno es que no se maquille, ni disimule, ni se cambie el contenido de lo que se le dirá al ciudadano común. Aceptar la “cintura política” (¡es increíble que se la admire!) es admitir como normal que el mensaje deba ser engañoso. De este modo se logra el desprestigio generalizado de la clase política y eso es nefasto: siempre estaría instalada la sospecha y no se creería en nadie.

Lo normal es que se deba confiar en la clase política y se distinga a los buenos de los malos.

Al menos eso es lo que mínimamente merece la sociedad, que necesita crecer y madurar para poder premiar el buen obrar de sus representantes, actuales o pretendientes.

Autor: Redacción

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